La izquierda está perdiendo la guerra cultural porque ha dejado de explicar los conflictos materiales que afectan a la vida cotidiana: el territorio, la reconstrucción tras la Dana, la expulsión de vecinos de sus barrios o la sensación de abandono institucional. En ese vacío reaparece lo que muchos identifican como el espacio Oltra, no como nostalgia ni como marca personal, sino como una forma de hacer política basada en explicar y gobernar, en hacerse cargo de la realidad sin ruido ni impostura, para volver a construir sentido político.
Hubo un tiempo —antes del 15M, antes de las primaveras árabes y antes de que las redes rompieran el monopolio de la verdad— en el que la política se parecía más a una pedagogía lenta que a una carrera por el impacto. Aquella ruptura fue emancipadora: abrió agendas, permitió organizarse y cuestionó consensos que parecían intocables. Durante un tiempo, explicar volvió a importar.
Hoy vivimos otra cosa. Un tiempo de sobreactuación y superficialidad, donde no se informa, no se forma ni se organiza nada con continuidad: se comunica. El gesto ha sustituido a la explicación y el impacto al análisis. Se habla mucho, se opina a todas horas, pero se entiende cada vez menos. Y cuando la política deja de explicar, deja también de cumplir su función principal: ordenar la realidad.
Así se entiende el avance de la extrema derecha. No porque diga la verdad, sino porque explica conflictos reales, aunque lo haga mal y de forma interesada: expulsión, pérdida de control, sensación de agravio. Frente a eso, buena parte de la izquierda ha optado por la ironía, la burla o la superioridad moral. Reírse cohesiona a los convencidos, pero no convence a quien duda. Y mientras se ríe, se pierde posición en la verdadera guerra cultural.
Ese error se convierte en problema político cuando la burla sustituye a la explicación. El episodio de El Ventorro o la dimisión tardía de Carlos Mazón sirvieron más para el sarcasmo que para explicar el daño real. Mientras se ironizaba, la gestión posterior a la Dana fue —y es— nefasta: indemnizaciones mal pagadas, litigios absurdos por cantidades ridículas, reconstrucciones bloqueadas por peritajes puntillosos y una sensación generalizada de abandono institucional. Perseguir el gesto y no explicar las causas profundas del desastre es perder la guerra cultural.
La guerra cultural no la gana quien tuitea mejor. La gana quien explica lo concreto. Quien explica por qué el Consorcio de Compensación de Seguros obliga a litigar por 500 euros. Por qué una comunidad va a juicio para pagar un ascensor a personas con pensiones indignas. O por qué una empresa familiar pelea por 3.000 euros para reabrir una nave y evitar despidos que costarán mucho más en subsidios. Ahí está el conflicto real: cuando el sistema no solo falla, sino que castiga a quien intenta rehacerse o sobrevivir.
La expulsión de vecinos no es nueva. Hoy ocurre en la ciudad y ya en el área metropolitana, empujada por un modelo que convierte determinados territorios en espacios de consumo para rentas altas externas. Antes pasó en la Marina Alta y la Marina Baixa. El abuso urbanístico. Se explicó mal o no se explicó. Y cuando no se explica, se normaliza.
Incluso parte de la izquierda acabó resolviendo el problema de forma privada: mudarse al Camp de Túria o a urbanizaciones de l’Horta Nord o Sud. El símbolo medático fue la marcha de Pablo Iglesias a Galapagar: no por el destino en sí, sino porque el conflicto dejó de pelearse políticamente. Lo coherente era quedarse defendiendo el derecho a permanecer donde el problema existe.
Por eso el enfado con el PSOE no se transfiere electoralmente. Se disuelve en abstención cuando no hay orientación ni relato que ordene el malestar.
Aquí aparece uno de los síntomas más claros de esta derrota cultural. En ausencia de liderazgo político reconocible, los referentes pasan a ser otros. Y no es casual. Por ironía, por burla o por cálculo algorítmico, hoy marcan tono David Broncano, El Gran Wyoming o Gabriel Rufián cuando trolea a Vito Quiles. El problema no es el humor —siempre ha sido necesario—, sino que parte de la política haya decidido emular a los humoristas, convertirse en actor de TikTok, buscar el aplauso inmediato y la simpatía del propio bando en lugar de ejercer liderazgo. El humor entretiene, cohesiona y descarga tensión, pero no puede sustituir a la explicación política. Cuando la política compite por caer bien en redes, deja de ordenar la realidad y se limita a reaccionar. Y ahí, de nuevo, se pierde la guerra cultural.
Ese vacío contrasta con una forma de hacer política que sí funcionó y que encarnó Mónica Oltra: la política de las pequeñas cosas, la de bajar al conflicto real. La Oltra que se subía a las máquinas en el Cabanyal, que defendía a los estudiantes del IES Lluís Vives cuando eran aporreados por pedir tiza para las pizarras, mientras aún pagábamos los excesos de una etapa de grandes obras y contratos que llevaron a la Generalitat a la quiebra. Aquello no era solo protesta: era explicación política y pedagogía cívica. Por eso funcionó.
Y junto a ese espacio existió también el espacio de Ximo Puig: una cultura política menos estridente, más integradora, basada en ensanchar mayorías, no humillar al aliado y gobernar desde la estabilidad. Ese espacio no fue épico ni especialmente brillante para las redes, pero permitió gobernar durante años y sostener un ciclo político complejo. Hoy ese espacio está huérfano, no porque no exista socialmente, sino porque ha sido erosionado desde dentro y abandonado como cultura política válida en favor del gesto, la ocurrencia o la identidad cerrada.
La expulsión de Oltra de la política, por lo que muchos perciben como una mangarrufa judicial, la devuelve al lugar del símbolo. Mientras tanto, otros han sido protegidos políticamente sin asumir responsabilidades reales por gestiones desastrosas. Hablo de Mazón. El contraste describe un sistema: a quien incomoda por explicar se le aparta; a quien garantiza continuidad se le blinda. Por eso no hay golpe en la mesa más claro que la vuelta de Oltra. No como nostalgia ni revancha, sino porque el espacio existe.
Ante la desorganización general y la falta de dirección consciente, mi refugio es el municipalismo. No como doctrina ni como modelo universal, sino como compromiso: el lugar donde todavía es posible hacerse cargo de la realidad, responder con hechos y no vivir solo del relato. Gobernar es lo que estoy haciendo en mi pueblo, afectado por la Dana, en una comarca duramente castigada. No para dar lecciones, sino para no desertar.
La salida pasa por liderazgo, explicación y arraigo. En un tiempo dominado por percepciones, explicar o desaparecer no es un eslogan: es una advertencia. Y también una forma de seguir siendo útil cuando todo lo demás se descompone.