Hoy al volver del parque, bajo los balcones que dan a la Rosaleda, una desconocida en chándal que se acercaba a nosotros me ha llamado por mi nombre: era la vecina a la que Amazon entregó mi último pedido. ¿Quieres que te lo dé ahora? Sorprendida, la he seguido hasta su portal. Me ha insistido en que tenía tiempo (este absurdo pudor nuestro por el tiempo de la gente parece muy siglo XXI; nos inquieta más robarle diez minutos a un desconocido que rozarle una pierna). Se llama María. Yo había dado por perdido mi envío, sólo tenía una foto del paquete a pie de una puerta desconocida. Pero ella preguntó a la peluquera de la esquina, de la que ambas somos clientas, y fue ésta quien habló de mí y aseguró que sí, que me dedicaba a la psicología (el paquete traía un libro de psicoanálisis). Todo encajaba, me sonríe esta María que ha salido del anonimato y pierde quince minutos de su mañana dominguera para mí.
El libro se me duplica porque ya he pedido uno nuevo. Así que se lo ofrezco a ella, puede quedárselo, pero lo rechaza. El mundo es más dulce de lo que anuncian los noticieros, aprendo. Y no sé por qué hace falta tanto esfuerzo para darse cuenta de ello.
A menudo se nos olvida iluminar ciertas zonas de sombra, sobre todo cuando los telediarios sangran. Este año parece que vamos a echar de menos lo malo que fue 2025, porque vamos a peor. Sin embargo, no queda otra que darle relieve a las historias invisibles, las de la buena gente. Personas que se están abrasando por dentro pero deciden no abrasar al vecino, por ejemplo. Las hay por todas partes. Desde hace meses acudo a un grupo de apoyo de cuidadoras no profesionales y salgo vitaminada. Luminosa. Mujeres ajadas, fuertes como troncos, y que se ríen de su propia sombra. Cuidan a gente frágil y su gobierno las valida con cursos, apoyo psicológico y prestaciones. Desde la temprana juventud, han estado a cargo de abuelas, suegras, madres, hijos o enfermos mentales, ¿no es hermoso un mundo en el que se las saca del anonimato y se las mima?
Me resisto a la idea de que el mundo no tenga remedio: hay que poner de relieve nuestra genuina naturaleza. Bondad de guerrilla, la llaman algunos. En la Dana de Valencia vimos a este tipo de bondad por todas partes, un auténtico ejército que no se ha borrado del mapa. En aquellos meses se aglutinaron en los pueblos de L´Horta Sud con una escoba y unas botas de agua. Salían de los cuatro confines del país, ¿acaso se han esfumado de nuestras vidas?
Están entre nosotros. Somos nosotros. Pero nadie habla de lo que podemos hacer, ¿por qué?, ¿quizá porque hablar de miedo es pasarse al lado de la seguridad?, ¿dejar de lado la libertad?
El mundo no se sostiene en pie por los que salen en los telediarios, sino por otro tipo de sensibilidades. Personas que advierten la fragilidad del otro y no sacan rédito de ella. Pasa cada día. Que pueden no saber tu nombre pero sostenerte una puerta abierta, frenar para que cruces, recogerte un paquete. En la pandemia, quienes hacíamos trabajos de sostén éramos llamados los Esenciales. No era una forma de cortesía, era algo más: una especie de tregua ante la indiferencia que nos asedia. Una resistencia a perder la mirada amorosa del otro, el distinto a nosotros. En un país como el nuestro, con una de las cotas de criminalidad más bajas del planeta, estamos a la cabeza en consumo de alarmas domésticas, ¿cuándo empezó todo esta atmósfera de amenaza?, ¿a quién le interesa sostener el show?
Lo revolucionario es hablar de la red de cuidados que nos sostiene cada día. Hablar del amor, por tanto. Contar este tipo de historias. Y atender también al prodigio de que pase el tiempo y nos regale un nuevo mes de marzo. Hay una luz muy dulce en el parque a las ocho, luz nueva, la que nos lavará los ojos hasta el nuevo invierno. Bajo con la perra y cada vez me sobra más pronto el foulard y el gorro, de los guantes ni me acuerdo. Los árboles se dejan tocar y se encienden como si fueran eléctricos, hay una sensualidad muy obvia entre el sol que nos ilumina como un foco y nosotros. Es una luz que la emprende con todo, animales y plantas, incluso un polvo dorado que se queda suspendido en medio y parece un ladrón cazado, algo que no debería estar a la vista.
De vuelta a casa, nutro mis plantas del salón y la cocina y me detengo a felicitar al mayor de mis potos. Se ha puesto grande, portentoso. Lo he bautizado Donald Trump por su ansia expansionista: languidecía en su maceta pequeña y lo trasplanté a la que él exigía. Ahora está dejando de echar hojas amarillas y me da las gracias, yo lo bajo de la estantería con esfuerzo pero me digo que merece la pena, cae con elegancia hasta el suelo. Cuando me aúpo en el reposapiés para devolverlo a su sitio, temo darme un resbalón que acabe con los dos, pero me digo que lo merece. Le hablo. Me habla. Somos un equipo. Sé que su clorofila está de fiesta gracias a mi audacia y mi mirada atenta. Convertir al fascista americano en una simple planta me sirve de momento para encapsular la angustia, pero pronto puede que nos veamos saltar de lo doméstico a lo fáctico, de lo analizable a lo inconmensurable; deberíamos estar muy fuertes para entonces. Darnos una buena dieta de amor y cuidados.
El mundo se ha puesto inconmensurable, pero aún podemos reparar las grietas, inyectar ternura en las juntas. Cuidado. En la epidemia de odio que sufrimos, lo revolucionario es ser tierno. Ternura Punk (el concepto es de Fernando Ulloa, un psicoanalista que situaba la ternura como un límite a la ferocidad). Rebelarse contra los que necesitan perpetuar la crueldad como forma de control social. Los que nos quieren bestias. En el colegio, la calle, el trabajo, el sistema. Nivelar el ruido del odio y achicarlo hablando de lo que siempre movió nuestras fibras.