Corría el verano de 1996 y el ejército español me había llamado a filas. No quise objetar. Hoy lo haría sin ninguna duda por una cuestión de salud mental. No quería imitar al resto de compañeros del colegio que padecían de titulitis. Me bastó con acabar COU para cumplir mi formación académica, y así claudiqué ante el dicho de bon vent i barca nova.
Recalaría en el cuartel de Bétera (instrucción). Mi destino final fue el Hospital Militar de Mislata, responsabilizándome de la informática durante seis meses, día y noche, bajo las órdenes del capitán Alcusa y el brigada Picón. Les guardo muy buen recuerdo pese a estar bajo sus órdenes.
En Mislata conocí a mi primer amor, una joven ATS que realizaba las prácticas de enfermería. Aquella chica de la peca, además de estudiar, trabajaba de auxiliar en Urgencias del Hospital Virgen del Consuelo. Por aquel entonces, mi Vespa Zip me conducía a todas partes. Todos los fines de semana, a las 22:00, la calle de Callosa d'En Sarrià fue mi último destino. Solía ser más puntual que mi propio reloj Casio. Durante la espera solía charlar con los taxistas y sanitarios, no sin antes tomar algo en la cafetería El Sauce.
No comprendía cómo, disfrutando de una sanidad pública, mis paisanos acudían a las urgencias de una clínica privada. Con el cambio de siglo entendí que las compañías de salud habían dado en el clavo: las urgencias y los partos allanarían el camino para captar clientes, que no pacientes.
Con el cambio de siglo nos hicimos cómodos. Las nuevas familias pretendían atenciones, privacidad, rapidez e intimidad durante los días siguientes a la maternidad. El resultado fue la construcción de aquel flamante centro hospitalario Nou d’Octubre.
Los datos de hoy no llaman al optimismo. Con una sanidad pública troceada, la Comunidad Valenciana ha batido en 2026 el récord histórico de contratación de seguros médicos privados. Otro recibo más a la butxaca.