Opinión

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BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO

Los cachorros de Leonard Woolf

Publicado: 30/01/2026 ·06:00
Actualizado: 30/01/2026 · 06:00
  • Donald Trump.
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¿Qué haríamos si el americano declara la guerra a Europa a través de Groenlandia? Así, en el interludio entre la cena y la peli, mientras Albert se pelea con la suscripción a la plataforma para ver la del sábado, se lo suelto. Supongo que las preguntas del miedo salen así, como pelotas de ping pong, en el momento más inocente. Supongo también que el pánico tiene algo de ladrón con antifaz, o carterista, y busca descuidos. Brechas. Un rato antes le había oído deletrear Groenlandia a su madre de 84 años. Hablaban por teléfono y yo imaginaba las preguntas de la anciana y su desconcierto, nació en los 40 y no sabe situar la isla en el mapa; sólo sabe que los telediarios suenan a tambores de ataque. Yo sí sé algo de geografía, pero eso no me salva de formular lo obvio con las palabras de siempre: ¿qué haremos si hay guerra? O: ¿qué pasa si tienes una hija allí, en una universidad americana?

Tú qué crees, contesta él. Y sigue absorbido por el mando de la tele. El tú-qué-crees de la vida doméstica, entre el hartazgo y la ironía. Muy lleno de cansancio. Tú-qué-crees si le pregunto, por ejemplo, por el seguro, el dentista, o si se olvidó de comprar café, ¿te has acordado?, ¿llevaste el coche al taller? Y tú qué crees.

No sabemos nada de guerras. Nuestra réplica más furibunda es el uso de una ironía. Si él me preguntara si hay que subir al terrado a por la colada, usaría ese tono, si hay que bajar a un refugio antibombas también. Tenemos un catálogo de expresiones y giros y me temo que la gente no inventa otro si las cosas se ponen feas. Las hemos usado en la paz y puede que también en una guerra. No sabemos. No tenemos otra cosa. Sacamos de lo doméstico la nomenclatura de lo horrendo.

De momento, la mejor forma de hacer equilibrios es la resistencia íntima, la ética que propone Josep María Esquirol. Frente a la excitación permanente, el silencio de la casa, el cuidarse y cuidar. Desactivar las aplicaciones de redes en el móvil. Organizarse siempre por debajo de la capacidad personal (del cansancio personal). Hacer barrio. Dejar que el sol de enero bañe la cara. Un señor en el súper se suma a mi charla con la carnicera y me regala una receta de alubias (la busca en su móvil para que le haga una foto). Me digo que esta es la guerra que no quiero que nunca acabe. Frente a la fuerza disgregante de la actualidad, desactualizarse. Olvidar el mapa de Groenlandia. Empujar el carrito hasta la caja sin cabrearse de que haya cola. Pero es fácil volver a las sacudidas del mes. Enero siempre empieza con un asalto del americano: el Capitolio o Venezuela. No es fácil olvidar a este cuñado nivel Dios.

Una sólo quiere ser un buen ancestro para los que vengan, ver cómo el mundo que heredan se parece en algo al que recibió. Pero el siglo avanza y las madres sentimos que nuestros hijos apenas han catado la pureza de sus sueños, del primer amor, de la rampa hacia sus días adultos; las madres sólo queremos una prórroga infinita para ellos.

Ayer leí sobre una revuelta antifascista e imaginé allí metido a uno de los míos. Me vi suplicándole que no se distrajera de sus libros por temas políticos. Al instante me di cuenta de que llevamos años sirviéndoles una formación humanista. Una narrativa del compromiso, ¿qué compromiso ha sido el nuestro?, ¿escribir artículos de opinión en un país sin censura? Siri Husvedt, que se juega el cuello escribiendo que Trump es un fascista, hace pedagogía, les da aliento a los que apenas despiertan este mes a la brutalidad del ICE en Minneapolis. Aquí, mientras tanto, nos entretienen reñidas de perros y gatos, ¿hacemos bastante para evitar la barbarie?

Pensar en clave humanista es pensar como Montaigne, que fue nuestro maestro. Lo hizo en 1500 y pico e inauguró al Hombre Moderno, el que tiene conciencia de su individualidad y aversión por la crueldad del ser humano. Estos días me intriga saber cuándo termina el humanismo o si termina. Cuándo empieza la barbarie o si ya ha empezado. Pienso en la atmósfera de los años 30 que se repite hoy y en Gramsci, que la llamó interregno (describió así aquella crisis: lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”). Como él, muchos se anticiparon a la debacle del siglo XX y se opusieron a ella, ¿qué dirían hoy de la ambivalencia en la que estamos instalados? Walter Benjamin o Bertrand Russell, que pagaron con cárcel y muerte. Natalia Ginzburg, que perdió a su marido y perdió una cierta mirada. En Las pequeñas virtudes cuenta la extrañeza de que una casa y las flores en medio de esa casa puedan ser evanescentes como nubes (huyó con sus hijos de madrugada, conoció la persecución judía). Visitar los diarios de Virginia Woolf y el terrible testimonio de su marido Leonard (La muerte de Virginia) ayuda también a entender qué era respirar aquellos años de tensa espera pero, sobre todo, qué es lo que nos hace modernos y qué nos hace bárbaros.

Aún nos declaramos hijos de la modernidad y admitimos nuestra aversión por la crueldad. Si se trata de dotar a cualquier persona de un Yo con derechos: ahí la unanimidad mengua. Y la civilización se acaba cuando no lo hacemos, sean palestinos, emigrantes o narcoterroristas. Esta asunción, que ayer parecía tan sólida como las flores en la casa de Natalia Ginzburg, puede ser humo mañana. A principios de la Primera Guerra Mundial, Russell escribió: “Hace un mes, Europa era un pacífico grupo de naciones; si un inglés mataba a un alemán, era ahorcado por asesinato. Ahora si un inglés mata a un alemán, o si un alemán mata a un inglés, son patriotas”.

¿Hay suficientes hombres modernos hoy día para frenar la barbarie?, ¿qué significa ser un patriota?, ¿podremos mantener nuestra querida aversión a la crueldad por mucho tiempo?, ¿seremos suficientes?, ¿será tarde? Todas estas preguntas nos tienen en vilo estos días. Así como quisimos ser economistas en el 2012 y epidemiólogos durante la pandemia, ahora nos reciclamos a toda mecha en geopolítica, ¿en humanismo también?

Me temo que lo único que nos puede salvar es recordar la historia de Leonard Woolf el día que supo que defendería los derechos humanos: fue delante de un perro, curiosamente. Siendo niño, su familia le había ordenado ahogar un cachorro recién nacido en un cubo de agua. “Aquella cosa ciega y amorfa se puso a luchar desesperadamente por la vida, se debatía, agitaba el agua con las patas. De pronto vi que era un individuo, que, como yo, era un yo que experimentaba, en aquél cubo de agua, lo que yo experimentaría…Resultó que sentía y siento que era una cosa horrible, incivilizada, ahogar aquél yo en un cubo de agua”.

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