La inteligencia artificial pone a prueba la carrera profesional

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  • Daniel Martínez Gamote, Socio de Consultoría en Estrategia e Innovación de Crowe Spain
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VALÈNCIA. Cuando una persona se incorpora a una empresa, suele empezar por tareas concretas: comprobar un pedido, actualizar una previsión, revisar una incidencia, preparar información o responder a una consulta. Son trabajos que ayudan a entender cómo funciona el negocio, dónde suelen aparecer los problemas y qué consecuencias tiene resolverlos de una manera u otra. Ahí empieza a formarse algo que ninguna herramienta puede entregar hecho: el criterio para tomar buenas decisiones.

La inteligencia artificial generativa ya puede encargarse de parte de esas tareas. Resume información, prepara borradores, clasifica consultas y propone análisis o respuestas. La mejora de productividad puede ser significativa. La cuestión para quienes dirigen una empresa es qué se gana y qué se puede perder si se automatiza precisamente el trabajo con el que muchas personas aprendían el oficio.

No se trata de dar por hecho que la IA vaya a eliminar empleo de forma generalizada. La OIT estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo tiene una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero considera más probable que los empleos se transformen a que desaparezcan. Las ocupaciones administrativas presentan la mayor exposición, y también ha aumentado la de algunos trabajos profesionales y técnicos muy digitalizados.

El impacto, además, puede ser distinto para quienes están empezando. Un estudio de la Universidad de Stanford concluyó que el empleo de personas de 22 a 25 años en ocupaciones muy expuestas a la IA evolucionó peor que el de aquellos en trabajos menos expuestos. La diferencia se concentraba en trabajos donde la IA sustituye tareas humanas, pero no cuando la IA complementaba dichas tareas. Este estudio traslada una señal útil para las empresas: si se reducen las oportunidades de entrada, quienes aún no han acumulado experiencia pueden verse afectados antes.

La adopción de la IA ya tiene suficiente alcance como para que esta cuestión forme parte de las decisiones de negocio. Según el INE, el 21,1% de las empresas españolas de diez o más empleados utilizaba IA en el primer trimestre de 2025. Cada empresa decidirá cómo aplicar estas herramientas, pero conviene distinguir entre automatizar una tarea y eliminar la oportunidad de aprendizaje que esa tarea ofrecía.

Esa distinción se nota en el trabajo diario. Una herramienta puede señalar una desviación, resumir una reclamación o proponer una previsión. La persona que empieza necesita aprender a comprobar el resultado, entender qué significa, identificar qué información falta y saber cuándo pedir ayuda o actuar. Si la respuesta de la IA parece convincente, la supervisión importa más, no menos.

En muchas empresas, buena parte de la formación sucede mientras se trabaja: alguien explica cómo resolver un problema, por qué se tomó una decisión o qué consecuencias tuvo un error. Si la tecnología acelera la producción de resultados, puede quedar menos tiempo para esas revisiones. Uno de los efectos que está empezando a producir la adopción de la IA es, de hecho, que el cuello de botella en ciertas actividades se está trasladando de la ejecución a la supervisión y validación, precisamente allí donde contar con criterio profesional es más relevante. Y más caro.

La IA puede liberar tiempo y ayudar a que las personas asuman antes tareas de más valor. Pero para que eso ocurra, necesitan contexto, apoyo y oportunidades para desarrollar criterio propio. Si las empresas automatizan el primer escalón sin construir vías para aprender el trabajo, pueden ganar eficiencia hoy y encontrarse mañana con menos profesionales preparados para asumir decisiones y responsabilidades. La tecnología cambiará cómo empiezan muchas carreras; cómo continúan dependerá también de cómo se organice el trabajo.

Daniel Martínez Gamote, Socio de Consultoría en Estrategia e Innovación de Crowe Spain

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