Cuando se observa la magnitud de las protestas en Francia aún parecen más ridículos los intentos de señalar como violentas a las personas acampadas por el derecho a la vivienda en España. Al lado de la imagen del ayuntamiento de Limoges devorado por las llamas, languidece la foto de un cuchillo para el hummus en la Puerta del Sol.
Pero ni siquiera los disturbios violentos deben servir para desviar el foco de sus causas. Una generación entera y parte de otras, siente una enorme desafección. De que se debate entre la desesperanza y la rabia.
Probablemente a diferencia de las protestas en Francia, con unas características propias que explican la forma de los estallidos actuales –también, para que engañarnos, su edad de jubilación–, en España la forma del descontento viene menos marcada por la sensación un gobierno que no les escucha. Aquí entre las protestas y la agenda gubernamental sí existe una línea imperfecta. Se puede acusar a los decretos de vivienda de insuficientes, pero no de inexistentes.
Mientras el gobierno francés da muestras de no querer atender las protestas producidas por el encarecimiento del coste de la vida, el nuestro ha reconocido que sí lo pretende, pero que con este parlamento no se podía llegar más lejos. La pregunta es si es posible hacerlo con otro.
Y de ahí la convocatoria electoral.
En todo caso, entre la Marianne con un chaleco amarillo, donde se ha escrito la policía mutila a los estudiantes y el cartel de cartón que reza ´home sweet home´ en una tienda de campaña de la plaza del Ayuntamiento sí se comparte una pulsión. La de si el sistema democrático puede cambiar o se rinde a ser cambiado. A ser sustituido por otra cosa.
Las elecciones que vienen, aquí y fuera de nuestras fronteras, son una pregunta entre cambio u orden. Entre transformación o reacción.

- Acampada en València. -
- Foto: ROBER SOLSONA/EP
O entre si se imponen las ganas de desbordar esta democracia de sistema capitalista que, sin la fuerza de un Estado del Bienestar suficientemente intervencionista condena a la desigualdad, o si triunfan los que aseguran que la solución a los problemas actuales requiere de aumentar la seguridad para que nada cambie.
La realidad es que nada va a seguir igual. Habrá reformas profundas o mano dura.
El director del Instituto Francés de la Opinión Pública lo resumía en una frase. Decía que la respuesta a estas protestas ha sido policial, también porque no hay dinero para otra cosa.
Ahí está todo. O se amplían las posibilidades de lo público o lo estatal se resume en una unidad de antidisturbios.
Y como en todas las revoluciones, ya lo señaló Aristóteles, el conflicto viene marcado por la propiedad.
La izquierda debe plantear una nueva relación con la propiedad privada, haciendo que poseer demasiado no implique privilegios feudales en la toma de decisiones, pero también evitando la desigualdad cotidiana y creciente entre quienes viven de su trabajo –sosteniendo con sus impuestos la mayoría del Estado– y quienes viven de su patrimonio –privilegiados hasta en pago de impuestos–.
Berlín ya ha decidido expropiar decenas de miles de viviendas o Piketty ya ha expresado que, para reducir la desigualdad y volver a tener estados capaces, hay que empezar a gravar ese patrimonio. Y el futuro puede ir por ese camino o por el de asumir que las injusticias y los privilegios son el orden natural de las cosas. Rendirse a que la democracia, cuando no es de mínimos, es una ensoñación de ilusos que imaginaron utopías. El futuro puede ser una democracia que desafíe los privilegios del 1% o la disciplina que los defiende.
Y para los que deseamos que seas lo primero la mejor noticia es que, mientras ha fracasado con matices la unión en una papeleta única de las fuerzas de izquierda fuera del Partido Socialista, sí que ha sido posible un acuerdo en el Senado entre el propio Partido Socialista y una parte importante de ese espacio.
¿Un primer paso hacia otra forma de colaborar? Espero que sí.
Es verdad que se ha hablado más de lo que no ha sido posible que de lo que sí lo ha sido. Será un signo de nuestro tiempo de algoritmo. Pero a lo mejor, va y hay esperanza en la deriva. A lo mejor hay un tiempo de nuevos posibles y no de rendiciones.
Yo votaré por ello.