Alfredo, el hombre que no falla ningún día sin correr (o andar)

València

EL CALLEJERO
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Alfredo Algarra llega andando a su cita. Cómo, si no. Su barba de apóstol, larga y blanca, contrasta con esos brazos llenos de tinta y ese piercing en la nariz. Llama la atención que va muy abrigado, con unas mallas largas y, por arriba, con tres prendas superpuestas de manga corta. Sus pies caminan ligeros calzados dentro de unas Asics oscuras. A un lado, en la escalinata de la iglesia de san Valero, ha dejado una de esas mochilas militares que se han puesto de moda entre la gente del Hyrox y el CrossFit. Lo suyo es correr y andar, aunque ahora, por culpa de una lesión, se mueve por toda la ciudad, por donde media València le ha visto moverse de una forma llamativa que podría considerarse un híbrido entre correr y andar.

El andarín valenciano, 56 años, de la generación que nació en La Cigüeña, es abogado y administrador de fincas. “Aunque más administrador de fincas que abogado”, puntualiza. De joven estudió Derecho, de la generación que sufrió al riguroso profesor Emilio Valiño. “En primero don Emilio nos daba clase en el aula magna, y cuando llegaba a mitad del aula saludaba como los toreros al tendido. Luego, a mitad curso, desaparecía y mandaba al delfín, José María Llanos, que ahora es conocido por ser el portavoz de Vox. Nosotros le llamábamos Juan Echanove porque en aquella época el actor salía en la serie ‘Turno de oficio’. En aquella época se hacía un fanzine que sacaba a Valiño con un chófer que era el delegado de clase”. 

Alfredo corre, o anda, por la calle. Por eso le conoce mucha gente. Antes corría como todo el mundo. Hasta que hace dos veranos, en julio de 2024, empezó a dolerle mucho una pierna. “Pensaba que eran contracturas o algo así. Hasta que fui al fisio y se dio cuenta de que había algo raro ahí porque un día la pierna empezó a dar espasmos. Era como un ataque epiléptico. Me dijo que me tocara las puntas de los pies y vimos que tenía dos protusiones. Una hernia, vaya. Me derivaron a la doctora Paloma Bas, de La Fe, y me dijo que tenía una artrosis en la cadera y que estaba prácticamente destrozada. He intentado aguantar todo lo que podía pero he llegado al límite. Han intentado hacerme injertos, pero la cadera ya no aguanta más”. Ahora, dos años más tarde, Alfredo se levanta y abre lo que él llama el calendario de adviento del dolor: sale de la cama y comprueba qué le duele esa mañana. 

  • Foto: KIKE TABERNER

Alfredo empezó a correr a los 18 años. “Yo hacía taekwondo, pero en verano no había y ese verano estaba en el ejército, me había alistado voluntario, y me puse a correr los festivos por la playa del Perelló. Luego amplié ese hábito a todos los días. Salía y corría 12 o 16 kilómetros. A mí no me gustan los maratones. No he corrido ninguno. Tampoco ninguna carrera de cualquier distancia. No me interesan. Los veo como una procesión de Semana Santa. La validación no me interesa. Como tampoco me interesa el Hyrox o el Deka”.

Sueña con una cadera nueva

Después de 38 años al trote, le ha llegado esta lesión tan grave. “Como dice Martín Redón, que es podólogo, las fiestas se pagan. Yo nací con todos los puntos porque tenía cadera displásica. En los 70 nadie sabía qué era eso y el problema es que se desgasta más rápido. Pues imagínate después de hacer taekwondo y correr tantos años… Y si le juntas el CrossFit y el Hyrox pues ya lo tengo todo. Ahora ya solo hago Hyrox. Hasta que pueda. Pero no compito. Hace unos meses fui a ver a una amiga y aquello era un caos con tanta gente y la música tan fuerte.

Es curioso porque detesta ese ambiente tan excitado, pero sale a hacer deporte con los auriculares. Su carrera-paseo coincide muchas veces con el programa de radio de Ramón Palomar, al que nombra varias veces. “Tengo cierta amistad con él. Lo conozco de cuando presentaba un programa de música en Canal 9. Después hizo uno de cine con Pablo Motos. Me caía como el culo, lo veía pedante, pero hace seis años tuve la oportunidad de conocerlo y me pareció una persona fantástica. Tiene mucho de fachada, como yo, que parezco un criminal albano-kosovar”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Las rutas de Alfredo se alargan hasta dos horas en movimiento que llama tanto la atención a la gente por la calle. “Salgo de mi casa, que está por la avenida del Puerto, me voy hasta Juan Verdeguer, doy la vuelta y voy hasta el centro, recorro todo el centro y vuelvo. Pero lo que antes suponía una satisfacción y quitarme problemas de la cabeza, ahora es una tortura porque vuelvo peor que estaba. Me duele todo”.

Sus dolencias no van a mejorar, así que cada vez va a estar más limitado. Alfredo habla de ese momento y se le humedecen los ojos. “Es como una travesía por el desierto, pero yo sí confío en volver a correr. Tengo esperanza, aunque mucha gente me ha dicho que no lo voy a volver a correr. Un traumatólogo me puso el ejemplo de Andy Murray, que le operaron de las dos carreras y volvió a competir. Me preguntó si a mí me haría feliz volver a correr, le dije que sí y me dijo que igual la prótesis no me dura 20 años, pero que volveré a correr. Aunque yo no creo en la felicidad, creo en la tranquilidad”.

Correr le da equilibrio en su vida. Él no persigue grandes retos deportivos. Ni colgarse una medalla. Ni lograr una marca definitiva. Alfredo solo persigue la paz interior. “A mí correr me sirve para exorcizar mis demonios”. Ahora quiere que le opere uno de los que él llama “balones de oro de las prótesis”, que son el doctor Escribá y la doctora Navarro. Y tiene claro que si un día le tienen que cortar una pierna, que preferiría que le dejaran en la mesa de operaciones.

Rock y tatuajes

Alfredo estuvo casado. “Ahora ya no”, informa. Pero dice que ha aprendido a ser independiente. “Una cosa es estar solo y otra, sentirse solo”. Su obstinación por correr no cree que sea tan extraña. “A unos les da por los bares. A otros, por la farlopa. Cada uno tira por donde quiere. A mí  nunca me dio por lo otro, aunque todos hemos tenido 18 años… Mi demonio ha sido el trabajo, el estrés, que te afecta a la salud mental. Y luego, además, perdí a mi madre en un accidente en una residencia en abril de 2022. Eso me afectó y empecé a tener ideas suicidas. Pero me levantaba y me ponía la radio: primero a Jose Forés, luego a Juanma Domenech y después a Palomar. Entonces me iba a casa y decía: un día más. Nunca le cogí el punto a los psicólogos”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Su primer tatuaje ya fue de “mayorcito”. El primero se lo hizo con 32 años. Un cuervo en la espalda. “Me hacía uno al año, pero ahora tengo ya los brazos enteros, el pecho, la espalda, las piernas… También le ha gustado mucho la música. “Aunque ahora ya me he hecho mayor y me he tranquilizado. Como dice Ramón, la gente feliz, pues yo feliz. No es lo mismo tener 18 años que los 56 de ahora. Igual a los 20 escuchaba lo que ahora serían Rosalía o Bad Gyal y echaba pestes, pero ahora me parece bien. Pero me gusta más el rock: Black Sabbath, Led Zeppelin, The Black Crowes… Aunque también me gusta C Tangana, me parece que es un tipo muy inteligente. Y más tipos de música”.

La gente muchas veces siente curiosidad al verlo y le detiene para hacerle preguntas. No le suele gustar, salvo que le interrumpan con educación. “Nunca me ha gustado que me pidan explicaciones. Que cada uno haga lo que quiera. Igual que no me gusta que me digan que voy muy tapado. Yo me he acostumbrado y no me molesta. Ni siquiera este último verano, que hizo tanto calor. En invierno voy igual, salvo la camiseta de abajo, que me pongo una térmica”, dice.

La cadera le ha hecho más lento. Pero no piensa dejar de correr. O de andar. La última vez que paré del todo fue en 2004, siete días. Ni siquiera en la pandemia. “Yo corría por el garaje”, reconoce. “Ahí tocaba sobrevivir. Durante 49 días, que los tengo apuntados en una agenda, corre como una rata en un garaje. Me conocía todos los baches, los ruidos, todo. Corría durante una hora arriba y abajo”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Nunca echó de menos las carreras porque nunca corrió una. Jura y perjura que ninguna. “No necesito la validación. No necesito correr y que te aplaudan. Una vez me paró una persona, me dijo que me veía correr todos los días y que era un ejemplo. Le dije que no soy ejemplo de nada. Ejemplo la gente que sacó a los ancianos que estaban en aquella residencia de Moncada que se incendió”.

Pero, aún sin carreras ni dorsales, no perdona un día. Ni siquiera el 1 de enero. O el 31 de diciembre. “Cuando estaba bien, el 31 de diciembre hacía una bestialidad y decía que era mi San Silvestre. Una vez salí a correr a las nueve de la noche. Yo pasé por la calle Sueca y la gente que debió escuchar mis pisadas porque estaba todo en silencio, salía a mirar a los balcones y yo creo que pensaban: ‘Quién será este tío tan raro’. Yo me puse las uvas en la mochila por si acaso. Aunque llegué a casa a tiempo. Este año lo intenté, pero solo aguanté media hora”.

Alfredo coge su mochila militar y se la echa a la espalda. Antes de irse le miro a los ojos y no puedo evitar una pregunta. “¿Te consideras un loco que corre?”. Aguanta la mirada y responde: “Me considero una persona que corre”.

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