Hay dos errores que podemos cometer con el turismo. El primero es dejarlo crecer sin orden, sin control y sin pensar en sus consecuencias sobre la vida de los vecinos. El segundo, demonizar una actividad fundamental para nuestra economía y mirar al turista como si fuera el enemigo. En Valencia hemos elegido otro camino: gestionarlo.
Ayer domingo celebramos el Día Mundial del Turismo. Tenemos una buena oportunidad para hablar sin complejos de una actividad que genera empleo, riqueza y oportunidades, pero que también exige planificación, límites y responsabilidad.
Nuestro objetivo no es tener más turistas. Es tener un turismo mejor. Y los primeros resultados apuntan precisamente en esa dirección: mantener los niveles de ocupación, alargar la estancia, aumentar el gasto del visitante – en el último año hemos reducido en 10 puntos el peso del turista de bajo gasto y aumentado en 14 puntos el del turista que gasta más de 250 euros al día- y avanzar hacia un turismo de mayor valor.
¿El secreto? Poner orden.
Durante años, el crecimiento de los apartamentos turísticos ilegales planteó problemas de convivencia y dificultó el control de una parte de la oferta. Frente a ello, Valencia ha establecido una moratoria, ha reforzado la inspección y ha impulsado una nueva regulación. Desde la aprobación de la moratoria, los datos municipales reflejan una reducción del 14% de las viviendas de uso turístico ilegales.
Porque poner orden significa también cambiar el tipo de camas que ofrece nuestra ciudad: reducimos la oferta ilegal y de bajo coste mientras facilitamos y concedemos licencias a nuevos establecimientos hoteleros de calidad y alto valor añadido. No queremos más camas, queremos mejores camas. Estamos sustituyendo un modelo basado en la cantidad y el descontrol por otro que apuesta por la calidad, la legalidad y el valor añadido.
Regular no significa estar contra el turismo. Todo lo contrario. Significa protegerlo de sus propios excesos. Y significa también proteger al vecino. Porque una ciudad que alberga un destino turístico nunca puede dejar de ser, ante todo, una ciudad para vivir.
Ese principio inspira el Plan Estratégico de Turismo 2025-2028: hacer del turismo una herramienta al servicio del progreso de Valencia, compatible con la calidad de vida de quienes vivimos aquí y basada en la sostenibilidad económica, social y ambiental.
Pero poner orden es solo una parte del cambio. La otra consiste en preguntarnos qué Valencia queremos enseñar al mundo.
No queremos que nos elijan únicamente por el sol y la playa. Queremos que quien venga descubra lo que somos: una ciudad con más de dos mil años de historia, arquitectura de vanguardia, gastronomía, cultura, música, comercio, deporte, naturaleza, huerta, Albufera, Mediterráneo y una forma de vivir que constituye probablemente nuestro mayor patrimonio. Nuestra identidad es nuestra mejor propuesta de valor.
Y aquí aparece un debate que conviene afrontar sin prejuicios. Hay discursos que presentan el turismo casi exclusivamente como un problema. Lo responsable es reconocer sus efectos negativos cuando aparecen y actuar para corregirlos, sin olvidar todo lo que esta actividad aporta a miles de familias valencianas.
Detrás del turismo está el camarero que abre su restaurante cada mañana, el comercio de barrio, el taxista, el alojamiento, el guía turístico, la empresa cultural, el mercado, el proveedor, el autónomo y miles de trabajadores que viven directa o indirectamente de quienes nos visitan.
Por eso la discusión no debería ser turismo sí o turismo no. Ese debate pertenece al pasado. La pregunta es qué turismo queremos.
Nosotros apostamos por un visitante que permanezca más tiempo, genere mayor valor, conozca nuestra cultura, consuma en nuestros comercios, disfrute de nuestra gastronomía y respete la ciudad que le recibe.
Queremos que el impacto económico de 4.250 millones de € que genera cada año revierta sobre nuestros barrios: mejores servicios, más empleo – actualmente hablamos de 32.200 empleos directos a tiempo completo-, más actividad económica, más oferta cultural y una ciudad cada vez mejor cuidada.
Tampoco podemos caer en la autocomplacencia. El turismo exige vigilancia permanente. Hay que perseguir la oferta ilegal, actuar contra las conductas incívicas, evitar la concentración excesiva en determinados barrios y utilizar los datos para anticiparnos a los problemas antes de que sean irreversibles. Eso es gestionar.
Valencia ha entendido a tiempo que no se trata de batir récords de visitantes. No queremos crecer por crecer. Queremos crecer en valor.
Y quizá esa sea la mejor reflexión para este Día Mundial del Turismo. Valencia no tiene que elegir entre ser una buena ciudad para vivir y una gran ciudad para visitar. Nuestro reto es conseguir las dos cosas.
Porque cuidar al vecino y recibir bien a quien nos visita no son objetivos incompatibles. Cuando existe planificación, control y una estrategia clara, pueden formar parte del mismo modelo de ciudad.
Ni turismo sin límites, ni turismofobia. Turismo responsable, ordenado y de calidad. Turismo que genere oportunidades, que respete y mejore nuestra forma de vida. En definitiva, un turismo a la altura de Valencia.