Creo que el problema de la ciudad de València no es que tenga un gobierno muy conservador, que lo tiene, sino que no tiene gobierno. Esta ciudad hace buena esa frase de que la política cuando no la haces, te la hacen. Y aquí si uno revisa la web municipal aparecen formalmente concejales y concejalas al cargo de áreas, pero la ciudad se va haciendo a medida que avanza esa mercantilización que está devorando urbes. Resistirse a Airbnb, Ryanair o Blackstone es complicado, pero aquí ni se intenta. València es una ciudad cada vez menos reconocible, porque se deja llevar por las corrientes que arrastran con fuerza a las ciudades: especulación inmobiliaria, turismo extractivo y explotación de cada metro cuadrado.
Probablemente, frente a ese modelo global, el único acento propio que ha puesto el gobierno de María José Català sea el fomento del coche. Algo realmente anómalo en una ciudad europea, hasta en las gobernadas por los conservadores. Aunque lo de poner carriles en lo que iba a ser un Corredor Verde tiene que ver también con esa idea de progreso que consiste en residencial con piscina, pádel y grandes avenidas. Podría ser el sur de València, la periferia de Madrid o un desarrollo de Zaragoza. Un no lugar.
Pero, aunque sea un catálogo atractivo para una promotora, a una alcaldesa se le pide otra cosa. En València, Rita metía esas decisiones bajo la alfombra de los grandes eventos y, mientras todos miraban las luces, pues movían el ladrillo y el dinero. Hoy es difícil nombrar algo reconocible de este ya casi mandato de Català, ni siquiera en ese sentido de maniobra de distracción pirotécnica. Y se le acaba el tiempo.
Después del verano todo será curso electoral. Y si las elecciones provocaran un cambio, estos cuatro años no dejarán ninguna huella en la ciudad. Alguna herida en forma proyecto recortado, como el de Pérez Galdós y algún otro ejecutado conforme estaba, como el carril bici de Tres Forques. Poco más. O nada más. Y eso encaja mal con una campaña electoral, pero sobre todo con el ego de una alcaldía, que, en nuestro país, y en muchos otros, asociamos a la huella de la persona.
No sorprende que yo sea crítico con este gobierno, pero creo que, aunque sea con la boca pequeña, en la sala de máquinas de la derecha se han encendido las mismas luces rojas. Y debe verlo, sin duda, más claro que nadie, la alcaldesa. Quiere alguna inauguración, algún proyecto… en definitiva, algo. Y sabe que los tiempos de la gestión, no son los de la política.
Contrarreloj. Yo me imagino, sin mucho miedo a equivocarme, esas reuniones con su gabinete. Tormenta de ideas con cielo despejado.
Solo así me explico el proyecto del segundo Gulliver, una especie de Gulliver fake o franquicia. En las prisas, en la necesidad de cortar una cinta y hacerse una foto con algo nuevo, que sea, más o menos, propio.
Pero, ¿de verdad la idea de València que tienen es esto?
El Gulliver original, donde nos hemos roto el chándal generaciones enteras de vecinos de esta ciudad, es un proyecto icónico reconocible y fruto de una idea muy única; la de un jardín del Turia que nace de la gente y para la gente.
Es hijo del ‘riu dels xiquets’ e involucra al ilustrador Sento Llobell, al arquitecto Rafael Rivera y el artista fallero Manolo Martín. Era radicalmente moderno en 1990 y sigue siéndolo hoy. Y cuando uno pasa por allí cualquier día –en mi caso, por ejemplo, corriendo junto a su valla–, sigue viendo como la figura del gigante la complementan los enanos que juegan en ella. Funciona. Porque eso es funcionar.
Es cierto que desde hace años ronda la idea de hacer otro parque de condiciones similares, aunque siempre se pensó para un nuevo tramo del jardín del Turia (que sigue estando inacabado); el parque de desembocadura. Lo que pasa es que se dilatan los plazos y cuatro años después este gobierno no habrá avanzado prácticamente nada.
Y ante eso, en lugar de repetir el concepto, un gran espacio verde nuevo en el que quieres integrar a la infancia, tratan de reciclar la anécdota. Le llaman Gulliver a lo que, si comparamos con el proyecto original, no lo es.
En primer lugar, porque este Gulliver dos, no estará situado en una nueva zona verde de la ciudad, sino que se instalará a costa de acabar con una. Se colocará en un tramo del actual jardín del Turia y lo pavimentará.
En segundo lugar, porque, aunque parece que ha participado Santaeulalia, el proceso define bien la diferencia. En lugar de contar con arquitectos, artistas o ilustradores en la concepción original, ha sido encargado, vía una empresa privada, a una proveedora de parques infantiles, Kiwi Playground. En los 80 el Gulliver fue la conclusión de una idea, aquí lo han utilizado como una franquicia. Harán un Gulliver, como el que abre un Starbucks, intentando replicar la sensación de que entras en algo conocido y que te da cierto confort.
De hecho, si uno accede a la web de la empresa que realizará el encargo puede ver toboganes con forma de vaca o un barco pirata que le suenan de casi cualquier parque por el que haya pasado en los últimos años. Pues más o menos a ese parque que podría estar en Albacete o Alcorcón, se le pone un señor sentado con las piernas aprovechadas como tobogán y tenemos el diseño presentado por la alcaldesa.
Los vecinos y vecinas del barrio de Les Tendetes se han quejado, con razón, de que pierden un espacio del jardín del Turia que funciona como pulmón verde. Y que es casi el único del que disponen.
Pero el conjunto de la ciudad también podemos decir, con toda la razón, ¿esto es la València actual? ¿Tenemos que asumir que, ante la ausencia de ninguna idea de ciudad, València sea un algo a mitad camino entre un Monopoly y un catálogo de prefabricados?
Me corrijo. Lo peor no es no tener gobierno municipal. Es no tenerlo y que se trate de disimular con prisas a última hora.
En el despacho de la alcaldesa, buscando ese disfraz, alguien tarareó li falta un tobogan y Català contestó welcome my friends. Así debió nacer esta elegía a la coentor. ¿Pero cómo no va a sentirse uno extraño en su propia ciudad si está concebida para funcionar como un centro comercial y además cada vez se parece más a uno?