Tras la lectura de un libro-ensayo del filósofo Víctor Gómez Pin, sobre los mundos de las singularidades e identidades, un flujo de pensamiento me ha llevado a este Mediterráneo donde no muchas veces no nos dejan ser quienes somos y tratan por todos los medios de cortar alas si no somos políticamente correctos o no andamos por las veredas que otros, con tozudez, desean marcarnos.
Hay una tentación que acompaña a las sociedades modernas: clasificar al ser humano antes de conocerlo. Nacional, extranjero, residente, inmigrante, joven, jubilado, trabajador, consumidor, contribuyente, creyente… La lista podría prolongarse indefinidamente. Necesitamos categorías para organizar la sociedad, ciertamente, pero ninguna categoría consigue explicar por entero a una persona. El ser humano concreto, el que posee un nombre, una biografía, unas capacidades, unos afectos, heridas, memoria y una manera particular de mirar al mundo, también cuenta.
Esta convicción acerca de la radical singularidad del ser humano debería encontrarse en los cimientos de cualquier sociedad verdaderamente civilizada. Quien contempla la historia de estas tierras levantinas descubre inmediatamente que no han sido construidas desde una única cultura. El Mediterráneo ha funcionado durante siglos como camino, frontera, mercado, lugar de enfrentamiento y extraordinario espacio de encuentro. Fenicios, griegos, romanos, germánicos, musulmanes, judíos y cristianos han transitado, habitado o dejado su influencia en estas tierras. Cada época fue depositando una capa sobre la anterior.
Para convivir con un lugar hay que aprender también a respetarlo: integrarse no debería significar renunciar a la propia singularidad, pero tampoco vivir de espaldas a la cultura del lugar que nos recibe"
La identidad, la singularidad de cada uno de nosotros, por tanto, no necesariamente se debilita cuando entra en contacto con otras identidades, vengan de donde vengan. Pueden enriquecerse ambas. Pero existe una condición indispensable: para convivir con un lugar hay que aprender también a respetarlo. Quien llega a una ciudad no llega a un espacio vacío. Antes que nosotros hubo otros. Existen costumbres, recuerdos, maneras de vivir y un patrimonio común que merece ser conocido. Integrarse no debería significar renunciar a la propia singularidad, pero tampoco vivir de espaldas a la cultura del lugar que nos recibe.
Hanna Arendt concedería una importancia extraordinaria a una realidad que nuestras sociedades burocratizadas que olvidan con facilidad: cada nacimiento introduce una novedad en el mundo. Ello parece una afirmación elemental, pero sus consecuencias son enormes. Significa que el ser humano no es únicamente un ejemplar más de una especie ni una unidad intercambiable dentro de una maquinaria social, así, temperamento, inteligencia, sensibilidad, formas de crear o manera de querer.
La globalización ha producido oportunidades extraordinarias. Nunca había sido tan sencillo conocer otras culturas, estudiar lejos de nuestra ciudad, conversar con alguien situado a miles de kilómetros o acceder a conocimientos procedentes de prácticamente cualquier lugar del planeta.
Existe además un lugar privilegiado donde aprendemos –o deberíamos aprender– esta verdad: la familia. Una familia está repleta de singularidades. Resulta fascinante cómo dos hermanos, criados bajo el mismo techo, educados por los mismos padres y viviendo experiencias semejantes, pueden ser profundamente diferentes. Aquí empieza una de las grandes lecturas de la existencia: querer a alguien no consiste en conseguir que se parezca a nosotros.
También en una ciudad debería comprenderse de esta manera. Las grandes ciudades no son aquellas que poseen edificios más altos, son aquellas que consiguen que personas diferentes encuentren un lugar donde desarrollar dignamente aquello que llevan dentro. La imagen del mosaico mediterráneo resulta especialmente apropiada. Un mosaico posee belleza porque sus piezas son diferentes. Cada una ocupa un espacio determinado. Si pretendiésemos conseguir la perfección haciendo todas las piezas idénticas, destruiríamos el dibujo.
Cada persona lleva inserto un tesoro y ello no se lo podemos arrebatar. Ahí tenemos la canción de Melendi, Tu jardín con enanitos, que lo dice todo. Quizá haya llegado el momento de recuperar una idea aparentemente sencilla pero intelectualmente revolucionaria: ningún ser humano es una pieza de recambio. La familia puede educarnos, pero no debería fabricarnos en serie, ya que una sociedad verdaderamente grande no es aquella que consigue que todos sean iguales en su manera de pensar y vivir. Es aquella que, manteniendo unas reglas comunes y una dignidad compartida, permite que florezca lo mejor de cada uno.
La socióloga Mary Eberstadt lo deja claro en su libro Gritos primigenis cuando argumenta que la relativa estabilidad familiar de ayer era capaz de responder a muchas cuestiones que están en el corazón de la política identitaria. El ¿quién soy yo?, de una manera que muchos hombres, mujeres y niños ya no son hoy día capaces de responder.
A pesar de los pesares, hoy día la familia, para los gobiernos regionales, su importancia sigue estando en “mangas de escapularios”. Que sepamos, es posible sea la última identidad en la que se fijan con esmero.
Mariano Galián Tudela
Presidente del partido nacional Valores en la Región de Murcia