España y Argelia rehacen su relación, pero olvidan a quien puede hacerla durar: la universidad

Opinión

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Publicado: 13/10/2026 · 06:00
Actualizado: 13/10/2026 · 06:00
  • El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el primer ministro argelino, Sifi Ghrieb, en Argel, Argelia, a 20 de julio de 2026. Con esta visita oficial a Argelia, Pedro Sánchez tiene como principal objetivo aumentar el suministro de gas argelino y busc
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La VIII Reunión de Alto Nivel (RAN) entre España y Argelia, prevista para los días 20 y 21 de octubre en Madrid, habría sido aplazada sine die, según fuentes diplomáticas citadas por diversos medios, entre ellos The Objective y Le Matin d’Algérie. La decisión se habría comunicado cuando los preparativos ya estaban avanzados, sin que el Gobierno español haya ofrecido una explicación pública ni anunciado una nueva fecha para la celebración del encuentro.  

El anuncio llega apenas tres meses después de que Pedro Sánchez y Abdelmajid Tebboune acordaran en Argel reactivar “todos los mecanismos” de cooperación bilateral y celebrar esta cumbre durante el otoño. Lo que debía certificar institucionalmente una reconciliación se convierte, de golpe, en la ilustración más elocuente de su fragilidad. 

En efecto, las conversaciones preparatorias se habían concentrado en la recuperación de Argelia como socio energético preferente, el suministro de gas, los foros empresariales y la concertación geopolítica ante las crisis del Sahel y de Oriente Medio. Pero el aplazamiento confirma una evidencia incómoda: esto es, una relación de vecindad no se recompone únicamente mediante reuniones ministeriales, acuerdos comerciales o gestos diplomáticos. 

De este modo, la nueva etapa seguía articulándose, al menos aparentemente, en torno a la codependencia económica, el comercio y la seguridad fronteriza, es decir, una diplomacia eminentemente transaccional, basada en intereses inmediatos. Sin embargo, reducir el entendimiento bilateral a una alianza industrial implica ignorar los cimientos necesarios para preservar lo acordado cuando cambien las prioridades políticas. Que una cumbre anunciada como símbolo de reconciliación pueda suspenderse sin nueva fecha revela, precisamente, la fragilidad de una relación sometida a los vaivenes de la agenda gubernamental. 

  • Bandera de Argelia -

Frente a esta carencia, cabe preguntarse: ¿cómo evitarlo? Sin la incorporación central de la cooperación académico-científica y cultural —intercambio de conocimiento, investigación conjunta y movilidad flexible de profesorado y alumnado—, la reconciliación carecerá de resiliencia ante futuras turbulencias. Los acuerdos pueden firmarse en una mesa, pero también suspenderse en ella; la confianza, en cambio, se construye en las aulas, los laboratorios, las bibliotecas y los encuentros cotidianos entre ciudadanos. 

Justamente, en este contexto, viene al caso evocar lo que Fernand Braudel sostenía: las verdaderas estructuras no se construyen sobre los vaivenes de la coyuntura, sino sobre los lentos y profundos intercambios humanos que trascienden las fronteras del Estado. Y es que, mientras las cumbres pertenecen al tiempo corto de la política, los laboratorios y las redes académicas se adscriben al tiempo largo de las sociedades. Y ahí, precisamente ahí, es donde la universidad desempeña un papel que no puede seguir siendo secundario.  

El pulso bilateral: entre el rearme energético y el vacío del conocimiento  

La cobertura mediática e institucional de este acercamiento insiste en blindar los intercambios comerciales y asegurar el aprovisionamiento energético, con el objetivo de recuperar los niveles de cooperación anteriores a 2018, año en que se celebró la última RAN en Argel. Es comprensible que estos asuntos ocupen un lugar prioritario. La energía, el comercio y la seguridad son pilares imprescindibles de cualquier relación bilateral seria. Sin embargo, no son suficientes. Desde la perspectiva de los estudios euromediterráneos, una relación cimentada exclusivamente sobre el eje mercantil y securitario padece una vulnerabilidad intrínseca. El reciente y repentino aplazamiento de la cumbre ha demostrado que los acuerdos políticos pueden revertirse con relativa rapidez cuando no cuentan con un sustrato de interdependencia científica, cultural y social arraigado en ambas sociedades. 

Dicho de otro modo, si la diplomacia de cumbres opera al margen del conocimiento riguroso y de los vínculos humanos, la reconciliación corre el riesgo de quedarse en agua de borrajas. Puede producir declaraciones solemnes y fotografías institucionales, pero la suspensión indefinida de citas clave evidencia que difícilmente se generará una relación duradera capaz de resistir los cambios de gobierno, las tensiones regionales o las divergencias puntuales. 

La cooperación universitaria hispano-argelina, además, no parte de cero porque cuenta con precedentes sólidos, como la movilidad Erasmus+ —en particular, la Acción Clave 171—, ejemplificada en el puente tendido durante más de una década entre la Universidad de Alicante y la Universidad de Orán 1 y 2, así como en diversas iniciativas de cooperación universitaria al desarrollo. Por tanto, el verdadero obstáculo no es la falta de experiencia ni la inexistencia de redes, sino la marginalidad que estos cauces siguen ocupando en las agendas de alto nivel. Se ha tejido una red de colaboración valiosa, pero su fragilidad ante las crisis políticas demuestra que ha llegado el momento de dejar de tratarla como un complemento y empezar a reconocerla como una pieza estratégica. 

La universidad como infraestructura crítica de la resiliencia 

Para que el futuro reencuentro institucional trascienda la formalidad y no sea una cumbre fallida más, resulta imperativo subvertir la jerarquía que relega la educación superior a un plano ornamental. La universidad no debe aparecer al final de los comunicados como una referencia genérica a la cooperación cultural, sino concebirse como una auténtica infraestructura crítica de la diplomacia científica. 

En primer lugar, esto exige desburocratizar los regímenes de movilidad académica en ambas direcciones. Los obstáculos administrativos, las dificultades para obtener visados, el reconocimiento desigual de títulos y la lentitud en la tramitación de estancias constriñen la integración mediterránea, es decir, que cuando un estudiante, una investigadora o un profesor encuentran demasiadas puertas cerradas, la cooperación acaba convirtiéndose en una declaración de buenas intenciones. 

Una movilidad académica fluida genera capital intelectual transnacional, desarticula estereotipos y crea redes de confianza que sobreviven a los ciclos electorales y a los vaivenes de la alta política. Una estudiante argelina que realiza una estancia en España, o un investigador español que desarrolla un proyecto en Argelia, no solo adquiere conocimientos, es decir, establece vínculos, aprende a mirar la sociedad vecina desde dentro y se convierte, con el tiempo, en un interlocutor natural entre ambos países. 

En segundo lugar, este engranaje requiere una acción intergeneracional clara y directa. Por un lado, los investigadores sénior aportan rigor metodológico, memoria crítica y capacidad para trasladar el conocimiento a la administración y a la sociedad. Por otro lado, desempeñan un papel fundamental como freno frente a las prisas y urgencias del poder, ejerciendo esa labor de vigilancia crítica y resistencia intelectual ante la prisa política que Pierre Bourdieu reclamaba para salvaguardar la autonomía del saber. 

Los jóvenes, por su parte, aportan agilidad, creatividad y capacidad de transformación, tanto en las humanidades como en las tecnologías. Son quienes construirán las narrativas que circularán por los medios, las universidades, las asociaciones y las redes sociales. Si se pretende que la relación bilateral eche raíces, más allá de las cancelaciones gubernamentales, no basta con que dialoguen los gobiernos: es imprescindible que se conozcan y colaboren las nuevas generaciones. 

De la retórica a la arquitectura institucional 

Precisamente por ello, si se desea que la dimensión universitaria se convierta en la columna vertebral de esta nueva etapa, la futura reprogramación de la VIII RAN debería incorporar compromisos concretos, verificables y dotados de calendario. Ya no es tiempo de quedarse en el terreno de las generalidades. Hace falta pasar de las palabras a los hechos. 

Por un lado, urge impulsar un Programa de Movilidad Académica que recoja el testigo de las voces de la diplomacia cultural que ya abogan por extender el modelo Erasmus+ al sur del Mediterráneo. Este programa debería abrir convocatorias anuales conjuntas para estancias de investigación, doctorandos, personal docente y escuelas de verano, centrándose en retos compartidos como la energía, el agua, la agricultura sostenible, el patrimonio, la inteligencia artificial y las migraciones. 

Asimismo, resulta indispensable articular una Convocatoria Conjunta de Proyectos de Investigación, gestionada coordinadamente por ambos ministerios. Debería contar con financiación plurianual, evaluación rigurosa por pares internacionales y una prioridad clara para los equipos mixtos y la codirección de tesis doctorales. Sin financiación estable, la cooperación corre el peligro de descansar una vez más sobre el esfuerzo voluntarista de unos pocos profesores. 

A esto se añade la necesidad de apostar por el fortalecimiento de la cooperación lingüística y cultural. Esto implica respaldar los departamentos de español en las universidades argelinas y reforzar la enseñanza del árabe, en sus dos registros, estándar y dialectal en las universidades españolas. También supone promover la formación docente y la edición conjunta de obras académicas, porque no hay cooperación profunda sin herramientas lingüísticas que permitan comprender al otro en sus propios términos. 

Por último, convendría institucionalizar un Foro Permanente Universidad ↔ Empresa↔ Estado. Su objetivo sería conectar el rigor de la investigación con las necesidades reales de los sectores energético, industrial y tecnológico. La universidad no puede limitarse a observar desde la barrera ni quedar a merced de las urgencias del mercado. Su razón de ser radica en producir conocimiento, forjar una ciudadanía crítica, preparar profesionales cualificados y aportar soluciones a los desafíos comunes. Como han defendido Joseph Stiglitz y Paul Romer, la verdadera riqueza de las naciones no reside únicamente en la extracción de recursos naturales ni en el intercambio mercantil, sino en la capacidad colectiva de generar, compartir y aplicar conocimiento. En el caso hispano-argelino, esa capacidad constituye una de las grandes reservas estratégicas todavía desaprovechadas.  

Hacia una relación de Estado madura y sostenible

Llevar todo este entramado de propuestas del papel a los hechos exige que la inevitable reanudación del diálogo bilateral constituya una oportunidad inmejorable para redefinir el partenariado entre España y Argelia sobre bases de mayor profundidad estratégica. Los acuerdos comerciales y energéticos son necesarios, qué duda cabe, pero resultan insuficientes por sí solos. Una relación de Estado no se sostiene únicamente sobre contratos, suministros o coincidencias geopolíticas, y el reciente aplazamiento sin die de la cumbre es la prueba más evidente de ello. Su solidez depende, en última instancia, del trabajo cotidiano de académicos y agentes culturales. Son ellos quienes mantienen abiertos los canales de comunicación cuando la política atraviesa momentos difíciles —como la actual situación— y quienes pueden transformar la fría voluntad institucional en auténtica confianza mutua. 

  • Archivo - Fotografía de archivo de una calle en la capital de Argelia, Argel -

Hoy, sin embargo, los pueblos de ambos países continúan mirándose con una sensación de distancia en la que apenas cabe el intercambio real. A decir verdad, todo lo que concierne a esta supuesta nueva etapa parece gestionarse como una teoría elaborada por un grupo reducido de actores que no siempre forman parte de las sociedades a las que pretenden representar. Se habla de acercamiento, pero todavía falta que ese acercamiento se sienta en las universidades, en las ciudades, en los centros culturales y en la vida cotidiana real. 

La construcción de una vecindad real no compete exclusivamente a despachos ministeriales. Incumbe a todos los actores de ambas sociedades: a las instituciones públicas, sí, pero también a las universidades, las empresas, las asociaciones, los medios de comunicación, los investigadores y los propios ciudadanos. Al fin y al cabo, la diplomacia no puede ser solo cosa de diplomacias y a puertas cerradas; también debe ser una práctica social compartida. 

Si Madrid y Argel aspiran a una cooperación verdaderamente duradera, la agenda de las RAN no puede seguir ignorando la participación insustituible de la academia y de los agentes culturales. La estabilidad en el Mediterráneo no se edifica solo en los despachos; requiere sembrar movilidad, conocimiento y colaboración estrecha entre las nuevas generaciones. 

La verdadera prueba de fuego de cualquier futura cumbre no se medirá únicamente en comunicados grandilocuentes, sino en la capacidad de desterrar la vieja costumbre de relegar la academia y la cultura a un segundo plano. Ahí estará la diferencia entre una declaración política y una verdadera estrategia de Estado. 

Ojalá esta reflexión no quede en papel mojado. Porque esperar sentados a que la política de despachos mueva ficha equivale a tentar a la suerte; ya va siendo hora de desterrar la inercia y tejer, de una vez por todas, el único puente que las crisis políticas jamás podrán derribar. 

Naima Benaicha Ziani 

Profesora de la Universidad de Alicante y  

Vicepresidenta de CIHAR 

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