Las universidades públicas europeas se encuentran en un momento decisivo. Durante décadas su misión principal fue preservar y transmitir conocimiento. Hoy esa misión sigue siendo esencial, pero ya no es suficiente. La sociedad espera algo más: que el conocimiento que se genera en los laboratorios, bibliotecas y hospitales universitarios se traduzca en bienestar real para las personas.
La Universitat de València es una institución extraordinaria. Posee talento científico, capacidad docente y prestigio internacional. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es si somos una gran universidad, lo somos, sino si estamos aprovechando plenamente todo lo que somos capaces de aportar a la sociedad valenciana.
Cada año, investigadores de nuestra universidad generan hallazgos que podrían convertirse en diagnósticos médicos, terapias, tecnologías, empresas y empleo cualificado. Pero entre el descubrimiento científico y su aplicación existe todavía una distancia excesiva. Esa distancia no es científica, es organizativa, cultural y, en gran medida, institucional.
Una universidad moderna no solo publica artículos. También debe facilitar que sus investigadores puedan convertir conocimiento en soluciones. La transferencia no es una actividad secundaria ni mercantilista; es una responsabilidad social. Cuando una investigación biomédica no llega al paciente, cuando una tecnología no llega a la industria o cuando un avance no llega a la sociedad, la universidad no ha completado su misión.
El Parque Científico de la Universitat de València representa una de las herramientas más valiosas para cumplir ese objetivo. No es simplemente un espacio empresarial, es la frontera donde el conocimiento académico empieza a mejorar la vida real de las personas. Allí conviven investigadores, emprendedores y empresas que trabajan en salud, tecnología, sostenibilidad o inteligencia artificial. Ese ecosistema no debe ser periférico respecto a la universidad, debe formar parte de su núcleo estratégico.
Para lograrlo necesitamos una cultura institucional basada en tres principios. El primero es la confianza en los investigadores. Emprender desde la universidad no debe percibirse como una desviación de la actividad académica, sino como una extensión natural de la investigación. Un profesor que crea una empresa tecnológica no abandona la universidad, está cumpliendo con la función social de la ciencia.
El segundo principio es la simplificación administrativa. Muchas iniciativas innovadoras no fracasan por falta de talento, sino por exceso de complejidad y burocracia. La universidad debe ser garante de rigor, pero nunca debería convertirse en un obstáculo para la innovación responsable.
El tercer principio es la visión de largo plazo. La transferencia de conocimiento no produce resultados inmediatos, pero sí produce futuro. Las regiones europeas con mayor prosperidad económica y científica comparten una característica: tienen universidades que han entendido que formar estudiantes, investigar y transferir conocimiento son partes inseparables de una misma misión.
La próxima etapa de la Universitat de València no dependerá solo de presupuestos o infraestructuras. Dependerá, sobre todo, de liderazgo institucional y de la capacidad de integrar humanidades, ciencias sociales, ciencias experimentales y ciencias de la salud en un proyecto común orientado al impacto social del conocimiento.
En el contexto de las próximas elecciones al Rectorado, considero que este es el debate central que debemos afrontar. Desde esta convicción, manifiesto mi apoyo a la candidatura de Ángeles Solanes, porque entiendo que su proyecto incorpora de manera explícita esta visión de universidad abierta, responsable y orientada a la transferencia de conocimiento con impacto social, integrando innovación, rigor académico y compromiso público.
La universidad que necesitamos para la próxima década no es distinta de la actual en sus valores, pero sí en su forma de relacionarse con la sociedad. Debe seguir siendo crítica, independiente y humanista, pero también abierta a la innovación, al emprendimiento responsable y a la colaboración con su entorno productivo.
La universidad pública es uno de los mayores logros colectivos de nuestra sociedad. Precisamente por ello, su responsabilidad no termina en el aula ni en el laboratorio: termina cuando el conocimiento mejora la vida de las personas.
Manuel Pérez Alonso es catedrático de Genética de la Universitat de València. Fundador y director científico de Mendel's Brain