Opinión

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TRIBUNA LIBRE

Ochenta años de orden mundial han muerto, la Comunitat tiene cinco años para decidir qué hace

Publicado: 29/06/2026 · 08:26
Actualizado: 29/06/2026 · 08:26
  • Contenedores en el puerto de València.
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Cierra los ojos y visualiza el mundo: 8.300 millones de personas. 193 estados. Un orden mundial que se reconfigura a velocidad de vértigo. Ahora abre los ojos y mira la Comunitat Valenciana. Un puerto en Valencia que mueve más de 80 millones de toneladas al año. No es casualidad que estos datos convivan en el mismo párrafo. La conexión entre ambas realidades no es solo marítima. La Comunitat Valenciana no es un espectador del tablero geopolítico global: es uno de sus jugadores. Y los jugadores que no conocen las reglas del nuevo juego, pierden.

Que el tablero haya cambiado no es una situación coyuntural. Es una evidencia estructural. Para un territorio con vocación exportadora, con el cuarto puerto de Europa por volumen de contenedores, con turismo en crecimiento sostenido, sólida base industrial y un ecosistema de startups con proyección internacional, lo que pasa ahí fuera no es ruido de fondo. Es el escenario en el que se juega el partido.

El contexto que nos resitúa

En 1945, cuando se diseñó el mundo que hemos conocido —Bretton Woods, el FMI, el Banco Mundial, las Naciones Unidas—, el planeta tenía 2.300 millones de habitantes. Hoy somos 8.300 millones. El Consejo de Seguridad de la ONU lo siguen dominando los mismos cinco países que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Un mapa dibujado hace ochenta años con reglas pensadas para un mundo que ha girado 180 grados. Algunas zonas han mutado. El problema no es solo que el mapa sea viejo. Es que seguimos intentando gobernar el siglo XXI con las instituciones y el reparto de poder del siglo XX.

El pistoletazo de salida: Ucrania

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 no fue solo el inicio de una interminable guerra. Fue la señal de salida de una nueva era geopolítica. Putin llevaba avisando desde 2014 (agresión armada de Crimea) y no supimos escuchar. Con ese conflicto, el tablero diplomático que había garantizado ocho décadas de relativa estabilidad saltó por los aires. El Consejo de Seguridad, bloqueado por el veto ruso, no pudo hacer nada. La diplomacia, marginada. Las normas, ignoradas. Los daños colaterales ya los conocemos: cadenas de suministro rotas, rutas marítimas alteradas, precios de la energía disparados y comercio global temblando.

Cuatro fracturas que lo explican todo

La primera es tecnológica. La revolución digital, el big data y la inteligencia artificial han acelerado la historia a un ritmo sin precedentes. La velocidad a la que se mueven la información, el capital y la influencia ha dejado obsoletos los mecanismos de regulación y gobernanza internacional.

La segunda es demográfica. El mundo no solo ha crecido: ha cambiado de centro de gravedad. Se estima que África tendrá 2.500 millones de personas en 2050. Asia ya concentra más de la mitad de la población mundial. Las necesidades, los mercados y los flujos migratorios responden a esa nueva geografía humana. Las instituciones internacionales, no.

La tercera es el anacronismo del reparto de poder. Francia tiene veto en el Consejo de Seguridad como potencia que ganó la Segunda Guerra Mundial. La India —1.400 millones de habitantes, bomba atómica, quinta economía del planeta— no tiene silla propia. Latinoamérica y África dependen de representación compartida en el Banco Mundial. Esto no es geopolítica del siglo XXI. Es un museo arqueológico institucional.

La cuarta es cultural. En 1948, cuando se aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Asamblea General tenía 58 miembros, culturalmente bastante homogéneos. Hoy son 193, con marcos conceptuales profundamente distintos sobre el individuo, la comunidad, el papel de la mujer o los valores democráticos. China ha adoptado el capitalismo industrial sin asumir el liberalismo político. El consenso que existía en 1948 sería hoy literalmente imposible de repetir.

Trump no es el virus, pero sí el síntoma

La llegada de Trump a la Casa Blanca no creó el caos: lo aceleró. Su política del "América primero" tuvo una lógica comprensible para el votante estadounidense, pero una proyección internacional desastrosa. Cuando comparó despectivamente a España con un país BRICS, evidenció una visión del mundo anclada en los años noventa. Mientras unos miran el mundo a vista de dron, Trump manejaba un sextante náutico.

Te cuento. Los BRICS —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia— agrupan ya más del 45% del PIB mundial medido en poder adquisitivo, una proporción mayor de población global que el G7 y el control mayoritario —directo e indirecto— de las materias primas críticas: las tierras raras, sin las que no hay semiconductores, ni baterías, ni transición energética posible. La ironía es que los BRICS son, hoy, el lado de la balanza que crece. Pretender negociar con ellos desde la superioridad moral del siglo pasado no es estrategia. Es nostalgia o un tiro al pie según el día y el conflicto.

La Comunitat Valenciana en el epicentro

Podría parecer que todo esto es asunto de jefes de Estado y ministros. No lo es. Hablamos de empresas exportadoras que necesitan saber qué mercados van a crecer. De operadores logísticos que mueven mercancía por el Mediterráneo. De universidades que forman talento para un mercado global radicalmente distinto al de hace veinte años. De startups que buscan inversión más allá de Europa.

La Comunitat Valenciana exportó más de 37.000 millones de euros em 2025. Su puerto es el primero de contenedores del Mediterráneo occidental y conecta el arco mediterráneo con Asia, América y África. Cada fractura en las rutas del mar Rojo, cada tensión en el estrecho de Ormuz, cada renegociación arancelaria entre Washington y Pekín llega antes a los muelles de Valencia que a los despachos de muchos ministerios. Cerámica, calzado, agroalimentario, automoción, mueble: exportamos, y por tanto dependemos. Depender en un mundo tan volátil sin estrategia propia es una forma sofisticada e inocente —o no— de ser vulnerable.

Tres oportunidades concretas para actuar ya

El nuevo orden mundial no es una amenaza abstracta. En los mapas que cambian hay rutas nuevas, mercados emergentes y oportunidades que solo aprovechan quienes leen e interpretan el territorio antes que los demás.

La primera: el Corredor Mediterráneo completamente operativo y suelo industrial disponible para atraer inversión productiva real. La segunda: una transición verde y digital con estrategia pública y empresarial coordinada, no como eslogan, sino como hoja de ruta ejecutable. La tercera: diversificación de mercados con acuerdos bilaterales, misiones comerciales con continuidad y empresas con músculo real para internacionalizarse.

El dominio occidental ha terminado. Europa busca todavía su sitio. La Comunitat Valenciana tiene todos los activos para encontrar el suyo en un tablero más amplio, más complejo y, bien jugado, más lleno de posibilidades que nunca. Pero no juegas tú solo y el tiempo no es infinito. Cinco años, quizás menos.

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