Opinión

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LA ENCRUCIJADA

La Tia

Publicado: 16/06/2026 · 06:00
Actualizado: 16/06/2026 · 06:00
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Era la Tía, con mayúscula. Resultaba innecesario añadir su nombre para identificarla. Las demás eran tías, apreciadas, pero bien alejadas de la huella que dejó aquélla. Lo que sigue intenta recuperar esa huella y situarla como ejemplo de las otras muchas Tías que han hecho más hermosa la vida de quienes estaban al alcance de sus afectos.

La casa de nuestra Tía formaba parte de la periferia gandiense, de un barrio maltratado hasta el punto de que, todavía en los años 60 y 70, sus habitantes lo denominaban “Corea”, recordando la semejanza de los estragos de la guerra en este país con el lamentable estado de sus calles, aceras, iluminación pública, -más bien ausente-, y frecuencia de los apagones generales. Un barrio sin apenas servicios públicos en los años posteriores al Plan de Estabilización, dotado, cerca del río y junto a la vaquería de Eugenio, de una modesta parroquia, -la Sagrada Familia-, (¡tan distinta de la de Barcelona!) que acogía a los naturales de las inmediaciones y a los inmigrantes que ocupaban “las casas baratas”, habilitadas a toda prisa para proporcionar techo a los recién llegados desde otras regiones.

La vivienda de la Tía, una planta baja construida en las primeras décadas del siglo XX, se alzaba junto a la carretera que unían tanto a Valencia con Alicante como a Gandia con su puerto. La puerta, casi siempre abierta, daba al zaguán, delimitado por puertas de cristal translúcido. A partir de aquel punto se extendía un pasillo, flanqueado por habitaciones que desembocaba en el comedor, con su hogar y alacena; y con aquel reloj de péndulo para el que la Tía reclamaba ayuda a sus sobrinos cada vez que se detenía, urgiendo el inmediato empleo de la llave que, al constreñir sus muelles, le devolvía a la vida.

El reloj, con su agudo timbre sonoro, señalaba los tiempos de la Tía. La hora de las comidas, el momento de conciliar el sueño y, en particular, la llegada de las radionovelas. Con ellas ahuyentaba la soledad de las tardes. Viuda desde hacía décadas y sin descendientes, las sesiones radiofónicas con el “gran cuadro de actores de Radio Madrid”, como enfatizaba el locutor, constituían su habitual canal de entretenimiento. Una compañía a la que se sumaban con distinta regularidad sus tres sobrinos: una luz de vida para ella y, para ellos, un depósito de cariño que jamás se agotaba. 

La radio era el medio más común en aquella Gandia que respiraba y olía a cítricos en muchos de sus poros económicos: la Gandia burguesa que se reunía en Fomento, -un casino distinguido-, para dar fe de que existía una clase alta local dispuesta a emular la de València con sus fiestas, puestas de largo de las jóvenes que entraban en el mercado de las seducciones y, según se decía en voz baja, jugosas timbas sólo al alcance de algunos. 

Una Gandia que aportaba almacenes de naranjas, -casi todos ubicados en la propia Corea-, y los productos y servicios que reclamaba su exportación: un puerto de asombrosa vivacidad, una creciente flota de camiones, talleres mecánicos y fundiciones, carpinterías que proporcionaban los distintos tipos de caja para el envase de los frutos, timbradoras con sus hojas de papel de seda destinadas a envolver la naranja y recoger los coloridos diseños que mostraban la marca del exportador. Una Gandía que se beneficiaba de su centralidad comarcal para ofertar al resto de La Safor tiendas y comercios. La misma Gandia que comenzaba a desperezarse, dispuesta a alimentarse del maná turístico.

Mientras, la Tía, sobrevivía de unos alquileres congelados cuya capacidad adquisitiva retrocedía al ritmo de la inflación. Necesariamente austera, utilizaba la sala de estar, sentada junto a la ventana que daba a la calle, para aprovechar hasta el último rayo del sol. Desde allí atrapaba las ondas de la SER y con éstas llegaban encapsuladas las voces de Pedro Pablo Ayuso, de Matilde Conesa y de otros afamados actores que componían fantasías de amores imposibles, villanos odiosos y dulces muchachas arrebatadas por ideales románticos. Siempre con aquel punto de moralidad a lo señora Francis.

Acomodada a su rutina casera, la segunda distracción de la Tía procedía del cuidado de las plantas que adornaban el patio. Un lugar que completaba la casa acogiendo una pequeña balsa. Acompañando sus laterales se situaban dos jardineras, la primera con calas, la segunda con rosas y, más allá, un extenso jazminero.  

Llegado el verano, uno de los sobrinos se encargaba de cortar los capullos de jazmín para que la Tía los engarzase en un imperdible que enganchaba a la blusa, a la altura del pecho. Poco a poco los capullos se abrían, formando flores blancas de intenso perfume; al día siguiente su efímera vida habría concluido, pero, mientras, aromatizaban las veladas a la fresca, a la puerta de casa, junto a vecinas con las que la Tía compartía animadas charlas y breves interludios de suspiros y silencios.

Así transcurría su vida en los meses más cálidos, con breves escapadas a Biar, lugar donde residía su hermana, acompañada de algún sobrino deseoso de seguir, desde el antiguo tren de los ingleses, el cimbreante curso del río Serpis. En apariencia, así era su vida: rutinaria y tranquila. Sin embargo, en ella latía un carácter que, aun siendo fuerte en escasas ocasiones, se diluía en la ternura a medida que pasaban los años. Su pregunta recurrente, en aquel tiempo, señalaba una inquietud existencial: “¿Te acordarás de mi cuando ya no esté?”, le preguntaba a uno de sus sobrinos. Aquella constituía su preocupación más profunda en la última etapa de su vida: ser recordada por alguien, ser parte de alguien, ser amada por alguien desde el recuerdo. La respuesta, afirmativa y enfática, la aquietaba; pero no parecía desvanecer unos temores que rebrotaban de tanto en tanto. 

De lo que no cabía duda era de su alegría cuando se sentía útil ayudando a sus sobrinos y vecinos, como ocurrió con aquella chica del Cantábrico que, aislada en una ciudad que no conocía, engañada por un proxeneta, sin dinero y escuálida, encontró cariño, techo y alimento en la mesa camilla de la Tía: la mesa del transistor, la del brasero en invierno, la del ganchillo, compulsivo y magistralmente artístico que mantuvo su mente firme y ágil durante largo tiempo. La mesa cortejada por sillas de enea. 

Los relatos de vida y sentimiento ensalzan con frecuencia a la familia más próxima. Resulta fácil conocer historias de padres, abuelos y hermanos que han dejado huella en las personas que las han rodeado. Las Tías no suelen formar parte de esas narraciones que se transmiten entre generaciones, resaltando hechos y personalidades, grandes y pequeñas épicas. Este artículo quiere sostener que las Tías con mayúscula, las de antes y las de ahora, también merecen el homenaje del recuerdo y el afecto. En este caso y puede que en otros similares, su cariño ha cauterizado heridas, completado afectos y escrito recuerdos de largo aliento.

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