VALÈNCIA. Ingeniero agrónomo, fundador y presidente ejecutivo de Grupotec, acaba de recibir el Premio COIAL al Referente Profesional 2026. Casi cuatro décadas después de empezar en la mesa camilla de su casa, preside una ingeniería en la que trabajan más de 700 personas y que acredita 306 millones de euros de facturación sin haber perdido lo que, a su juicio, lo explica todo: la ilusión compartida, la confianza en su gente y el gusto por el camino
Hay personas a las que el éxito se les nota en el gesto y otras a las que solo se les nota en el balance. Olallo Villoldo Bellón (El Bonillo, Albacete, 1961) pertenece a la segunda especie. Habla sin prisa, sin afán de impresionar, con la serenidad de quien tiene los deberes hechos pero no da nada por sentado. Lo confiesa de entrada: nunca le gustaron los premios. Y, sin embargo, el que recibió el pasado jueves 22 de octubre lo ha vivido de otra manera. El Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante (COIAL) le reconoce como Referente Profesional 2026, y eso, admite, cambia las cosas. «Es un reconocimiento que llega de compañeros de carrera, de compañeros de profesión y de amigos. Lo he recibido con mucha ilusión y con mucho cariño».
De la mesa camilla al edificio Ikon
Hijo de agricultor y de una madre que regentaba una tienda en el pueblo, dejó El Bonillo con trece años para estudiar el bachillerato en València. Después vino la Escuela de Ingenieros Agrónomos de la Universitat Politècnica de València, donde se tituló en 1987. Empezó a ejercer por libre y en condiciones muy modestas —él mismo lo ha contado alguna vez: sobre la mesa camilla de su casa—, y en 1989 abrió un pequeño despacho de servicios de ingeniería orientado a la industria agroalimentaria. Aquella oficina, que llegó a reunir a una veintena de personas, fue el embrión de Grupotec, constituida en 1997.
El salto desde entonces cuesta de abarcar. El grupo cerró 2025 con 306 millones de euros de cifra de negocio, ha construido más de 2,7 GW de plantas fotovoltaicas en cuatro continentes —la mayor, de 125 MW, en Trinidad y Tobago—, se organiza en tres divisiones (Renovables, Ingeniería y Edificación y Real Estate), tiene oficinas en Madrid, Sevilla, Murcia y Londres y acaba de estrenar sede en el edificio Ikon de València.
¿Se imaginaba algo así cuando trabajaba en aquella mesa camilla? «Ni de coña», responde sin pensárselo. «Lo que sí tenía claro era lo que no me gustaba. No quería ser un ingeniero que se dedicara solo a hacer proyectos. Lo que me ilusionaba era el proyecto empresarial, un proyecto ambicioso y compartido». Y añade: «No me gustaba el enfoque que tenían las ingenierías. Quería darle a esto un enfoque más profesional, más humanista, donde las personas estuvieran en la base».
«La ingeniería iba de personas»
Preguntado por el secreto de su trayectoria, Villoldo se resiste a la fórmula mágica. «No hay un secreto único, hay un conjunto de cosas». Pero hay una idea que aparece siempre, y la repite con la convicción de quien la ha comprobado durante décadas: «Grupotec empezó a fraguarse en el momento en que entendí que la ingeniería no iba de hacer integrales dobles ni cosas muy complicadas, sino de personas». No como eslogan, matiza, sino «de verdad, con convencimiento».
De esa intuición nació la decisión que la propia compañía considera la más relevante de su historia. Al constituir Grupotec en 1997, Villoldo incorporó al accionariado a sus primeros directivos. «Concebimos Grupotec como un proyecto abierto. No era solo mi ilusión ni el proyecto de mi vida, sino el de un conjunto de gente que se ha ido sumando como socios y como directivos». Lo justifica con dos argumentos que tienen tanto de gestión como de sabiduría vital: «Una ilusión compartida es el doble de ilusión». Y el segundo: «En los momentos difíciles nunca te has sentido solo, sino arropado por un conjunto».
Quienes han trabajado con él describen esa filosofía en términos muy concretos: el profesional que está en contacto con el cliente debe contar siempre con los mejores medios, un equipo competente y una estructura que lo respalde. El responsable de un proyecto nunca está solo, y el cliente conserva un interlocutor cercano aunque la organización que tiene detrás sea cada vez mayor.
El crecimiento, recuerda, llegó casi sin darse cuenta. En los primeros años había una costumbre en la casa: por Navidad, los recién incorporados cantaban un villancico. Un año, miraba la sala, contó 56 personas y se preguntó cómo habían podido contratar a tanta gente. Muy poco después fueron más de cien. «Ahí pasé una barrera psicológica», admite. A partir de entonces dejó de contar.
Abrir la puerta para volver a cerrarla
El momento más delicado llegó cerca de los orígenes. Grupotec crecía, el negocio vivía un momento dulce, pero la empresa era joven y frágil desde el punto de vista financiero cuando se encadenaron varias crisis, de la burbuja puntocom a la financiera. «Éramos una empresa joven, sin balance y sin trayectoria, y la situación se volvió muy adversa. Lo pasamos francamente mal».
La salida exigió algo que a muchos fundadores les cuesta aceptar: abrir el capital a socios externos. «Nos vino muy bien que entraran socios que creían en Grupotec y que nos respaldaran. Nos ayudó a salir del momento más complicado». La operación tuvo un desenlace poco habitual. Con el tiempo, «superamos esa etapa, recompramos a los inversores y Grupotec volvió a ser nuestra». Humildad para pedir ayuda cuando hacía falta y paciencia para recuperar después lo que era suyo: pocas decisiones retratan mejor al personaje.
Tarzán y la liana británica
En 2005 la firma entró en las energías renovables, un sector que, según ha explicado, encajaba perfectamente con lo que ya hacían: ingeniería. Llegó el gran tirón fotovoltaico y, después, el cambio regulatorio que arrasó con buena parte de las empresas del sector en España. «Pasó de la noche a la mañana de ser un sector brillante y en crecimiento a desaparecer. Pasábamos de cien a cero en un segundo».
Grupotec sobrevivió por dos razones. La primera, la prudencia. «Hemos sido ambiciosos, pero con una ambición que siempre hemos equilibrado con prudencia. Hubo mucha gente que en aquel boom se emborrachó de mercado y de negocio. Nosotros fuimos siempre más prudentes». La segunda, la intuición de que aquello no era sostenible, lo que les empujó a dar el salto al Reino Unido antes de que el mercado español se hundiera. Lo explica con una imagen de tebeo: «Nos pasó como a Tarzán. Cuando la liana del mercado español se caía, nosotros ya estábamos agarrados a otra». Y remata: «Si no hubiéramos salido al Reino Unido en aquel momento, probablemente no estaríamos aquí».
El mercado británico sigue siendo el principal de la compañía, y Villoldo habla de él con un cariño evidente. Su única espina es el Brexit, que ha complicado la movilidad de personas y empresas: «Hoy en el Reino Unido estaríamos trabajando el doble o el triple». A ese mercado se suman Italia, Chile —«un país bastante estructurado y parecido a Europa»— y las islas anglófonas del Caribe. Otros destinos, como Colombia, Ecuador, México o varios países africanos, se probaron y se dejaron. «Nos gusta probar las cosas y asumir riesgos, pero riesgos medidos», resume. Tampoco esconde que el momento actual es exigente, aunque lo afronta con la tranquilidad de quien ya ha atravesado varias tormentas: «Hemos demostrado que somos capaces de enfrentarnos a las situaciones adversas y no solo superarlas, sino salir reforzados».
Una formación para mirar el conjunto
Quizá no sea casual que esa capacidad para leer el entorno y anticiparse proceda de una formación que obliga a pensar en sistemas: el suelo y el agua, la energía, la industria que transforma lo que produce la tierra. Grupotec nació proyectando para la industria agroalimentaria y hoy integra energía, agua y depuración, bioenergía, autoconsumo industrial, plataformas logísticas, residuos, edificación y arquitectura. Para algunos de estos mercados se ofrecen, incluso, soluciones para todo el ciclo de vida de los proyectos, desde el desarrollo y diseño, pasando por la construcción, hasta la operación y mantenimiento. Cada nueva línea ha brotado de las capacidades técnicas acumuladas, nunca de una ruptura con ellas, y la ingeniería de proyectos ha seguido siendo el eje de todo.
Para sostener esa amplitud, Villoldo se ha rodeado de ingenieros de distintas ramas —también de su propia especialidad, con presencia en todos los niveles directivos de la compañía—, arquitectos, economistas, juristas y otros profesionales. Muchos de los que se formaron en Grupotec dirigen hoy otras empresas o han puesto en marcha sus propios proyectos, llevándose consigo una manera de entender el oficio. Eso, en el fondo, es hacer escuela.
Los reconocimientos han llegado también desde fuera de su gremio: la Placa de Honor del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Centro y Canarias (2012), el premio a la Excelencia del Colegio de Ingenieros Industriales de la Comunitat Valenciana en su 75 aniversario (2025) y el premio de Valencia Plaza a la mejor empresa del año (2026). Y un dato que dice más que cualquier galardón: tras la dana de 2024, 190 profesionales de la compañía se volcaron en labores de apoyo en las zonas afectadas.
El placer del camino
Cuando mira atrás, Villoldo no ve solo una empresa. «Veo un proyecto empresarial que ha ocupado toda mi vida desde que acabé la carrera. He disfrutado mucho con él y sigo disfrutando. Ha sido el proyecto de mi vida». Pero enseguida pasa a lo que considera más importante: conservar la cohesión de su familia, mantener a los amigos de toda la vida y tener espacio para las cosas que le gustan. «El balance que puedo hacer a estas alturas es que me siento satisfecho con la vida que he vivido, tanto en lo profesional como en lo personal».
Se define como un disfrutón, y no es una pose. Es, en realidad, la clave de bóveda de todo lo demás. «En la vida, más que los objetivos, para mí lo importante es el camino. Que estés disfrutando en el camino». Le aburren la monotonía y la falta de retos, y por eso nunca ha necesitado cambiar de empresa: ha sido la empresa la que ha cambiado con él. «Grupotec ha ido transformándose a lo largo del tiempo y me he encontrado como pez en el agua».
El chico que llegó de La Mancha con trece años preside hoy la mayor ingeniería de la Comunitat Valenciana, pero sigue hablando de su trayectoria como quien describe un paseo largo y agradable, no una escalada. «He llegado hasta aquí no porque me lo hubiera planteado, sino porque la vida me ha traído hasta aquí». Que el éxito no le haya devorado ni desfigurado quizá sea, al final, su mayor mérito.