Opinión

El mayor portacontenedores del mundo, el MSC Pamela

La perplejidad de los inertes

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Tras más de una década "asombrando al mundo" y situándose "a la cabeza de España", en menos de un mes CAM y Bancaja, dos emblemas de nuestra economía, han pasado a manos foráneas. De nada ha valido el que, según se decía, encabezaran todos los rankings virtuosos de la banca. Pero nadie relevante de esas élites se ha atrevido a hacer ni decir nada. La CAM ha pasado a manos de la bien gestionada CajAstur, prudente durante la orgía inmobiliaria, que se ha llevado por delante -junto a la inepcia de gestores y políticos para defender nuestros intereses colectivos- al distintivo del orgullo alicantino. Bancaja a las de la Caja de Esperanza Aguirre en una operación no justificada ni justificable (con la información disponible); a las de una entidad con unos datos básicos del balance menos que discretos.

Si la venganza es un plato que se sirve frío, la de los mercados financieros siempre provoca, además, indigestión. Me temo que no van a hacer falta esos quince años que han pactado sus actuales presidentes para mostrar que en la economía política de esta reestructuración ha habido demasiado de la segunda y nada de la primera. Ahora, como diría Miguel Ángel Aguilar, permanezcan atentos a la pantalla: esto es, al Banco de Valencia.

Frente al desmantelamiento de capacidad financiera y masa crítica, de capital (financiero y humano), que se nos viene encima -siempre se concentra donde están las sedes operativas- el esperpento. ¿Sus actores? Los bravatos que actúan como si el coeficiente intelectual de quienes escuchan sus declaraciones fuera nulo y quienes dicen ser dirigentes de unas organizaciones que hacen progresar al conjunto de la sociedad a pesar de haber demostrado no saber defender ni siquiera los intereses empresariales.

Gestores y políticos
Para los primeros, lo que ayer era la opción óptima, hoy ha pasado a ser pésima, lo que eran inconvenientes se han tornado ventajas y hasta lo que era blanco impoluto, se quiere hacer creer que era negro. Pero como escribiera la admirable Ann Radcliffe, "nunca hay que creer las afirmaciones de las personas, hay que juzgarlas por sus actos". Lo que se aplica también a los desaparecidos como Alarte.

El problema de este bucle infinito de donde dije digo digo Diego es que no sólo la escucha su fervoroso público, que lo tienen. Lo escuchan también asombrados los representantes de los inversores internacionales que tienen que renovar emisiones, los clientes menos fervorosos, los correligionarios y ciudadanos de más allá de Almansa o Minglanilla y los empleados que dirigentes políticos y gestores financieros vienen confundiendo con muebles. ¿El resultado?: una perdida brutal de imagen, tanto corporativa como de todo lo relacionado con la Comunidad Valenciana.

¿Patronos o empresarios?
Para los segundos, el ridículo es incluso mayor. A pesar de su dinamismo, los empresarios, impulsores del empleo y la riqueza, nunca han gozado de gran prestigio entre los valencianos. En buena medida por el comportamiento de sus principales representantes, silentes desde hace demasiado en la defensa de sus intereses y preocupados por halagar los caprichos de poder político. No se trata de su bonhomía o del éxito, en algunos casos, de sus empresas. Se trata de su capacidad para, defendiendo los intereses del colectivo al que dicen representar, hacer avanzar al conjunto de la sociedad. Rafael Ferrando lo intentó hace más de una década y fue precisamente José Luis Olivas, entonces vicepresidente del Consell, el que, con una brutalidad impropia, le mandó callar.

De aquellos vientos vienen estas tempestades en las que las Cámaras (de obligada financiación en pleno siglo XXI), Cierval, CEV, AVE, COEPA y tutti quanti se han cubierto de gloria con sus estrepitosos silencios amplificados por las declaraciones de tres outsiders (Aguado, Félix y Lafuente) y el enésimo espectáculo de Virosque. Incluso la recién nacida Conexus, que parecía llamada a ser otra cosa, ha amagado con la genuflexión en forma de ennumeración de las ventajas del "acercamiento" entre Madrid y Valencia. Como si ese 6,9 % de core capital de la caja absorbente, una mora del 5,3% -sin inmuebles adjudicados-, por no mencionar ese penoso ratio de eficiencia (45,6%) o el -79,6% en beneficios después de impuestos interanuales, no fueran suficiente tarjeta de presentación. En la Torre de Caja Madrid la gestión ha estado en las antípodas de la profesionalidad, la transparencia y la eficiencia. Nada justifica la absorción.

Y ciudadanos
Como invitados de piedra, todos los valencianos menos el centenar corto responsables del desafuero. ¿Por qué lo permitimos? ¿Cómo es posible que su perplejidad y sus silencios cómplices se combinen con el desapego ciudadana a reaccionar ante estas cuestiones, tan relevantes para la viabilidad de nuestras empresas y nuestro bienestar? Porque éstos, u otros, interrogantes ni siquiera se han debatido públicamente desde que el 26 de mayo el Consejo de CAM aprobara el SIP con CajAstur. Tampoco desde que Caja Madrid absorbió a Bancaja el 10 de junio. Y sin debate no puede haber diagnóstico. Y sin diagnostico, solución. Porque los cri de rage como éste, aunque sean del rabelasiano Gargantua, sirven de nada.

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(*) Jordi Palafox es catedrático de Historia e Instituciones Económica

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