Opinión

El mayor portacontenedores del mundo, el MSC Pamela

Falta equilibrio y sobra fanatismo

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VALENCIA. Tengo hijos adolescentes. Aquellos que aún distinguen mediante un hilo muy fino el bien del mal. Por eso, me preocupo por sus gustos y aficiones (aunque en algunos casos no las comparta). Muchas veces he dicho que si quieres predicar, la mejor forma es dando ejemplo a tu hijo o a tu prójimo. Debo reconocer que a mí también me parecen muy peligrosos los hombres que piensan que siempre tienen razón, pero... ¿qué modelos tiene ahora nuestra sociedad? ¿quién tiene la razón? ¿quién decide quién sobra en este planeta? ¿cómo se objetiva el derecho o no a trabajar en un país que está a punto de alcanzar los cinco millones de parados y que cada vez se está haciendo más excluyente en todos los sentidos?


En definitiva, ¿qué derecho tengo yo -o cualquier otra persona- a decidir que mi opinión es mejor que las otras? Es distinto decir de modo altivo "mi opinión es la mejor" (entre otras cosas, porque puede fácilmente no serlo), a decir que, en esa búsqueda de la verdad en la que todos debemos estar empeñados, las opiniones que más se acerquen a ella son mejores que las opiniones que están más lejos.

Lógicamente, el hecho de que exista una verdad universal no le da derecho a nadie a ir por la vida dando lecciones, como engreído poseedor único y absoluto de la verdad: eso sería fundamentalismo, como ha escrito Alejandro Llano: "No somos nosotros los que poseemos la verdad, es la verdad la que nos posee".

De todas formas y aunque se ha avanzado mucho, ¿no parece que aún sigue siendo preciso que la sociedad sea más tolerante y haya menos gente fanática? Sin duda. El fanático es uno de los más grandes enemigos de la libertad. El fanatismo es como una plaga nauseabunda que anida en el corazón de quien no quiere ver el mal que hace. El fanático se pasa la vida denunciando el mal, pero nunca lo encuentra dentro de sí mismo (habitualmente porque está sumergido en él).

El fanático pretende poner a los buenos a un lado y a los malos al otro, y situarse en el lado de los buenos, y decir que a los malos se les puede maltratar: ese es el errado maniqueísmo de la dialéctica del fanático, que actúa de manera inmoral y olvida que el fin no justifica los medios. Hay que perseguir el mal, pero dentro de la ley y la moral, teniendo siempre en cuenta los principios fundamentales de la tolerancia.

Confieso que escribo este artículo impresionado cada vez más por toda esa serie de pequeños detalles que se nos escapan y que hacen que me cuestione... ¿en qué mundo vivimos? ¿dónde está la cadena de valor humana? ¿dónde están los válidos? ¿hacia qué modelo de desarrollo nos dirigimos?

Algún sabio anónimo dijo en una ocasión: "Lo que diferencia a una sociedad que tiene éxito de otra que no lo tiene, son ante todo, sus personas, su talento, su entusiasmo, su creatividad, sus experiencias, sus ganas de trabajar... ya que todo lo demás se puede aprender, se puede comprar o se puede copiar".

Esta reflexión, trasladada al mundo de los negocios nos lleva a contemplar que cada vez es más importante para las empresas el capital humano al plantearse el crecimiento y el desarrollo de las organizaciones. A lo que hay que añadir el potencial que supone este "stock inmaterial" integrado por un conjunto de "habilidades, conocimientos y destrezas".

La empresa desempeña un papel fundamental en la vida de las personas no sólo como generadora de empleo y riqueza, sino como agente de desarrollo en las comunidades en la que están insertas, pero lo trascendental es ver quién o quiénes componen esta sociedad de la que presumimos estar tan en la vanguardia del desarrollo.

Desde esta tribuna animo a todas las empresas a "cuidar" a sus recursos más valiosos: las personas, ya que son ellas las que, en última instancia, con su trabajo y esfuerzo, aportarán valor a la organización y conseguirán esa diferenciación tan necesaria para sobrevivir en un entorno cambiante y competitivo. En estos tiempos locos nos preocupamos más en existir que en vivir, tenemos agendas repletas que nos impiden saborear los pequeños detalles que el día a día nos brinda y en el que, por supuesto, caben todos, especialmente los excluidos de nuestra sociedad.
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(*) José Mª Guijarro y Jorge es subdirector del Instituto Tecnológico de Óptica, Color e Imagen (AIDO) y doctor en Economía

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