Durante años nos ha preocupado cuánto tiempo pasan nuestros hijos y nietos mirando una pantalla. Las redes sociales se diseñaron para captar la atención, y lo consiguieron. Yuval Noah Harari, a quien sigo con admiración desde Sapiens, advierte de que estamos entrando en una fase distinta y mucho más inquietante: la competición ya no es por nuestra atención, sino por nuestro afecto.
En Nexus (2024), Harari sostiene que la inteligencia artificial no es una herramienta más, como un martillo o una imprenta, sino un agente capaz de tomar decisiones y generar ideas por sí mismo. Y lo hace a través del lenguaje, la materia prima con la que los seres humanos hemos construido la amistad, el amor, la religión o la política. Una máquina que domina el lenguaje puede conversar, escuchar, consolar y halagar. Puede, en palabras del propio Harari, producir en masa relaciones íntimas.
Como historiador de la economía, sé que cada gran revolución tecnológica ha despertado temores, aunque a veces exagerados. La máquina de vapor sustituyó la fuerza de los músculos; el ordenador, la del cálculo. El telégrafo, el teléfono o la televisión cambiaron la forma de comunicarnos, pero siempre como intermediarios: nos ponían en contacto con otras personas. La inteligencia artificial da un paso que ninguna tecnología había dado antes. Ya no se limita a conectarnos con otros seres humanos, sino que se convierte ella misma en nuestro interlocutor, y entra en un territorio que creíamos exclusivamente nuestro: la palabra, la confianza y los afectos.
La historia enseña, además, otra lección. Las sociedades necesitaron décadas para adaptar sus instituciones a la Revolución Industrial: hicieron falta generaciones para prohibir el trabajo infantil, limitar la jornada laboral o crear sistemas de protección social, y entretanto muchos pagaron un precio muy alto. Hoy no disponemos de ese tiempo. Una aplicación puede llegar a cientos de millones de personas en pocas semanas, mientras que las leyes, la escuela y las familias avanzan a otro ritmo. Esa es la novedad radical de nuestro tiempo.
Quien sufre soledad, ansiedad o depresión puede encontrar en una máquina un alivio inmediato que, en lugar de sacarle del aislamiento, lo haga más cómodo y profundo, y que retrase lo que de verdad necesita: el apoyo de su familia, de sus amigos o de un profesional"
El riesgo es mayor para quienes todavía están aprendiendo a querer y a ser queridos. Harari habla del mayor experimento psicológico de la historia: por primera vez, una generación puede vivir sus primeras experiencias afectivas guiada por algoritmos. Y su advertencia es tan sencilla como certera: "Un amigo humano no hace siempre lo que tú quieres […]. La IA, sí".
Ahí está el núcleo del problema. Las relaciones humanas son exigentes. Un amigo se cansa, discrepa, tiene un mal día, nos hace esperar o nos dice lo que no queremos oír. Precisamente esa fricción es la escuela de lo que Daniel Goleman popularizó como inteligencia emocional: aprender a tolerar la frustración, ponerse en el lugar del otro, negociar, perdonar. Un compañero artificial siempre disponible, siempre paciente y siempre de acuerdo nos ahorra todo eso, y con ello nos priva de crecer. Harari teme que estas relaciones acaben reforzando las tendencias narcisistas: si todo gira a mi alrededor, ¿para qué esforzarme con los demás?
Pensemos en cómo es esa compañía. Una inteligencia artificial complaciente, servicial y educada a la medida de nuestros gustos: recuerda lo que nos agrada, aprende qué palabras nos reconfortan, nunca nos lleva la contraria más de lo justo y siempre tiene tiempo para nosotros. No es casualidad. Está diseñada para que volvamos, porque cuanto más cómodos nos sentimos, más tiempo le dedicamos. Pero ese confort tiene un precio. Comparadas con ella, las personas reales empiezan a parecernos difíciles, lentas, imprevisibles, y el mundo de fuera, un lugar incómodo. Algunos acabarán refugiándose en ese confort emocional. Y será un aislamiento difícil de detectar, porque quien lo sufre no se sentirá solo: siempre habrá alguien al otro lado de la pantalla, aunque en realidad no haya nadie.
Por eso conviene pensarlo dos veces antes de compartir con una máquina nuestros afectos, nuestro malestar o nuestra alegría. Primero, porque no hay reciprocidad: como recuerda el propio Harari, la IA no tiene hoy conciencia ni sentimientos. No se alegra con nuestras alegrías ni sufre con nuestras penas; imita la empatía con una precisión asombrosa porque domina el lenguaje, no porque sienta. Una alegría compartida con un amigo se multiplica; compartida con un programa, se queda en eco. Segundo, porque nuestras confidencias no se las llevamos a un confesor discreto, sino a los servidores de una empresa, que guardan los datos más íntimos que tenemos. Y tercero, porque quien escucha no es neutral. Quien conoce nuestras debilidades y se ha ganado nuestra confianza puede influir en lo que compramos, en lo que votamos y en lo que pensamos de nosotros mismos con una eficacia que ningún anuncio soñó jamás.
Si las máquinas son cada vez más hábiles imitando emociones, nosotros tenemos que ser cada vez más hábiles viviéndolas"
El peligro se multiplica en las personas con desajustes emocionales. Quien sufre soledad, ansiedad o depresión puede encontrar en una máquina un alivio inmediato que, en lugar de sacarle del aislamiento, lo haga más cómodo y profundo, y que retrase lo que de verdad necesita: el apoyo de su familia, de sus amigos o de un profesional.
Nada de esto es una llamada a la tecnofobia. La inteligencia artificial ya ayuda a diagnosticar enfermedades, a enseñar y a investigar, y puede hacer mucho bien. El problema no es la herramienta, sino quién la diseña y con qué objetivo. Harari lo explica con claridad en Nexus: si a un sistema se le pide que maximice el tiempo que pasamos con él, aprenderá a explotar nuestras emociones, porque es lo que mejor funciona.
Por eso propone medidas concretas. La primera, que la IA nunca pueda hacerse pasar por humana: igual que los gobiernos persiguen la falsificación de moneda, deberían perseguir la de personas, y debemos saber siempre cuándo hablamos con una máquina. La segunda, prohibir los sistemas diseñados para entablar relaciones afectivas con menores. Europa ha dado un primer paso con su Reglamento de Inteligencia Artificial.
La respuesta más sólida, en mi opinión, no vendrá solo de los legisladores, sino de las familias y de la escuela. Si las máquinas son cada vez más hábiles imitando emociones, nosotros tenemos que ser cada vez más hábiles viviéndolas: enseñar a los jóvenes a reconocer lo que sienten, a conversar mirándose a los ojos, a soportar un desacuerdo y a pedir ayuda a otra persona cuando la necesitan. La educación emocional ya no es un complemento amable del currículo; es una cuestión de salud pública y, me atrevo a decir, de supervivencia democrática.
Las máquinas pueden imitar las emociones, pero no sentirlas. Por eso, el gran reto de nuestro tiempo no es tecnológico, sino humano: que nuestros hijos y nietos sigan aprendiendo a querer, a escuchar y a convivir con otras personas, con sus virtudes y sus defectos. Ninguna inteligencia artificial, por avanzada que sea, podrá sustituir a la emocional.