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TRIBUNA LIBRE

No se puede combatir el odio usándolo

Publicado: 14/02/2026 ·06:00
Actualizado: 14/02/2026 · 06:00
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El presidente del Gobierno de España anunció hace unos días una respetable iniciativa con la que desea proteger a los menores de 16 años de las redes sociales. A su vez, aprovechó para decir que los ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas deberían asumir responsabilidades penales por dar su visto bueno a los contenidos ilegales y de odio que publican en estas plataformas a diario. 

Teniendo en cuenta los numerosos estudios en psicología del desarrollo y la neurociencia social que, en los últimos años, han documentado la relación entre el uso intensivo de redes sociales y el aumento de ansiedad, agresividad y distorsión perceptiva, especialmente en menores, son pocos los que cuestionan una medida que aspira a preservar su salud mental.

Sin embargo, como ya nos tiene acostumbrados desde Moncloa, esta propuesta viene cargada de una total disonancia entre el discurso institucional y la práctica comunicativa cotidiana del propio Ejecutivo.

¿Cuánta coherencia o verdad tiene esta promesa de Sánchez que quiere poner coto a las redes sociales? Pues parece que ninguna ya que, desde Moncloa, a diario, se sirven de esas redes sociales a las que critican para hacer política de trinchera, de arrabal, de barro para crear un clima de animadversión. Además, lo hacen con un lenguaje impropio de quienes gobiernan un Estado. Lamentablemente, ellos no son los únicos en hacer ese uso perverso de las redes, el resto de formaciones parlamentarias juegan igual de sucio.

La coherencia de esta propuesta del gobierno tendría credibilidad, y nos convencería a todos, si prohibiese a todo su equipo el uso de las redes sociales, ya que no son más que "instrumentos que fomentan el odio", según palabras de nuestro presidente. ¿Óscar Puente o Mª Jesús Montero en X promueven las buenas relaciones, la diplomacia y evitan una dialéctica guerracivilista? ¿Se imaginan a un padre o a una madre advirtiendo a sus hijos del peligro de consumir drogas mientras él o ella está consumiendo delante de ellos?

Este tipo de conductas, a las que de manera extraña la sociedad se va acostumbrando, son muy peligrosas porque nos moldean como personas. Es muy preocupante que la mentira se presente como un "cambio de opinión", que nos repitan hasta la saciedad que estamos gobernados por una alternativa progresista: ¿cuándo el progresismo ha pactado con líderes de bandas armadas o con independentistas de derecha radical que no creen en la Constitución? Sin embargo, la sociedad calla y asume, con un pensamiento crítico que se ha echado a dormir.

Una parte importante de la conducta y la opinión social de un pueblo se forma a través de la política y los medios de comunicación. En este sentido, los políticos tienen una enorme responsabilidad, ya que modelan comportamientos y normalizan actitudes. Como advertía Bourdieu, quien controla los mecanismos de producción simbólica influye decisivamente en la manera en que una sociedad piensa y actúa. Por tanto, quien más daño está haciendo en estos momentos a la sociedad española es la clase política, orientando comportamientos nefastos y legitimando diariamente una confrontación civil que trasciende y llega a los individuos, quienes reproducen lo que ven. ¿Por qué la ética política ha quedado como un atributo ornamental al que nadie acude para legislar con ejemplaridad?

La ciencia, una vez más, explica muy bien este proceso a través de las neuronas espejo, ya que estas son las encargadas de copiar el clima emocional y hacen que sintamos lo que vemos. Son las que abren la puerta a la influencia. Es decir, cuánto peor sea la esfera pública en la que buscamos reconocimiento, peor seremos como personas.

El impacto de la palabra que decimos y de la forma en que actuamos es fundamental. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que decimos y cómo lo decimos, porque esto marca la identidad de las personas y, sobre todo, de los más pequeños, que aún están formando su juicio de valor. Por eso, es muy importante que encuentren modelos de conducta ejemplares. Cuando el espacio socio-político está dominado por la falta de ejemplaridad, la sociedad termina, por imitación, adoptando como norma lo que más se repite, no necesariamente lo que mejor la representa.

En una de las escenas icónicas de la película de Brian de Palma El precio del poder (Scarface, en su versión original), un Al Pacino histriónico, bajo los efectos de las drogas y el alcohol, recrimina el estilo de vida a los presentes de un restaurante en el que está cenando. Apenas aguantándose de pie y con un verbo incoherente, les dice: "Necesitáis a gente como yo". Muy ejemplarizante. Que tome nota toda la clase política en general de lo que significa ser ejemplar y de la innegociable alineación que debe existir entre la palabra y la acción. 

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