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HUMANOS CON RECURSOS

Jefes cobardes, empresas cómplices

Publicado: 12/05/2026 · 06:00
Actualizado: 12/05/2026 · 06:00
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Hace unas semanas se hizo viral la historia de una persona que decidió romper con su pareja utilizando un mensaje redactado por ChatGPT. El texto era impecable: demasiado, quizá, para algo tan humano como terminar una relación. Porque el problema no era la redacción. El problema era la renuncia a mirar al otro a los ojos.

La tecnología no creó la cobardía; simplemente le ha dado herramientas más sofisticadas. Romper una relación implica incomodidad, culpa, tensión y, sobre todo, asumir el impacto emocional que nuestras decisiones provocan en el otro. Sin embargo, cada vez parece más frecuente externalizar esa responsabilidad: dejar de responder mensajes, desaparecer gradualmente o delegar la conversación difícil en una inteligencia artificial. 

Pero la madurez emocional consiste precisamente en gestionar conversaciones incómodas. Quien evita sistemáticamente el conflicto no suele estar protegiendo al otro; se está protegiendo a sí mismo. Y esta dinámica no pertenece solo al ámbito sentimental. En el mundo laboral ocurre constantemente.

Existen jefes que nunca despiden realmente a nadie. Simplemente empiezan a desaparecer. Reducen reuniones, delegan la comunicación incómoda en Recursos Humanos, envían correos impersonales o convierten la frialdad en estrategia de gestión. Algunos incluso utilizan frases tan vacías como “la compañía ha tomado una decisión” para evitar pronunciar algo más honesto: “he decidido prescindir de ti”. Es el equivalente corporativo del ghosting sentimental. Son perfiles que necesitan preservar una autoimagen positiva y huyen de cualquier situación que pueda generar tensión emocional o cuestionar su identidad como “buena persona”.

Lo preocupante es que detrás de esos directivos hay organizaciones que toleran —cuando no incentivan— ese comportamiento. Porque resulta más cómodo proteger a un directivo rentable que afrontar el coste de exigirle humanidad y exigirle su responsabilidad. Empresas que miran hacia otro lado mientras determinados mandos deterioran equipos, humillan en silencio o convierten la evasión emocional en un estilo de liderazgo aceptable.

Muchas empresas hablan obsesivamente de liderazgo, compromiso y bienestar emocional mientras toleran directivos incapaces de afrontar una conversación incómoda con dignidad. Y eso deja huella, además de que sus consecuencias trascienden las paredes de la oficina y acaba circulando en LinkedIn, Glassdoor, WhatsApp o conversaciones informales entre profesionales. La reputación corporativa ya no depende únicamente de campañas de marca empleadora, sino de cómo una organización trata a las personas cuando llegan los momentos difíciles.

Porque liderar no consiste únicamente en tomar decisiones difíciles. Consiste en asumir personalmente el coste emocional de comunicarlas. Al final, la verdadera madurez no se mide en nuestra capacidad para iniciar relaciones, contratar personas o construir equipos. Se mide en cómo afrontamos los finales. Y ahí fracasan tanto el jefe que se esconde detrás de un correo o de Recursos Humanos para evitar una conversación incómoda, como la empresa que conoce esas prácticas y decide no intervenir mientras los resultados acompañen.

Algunas compañías creen que su cultura se construye con valores escritos en la pared, vídeos inspiradores o discursos sobre liderazgo. Pero, como decía Peter Drucker, “la cultura se desayuna a la estrategia”. Y pocas cosas deterioran más una cultura que normalizar líderes incapaces de mirar a las personas a los ojos cuando llega una decisión difícil.

Como advertían en El caballero oscuro, “o mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte convertido en el villano”. En muchas organizaciones, algunos directivos hace tiempo que cruzaron esa línea. Y el verdadero problema es que sus empresas también.

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