La historia venía de lejos. Cerca de treinta años habían transcurrido desde que aquella oficina pública había decidido iniciar un programa de formación de jóvenes titulados universitarios que buscaran practicar y perfeccionar su profesión en un entorno serio, alejado de los usos espurios del becario como mano de obra barata. En esta oficina la selección de los becarios siempre se había caracterizado por su prolijidad e imparcialidad. Nada que ver con otros actores de la Administración que aceptaban recomendaciones para que los retoños de ciertas familias privilegiadas pudieran mejorar su conocimiento de idiomas accediendo a las becas para prácticas en las delegaciones comerciales que el sector público mantenía en otros países.
No era éste el caso, ni mucho menos, de nuestra oficina. La convocatoria se publicaba en el Diario Oficial, se analizaba con un cuidadoso baremo el currículum de los interesados y les entrevistaba un tribunal que unía conocimiento y experiencia. Pese a que todo había funcionado bien, o eso parecía a ojos de los responsables del programa, en una fecha que permanecería candente en sus mentes se tuvo noticia de que los becarios habían mantenido una reunión para la que no habían solicitado autorización y de la que se desconocía el orden del día, justificación, en su caso, de la urgencia y repercusiones derivadas del abandono del trabajo.
El director general de la oficina, denominada Dirección General de Asuntos Trascendentes, Estructurales y Estratégicos, fue informado de aquella reunión y de la sucesión de irregularidades que de ella se desprendían; no en balde socavaba el orden jerárquico de toda administración pública y burlaba la autoridad de quienes la dirigían y gestionaban. De otra parte, cabía inferir la presencia de premeditación y alevosía, visto que el abandono del trabajo había coincidido con la hora en la que el director general y sus más directos subordinados sustanciaban el modesto refrigerio de media mañana, también conocido en el dialecto vernáculo como “esmorçaret”.
Seis eran los becarios. Pablo, el becario más veterano, -estaba en el tercer y último año de la beca, tras las consiguientes renovaciones ajustadas a su dedicación y obediencia-, era ingeniero agrónomo. Su trabajo exigía una acusada precisión, ya que cada día medía el grado de humedad existente en las plantas decorativas que conferían belleza a la oficina y demostraban la identificación de la dirección general con la “Green Revolution”, tal como afirmaba enfáticamente su titular.
Ana, la segunda becaria, con dos años de antigüedad formalmente reconocida, era titular de un master en Zoología de las Aves. Su cometido también se encontraba sembrado de responsabilidad. Era la encargada de contar el número de cotorras exóticas que volaban en torno a la oficina. Apostada en la terraza de ésta, censaba cada día su número y concretaba las variaciones poblacionales causadas por el nacimiento de polluelos, además de identificar los nuevos nidos.
Luz y Arquímedes desempeñaban su trabajo en equipo, hecho que en más de una ocasión había alabado el director general como exponente de modernidad administrativa. Luz, informática especializada en “big data” por el MIT estadounidense, -algo que también derretía al director cuando lo publicitaba-, se conectaba cada día con el servidor de la oficina y, de este modo, discretamente, accedía a los ordenadores del personal. Su labor consistía en contar el número de ordenadores encendidos, así como determinar cuántos permanecían en dicho estado sin uso activo. A su lado, Arquímedes, aspirante a doctorando de física cuántica, trasladaba a una tabla Excel los datos comunicados por Luz, calculando cuánta electricidad equivalente se estaba desperdiciando por la perniciosa costumbre de mantener encendido el ordenador sin que el trabajo lo justificara. Con esta información el director general, más inflado que un pavo real, había exhibido ante sus superiores la creación por su oficina de una herramienta para la detección de ineficiencias y derroches eléctricos.
Los dos becarios restantes se encargaban, finalmente, de elaborar informes semanales que recogían los datos acumulados por sus compañeros, con profusión de tablas, gráficos y texto de cuidadoso estilo administrativo. Su calidad debía ser extraordinaria porque jamás habían recibido observaciones, sugerencias ni críticas. Para ser más exactos, nunca habían recibido nada. Ni ellos, ni el resto de sus compañeros.
El director llamó a su mano derecha para obtener más información sobre la rebelión becaria.
- Pardiez, Riupérez, póngame al día sobre este inusitado, imprevisible y, por ello, extraordinario acaecimiento.
- Señor directos, por lo que he deducido de las crípticas y escasas palabras que se han dignado pronunciar, el origen de su subversiva acción tiene que ver con el trabajo que desempeñan.
- Vamos a ver: ¿les parece excesiva la tarea, les semeja desequilibrada respecto a los haberes mensuales que perciben, les provoca rechazo algún atributo de sus puestos de trabajo?
- En verdad, -respondió Ruipérez-, lo que les aqueja es más existencial: afirman a pies juntillas que su trabajo no sirve para nada y que, como diría un tal Bartleby, preferirían no hacerlo. Y perdone, señor director que emplee este vocabulario tan directo como insolente. Le aseguro que hacerlo me causa tribulación, congoja y reacciones gástricas dolorosas. Conociendo la rectitud y demás valores que le caracterizan, no me quiero imaginar cuál será su congoja. Por natural empatía, me pongo a su servicio para sufrir en comandita si así le parece necesario u oportuno.
- Antes de iniciar una sana flagelación mutua, atendamos a los detalles, replicó el director. ¿Por qué no sirve para nada su trabajo, si cada una de las labores señaladas dispone de un objetivo preciso, avalado por décadas de existencia e ininterrumpido ejercicio, aplicado entusiásticamente por decenas de antecesores?
- No estoy del todo seguro, amado director, pero uno de ellos ha dicho algo así como que son tareas banales que cualquier IA realizaría en un santiamén.
- Así sea. Pero ¿qué es eso de la IA?, ¿no habrá dicho “ay”, empleando una interjección quejosa y/o dolorida?
El director frunció el cejo y se atusó el bigote mientras entraba en una profunda reflexión.
- Cualquiera de las opciones posibles me resulta plausible, señor director, afirmó su colaborador. Usted, con su superior criterio, decidirá la que estime más adecuada.
- Mire, Ruipérez: haga lo que sea, pero que Hacienda no se entere de esto. Sería una catástrofe ante la elaboración del nuevo presupuesto. Y pregunte qué o quién es ese Bartleby y lo de la IA. Estos chicos, desde que estudian inglés, creen que pueden enterrarnos en la inopia.
Apreciado lector, el anterior texto no es más que una ocurrencia y su parecido con la realidad es (o no) meramente casual. En diferentes destinos profesionales he conocido a becarios escogidos por las administraciones públicas. He advertido que, en general, desde el primer momento de su incorporación, se mostraban ilusionados y anhelantes de novedades que revelaran las intimidades de sus respectivas carreras, confiados en que ser becario les proporcionaría una hermosa experiencia. Suponían que existiría un programa de trabajo preestablecido que les conduciría, cada equis días, a una nueva habitación del saber, a una nueva ligazón entre sus saberes teóricas y su aplicabilidad a fenómenos concretos. Esperaban descubrir el funcionamiento de las administraciones públicas, lo que añadía una pizca de misterio y aventura a sus expectativas. Pensaban que otearían el proceso de creación de las políticas y el elevado contenido argumental que avalaban las decisiones administrativas. Un conjunto de aspiraciones y expectativas que, a menudo, he visto frustrarse.
No dudo de que entre los responsables de las administraciones públicas se encuentran quienes se toman en serio el ejercicio de una tutoría bien diseñada y provechosa para el becario; pero me causa grima la indiferencia con que otros acogen al becario y su escaso interés en que éste progrese profesionalmente mientras permanece en la Administración. No resulta casual que se le asignen tareas tediosas y repetitivas ni que se les utilice para la realización de trabajos alejados de sus capacidades. O que su presencia sirva para cubrir huecos que corresponderían a personal fijo.
Las consecuencias son bien ingratas. La frustración del becario. Su desapego del trabajo encomendado. La fútil relación entre éste y sus conocimientos. La lejanía entre el becario y su teórico mentor. La percepción, en casos particulares, de la mediocridad e inercia reinantes en su entorno. La formación, en esa mente joven, de una imagen negativa de las administraciones. ¿Cuántas veces esas percepciones conducen al becario formado, con talento e iniciativa, a descartar, como resultaría deseable, su futura incorporación al empleo público?
La prueba del éxito o fracaso de los programas de becarios puede que sólo necesite responder a tres preguntas: ¿qué sabe cuando concluye la beca, que no supiera con anterioridad?; ¿en qué medida el nuevo saber corresponde a una altura profesional coherente con sus expectativas y capacidades?; ¿cuánto tiempo dedica su tutor a fijarle nuevos objetivos y chequear su estado de ánimo?