CASTELLÓ. Durante décadas, el mundo profesional se ha sostenido sobre una promesa implícita: si haces las cosas bien, si trabajas duro y entregas valor real, tarde o temprano serás recompensado. El esfuerzo, la calidad y la constancia eran las palancas del éxito. Es una idea reconfortante, casi moral. El problema es que, en la economía actual, ha dejado de cumplirse de forma automática.
Hoy convivimos con una realidad incómoda: hay productos excelentes que nadie conoce y productos mediocres que todo el mundo compra. Profesionales brillantes que no consiguen clientes y otros, con menor preparación, que llenan agendas porque saben aparecer en el momento adecuado y en el canal correcto. No es justicia, pero es el mercado.
La economía de la atención ha reescrito las reglas. Lo que escasea ya no es la información ni el producto, sino la capacidad de captar y mantener la mirada de alguien durante unos segundos. Además, como consumidores, parece que premiamos más el entretenimiento que la calidad real del producto.
El resultado es paradójico. Nunca ha sido tan fácil crear y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan difícil ser visto. La barrera de entrada ha bajado para todos, lo que significa que la verdadera competencia no es por hacer mejor producto, sino por ganarse un hueco en una conversación cada vez más saturada. La ventaja competitiva ahora está en tener tu propio canal de distribución más que en el producto en sí.
Esto tiene consecuencias profundas, sobre todo para quienes emprenden. Durante años, el discurso dominante ha sido el de “céntrate en hacer un gran producto y el mercado lo reconocerá”. Era un consejo bienintencionado, pero hoy resulta ingenuo. Los grandes productos invisibles no compiten con productos mediocres bien comunicados: pierden frente a ellos. Y eso obliga a entender una verdad incómoda: distribuir no es accesorio, es parte del producto. Lo que no se comunica, sencillamente, no existe.
Esto no significa que la calidad haya dejado de importar. Significa que la calidad sin distribución no llega. Y que distribuir bien, en el contexto actual, exige habilidades que tradicionalmente no se asociaban al emprendimiento: narrar, posicionar, generar comunidad, entender plataformas, saber competir por la atención sin caer en el ruido. Quien lo hace bien no es necesariamente el mejor en su sector, pero será el que más oportunidades tenga de demostrar que lo es.
Aquí aparece, sin embargo, un riesgo igualmente serio. Cuando el sistema recompensa lo inmediato, premia también a quienes son hábiles vendiendo expectativas que no pueden sostener. Surgen negocios construidos sobre apariencia más que sobre fundamentos. Profesionales que dominan el escaparate, pero no saben ni de su propio negocio. Crecimientos rápidos seguidos de grandes derrumbes. La economía de la atención no solo penaliza al excelente invisible; también ofrece, durante un tiempo, oxígeno al mediocre visible.
Por eso, el reto del buen profesional —y del buen emprendedor— ya no es solo crear algo que merezca la pena. Es crear algo que merezca la pena y, además, ser capaz de comunicarlo de forma que llegue. No se trata de vender humo. Se trata de entender que, en un mundo de estímulos infinitos, el silencio no es modestia: es invisibilidad.
La pregunta que debería incomodarnos no es si el sistema es justo. Probablemente no lo es.
La pregunta es qué estamos dispuestos a aprender para que nuestra mejor versión no pase desapercibida.
Jose Bort es presidente de la Fundación E&S y autor de 'El Buen Emprendedor'.
________
BOLETÍN DE EMPRESAS E INNOVACIÓN.
Toda la información empresarial de Castellón, concentrada en un único correo semanal para seguir la actualidad sin perder tiempo. Suscríbete gratis al boletín aquí.