Amparo lleva desde 1955 metida en un kiosco

València

EL CALLEJERO
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Amparo Mascaró está sentada en una silla de playa con las piernas cruzadas. No está en la Malvarrosa ni en la Patacona, Amparo está dentro de uno de los kioscos más antiguos de València, en una esquina de las calles Maestro Gozalbo y Conde Altea, y ella mira algo en el móvil mientras su hija, Sefa, atiende a los clientes. De vez en cuando entra alguno y saluda a la matriarca, entonces la kiosquera levanta la barbilla y corresponde con una sonrisa. Luego baja la cabeza y sigue a lo suyo mientras se venden caramelos, bebidas y algo de prensa escrita. “Aquí, según el periódico que compran, ya sabes de qué pie cojea cada uno”, suelta de repente.

Esta mujer tiene 83 años y recuerda que se crio en la calle Ruaya, “donde nació Conchita Piquer”.  Amparo tiene buena memoria y va clavando las fechas. Cuando no escucha bien, gira la cabeza para poner la oreja como quien mueve una antena parabólica. Sus padres eran feriantes. Su padre, Rafael, era de familia adinerada. “Sus padres tenían mucho dinero y vivían con una calesa, criada y todas esas cosas. Mi abuelo era labrador, pero no sabía leer ni escribir, y entonces mi abuela le enseñó y se pusieron a vivir en Les Valls. Se casaron y tuvieron dos hijos. Cuando mi padre tenía seis años y mi tío 12, mi abuelo se murió. Pero fíjate si se querían mis abuelos, que mi abuela ofrecía a sus dos hijos por él. La familia fue perdiendo el dinero y salió adelante como pudo. Ella trabajó de ama de llaves y sacó a todos adelante”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Su padre estudió para ser tipógrafo, pero fue de todo y durante años trabajaron como feriantes con un puesto de tiro con una escopeta. “Íbamos a las ferias o a plaza muerta y yo, con solo siete años, disparaba mejor que la mayoría de los adultos. Todavía conservo un rifle pequeño que me regalaron”. Amparo aprendió muy pronto que el dinero va y viene y que lo más importante es mantener la familia unida. Esa es su gran riqueza. Mi padre, de joven, tuvo también un ultramarinos. Hemos trabajado en el pelo haciendo mallas. Y a los 12 años fue cuando mi padre cogió el kiosco por un compañero al que conocía porque también era apuntador de teatro. Se lo quedó en Maestro Gozalbo, en el número ocho, enfrente del actual Mercadona -donde antes había un Superette-”.

El kiosco abrió el 26 de diciembre de 1955. A Amparo, que entonces era una niña de 12 años, le cuesta hacer la cuenta mental de cuántos años han pasado: 70. La chiquilla iba al colegio en la calle Sagunto, “en Las Rejas que decían”, y luego se pasaba por el kiosco. En los ratos muertos, miraba las matriculas de los coches y aprendía a sumar con los números que aparecían en estas placas. “Hoy sigo sin usar calculadora ni nada. Se ve que tengo buen cerebro”.

  • - Foto: KIKE TABERNER

Antes tenía una caseta enfrente

La familia de kiosqueros dejó el bajo que tenía en el número ocho de Maestro Gozalbo y se desplazó hasta otra esquina -enfrente justo de la actual-, unos pocos números más lejos, frente a una farmacia que aún sigue en pie. Sus padres compraron una caseta, la plantaron en la esquina y se pusieron a vender allí. “Yo ya no me moví de allí. Me dejé el colegio y no he tenido un día de descanso. A mí me gusta mucho tocar el dinero, pero el que yo me gano. Aquel kiosco era muy pequeño: era lo que nos daba el Ayuntamiento”.

Cuando murió su padre, que había sido secretario del Grupo Sindical de Prensa y vocal nacional, Amparo logró hacer el kiosco más grande. “En esta esquina, donde estamos ahora, había un matrimonio, el señor Antonio y la señora Consuelo, que tenía un kiosco de chucherías”. Cuando lo traspasaron, hace más de 30 años, se quedó la planta baja donde están ahora. Amparo llevaba este y su marido, Antonio, la caseta de enfrente, que acabó quitándolo cuando su esposo enfermó.

De repente entra una mujer con perros que tiran de ella con una correa. Es Chelo, la dueña de otro kiosco que había al final de la calle Maestro Gozalbo, enfrente del restaurante Goya Gallery, que cerró no hace mucho. Se queda en la puerta, saludando y pegando un vistazo. Juntas hacen recuento de los pocos kioscos que quedan en pie en el barrio: uno en Reino de Valencia, otro en Reina Doña Germana y un tercero en la calle Burriana. Los demás han caído a la misma velocidad que fueron cayendo las ventas de los periódicos, que se hundieron en la era digital mientras aligeraban sus redacciones con despidos y más despidos.

  • - Foto: KIKE TABERNER

Amparo tiene claro cómo llevar su negocio. Por algo lleva 70 años metida en un kiosco. “Lo esencial son las devoluciones. Y luego el cajón es la divina custodia. Esa custodia, mírala, adórala, pero no la toques. Hay que tener en cuenta que de cada diez euros que entran hay que guardar para los gastos, los impuestos e ir repartiéndolo. A mí siempre me ha gustado contarlo. Por la noche lo contamos y dividimos lo que hay para pagar los diferentes gastos que tenemos. Y lo que queda, para las vacaciones”.

Su marido sufrió mucho

Su hija escucha en silencio detrás del mostrador. La vida de Sefa es una declaración de amor a su madre. Esta mujer de 42 años ha sacrificado su vida, incluido el sueño de ser médica, para no cerrar el kiosco que sus padres mantuvieron en pie durante tantos años. Su hermano, Rafa, que tiene 47, tiró por otro camino. “Mi hija tenía ocho meses cuando mi marido tuvo una trombosis en el ojo que le inutilizó el nervio óptico. Luego tuvo diálisis durante un montón de años, le cortaron una pierna, también vinieron anginas de pecho y varios infartos. Le tuvieron que hacer una traqueotomía y todo eso con dos niños pequeños. Al final decidimos cerrar el otro kiosco”.

La salud convirtió la vida de su marido en un infierno. El matrimonio, además, vivía en quinto piso sin ascensor y cada día tenían que bajarle y subirle a pulso con la silla de ruedas. “Fueron cuatro años y cuatro meses, menos dos días, cargando con él cada día. Hasta que pusieron el ascensor. La suerte es que he tenido unos hijos muy serios que me han ayudado. Y ahora tengo también una nuera fantástica. Mi hija quería estudiar Medicina, pero cuando murió mi marido les dije que cuando yo me jubilara, el kiosco era para que el que se quedara. Mi hijo tenía un trabajo y ella dijo que se hacía cargo. Pero como le gusta tanto la Medicina, me cuida. Es una intelectual que sabe ingles y francés”.

  • - Foto: KIKE TABERNER

El negocio lo lleva su hija, pero a Amparo le gusta bajar todos los días con ella. “El ascensor lleva un mes estropeado y le da igual. Baja todas las mañanas y algunas tardes”, grita Sefa desde dentro. Ellas viven juntas y Sefa cuida de su madre con una dedicación admirable. “No hay que oxidarse, hay que cansarse un poco cada día”, añade Amparo.

El barrio ha ido mutando mientras Amparo vendía periódicos, gominolas y hasta petardos -ahora ya no- dentro del kiosco. “Cuando yo iba a repartir por las casas todas las mujeres eran doñas. Doña María, Doña Teresa, Doña Aurora… Hoy ya no es así. Y a lo mejor tienen más dinero que antes, pero es diferente. Mi padre me enseñó que la portera era una persona como otra cualquiera. Que no había clases. Eso ha cambiado. Tampoco se vende como se vendía antes. Pero también hay unos adelantos que nos hacen la vida más fácil. Quiero decir que hemos ganado en unas cosas y perdido en otras”.

Su frialdad en los atracos

Cuando sus hijos eran pequeños, a los clientes les gustaba tener algún detalle con ellos. “Si era el cumpleaños de uno, le traían una tarta. Y cuando tomaron la Primera Comunión, les traían regalos. Se han portado muy bien con ellos”. Un momento complicado fue durante la pandemia. Madre e hija forraron el kiosco de plástico y se pusieron a vender. No había tiempo que perder: el cajón siempre necesita ‘comer’.

Amparo no olvida la caída de la venta de prensa escrita, un golpe para todos los kioscos, que tuvieron que aprender a enfocar el negocio para vender bebidas, snacks, libros y hasta paraguas para el día que te sorprende la lluvia sin resguardo. “Y ha subido mucho el IVA”, protesta Sefa oculta detrás de una torre de chicles, caramelos y otros productos. A su madre, cuenta ahora, lustros después, le da pena que no pudiera estudiar Medicina. “Era su vocación desde que era una niña. Nos ha cuidado a todos sin tener el título. Ella quería ser pediatra”.

  • - Foto: KIKE TABERNER

Sefa no tuvo muchas opciones. Su hermano se fue de casa muy joven y a su padre ya le habían cortado una pierna. Ella se vio obligada a dar un paso al frente. “Una vez estuvo tres meses en el hospital y si mi madre estaba con él, alguien tenía que estar en el kiosco. Eso Hacienda no lo tiene en cuenta… Yo ahora me hago hasta la Declaración de la Renta, que es una pasta. Yo quería estudiar Medicina y no pude, pero ahora creo que le ha sabido peor a mi madre que a mí”. 

Amparo ha vivido varios atracos, pero siempre tuvo mucha sangre fría. Nunca olvidará el primero de todos. “Yo veía un chico ahí fuera que no paraba, arriba y abajo, arriba y abajo. Era muy raro. Llevaba pantalón corto, una camisa y el pelo rizado. Era el mes de agosto. Al cabo de un rato entró y me dijo: ‘Señora, esto es un atraco, deme el dinero’. Me sacó un cuchillo enorme. Yo le dije: ‘Uy, espérate un momento. Pasa aquí detrás y enséñame el cuchillo porque mira lo machucha que soy y todavía no me han enseñado ninguno. Pasa, pasa’. Se quedó pensando que estaba loca. Y yo insistía: ‘Entra porque si te ven aquí llaman enseguida a la policía’. Y seguía: ‘Lo que tienes que hacer es irte a un banco, no mates a nadie pero al menos ahí te llevarás dinero de verdad’. El chico me dijo que tenía razón, se guardó el cuchillo y se fue”.

Otra vez, con uno de los yonkis que merodeaban por el barrio en los años que la heroína causó estragos en la ciudad, le sacó el palo de madera con el que bajaba la persiana y le atizó con él para que saliera corriendo. El caso es que nunca han llegado a quitarle el dinero. “Llevo muchos años. ¡Y he sido feriante! A mí no me pillan tan fácilmente”.

El partido del cajón

Amparo recuerda que de joven, durante seis años, fue fallera, pero que no de su calle sino de Bolsería, primero, y del Pilar, después. “Pero me lo dejé. Eso fue hace muchos años. A mí no me gusta lucir las arrugas. Donde me lo pasé mejor fue en Bolsería porque en el Pilar había mucha tontería y a mí eso no me gustaba”.

El momento más duro fue cuando murió su marido. Antonio perdió la vida con 68 años. Se emociona el recordarlo. “Murió el 4 de agosto de 2009, un martes, a las 4 de la tarde”. El calendario no miente: ha clavado el día. “Estuvo 20 años dializándose, con una pierna cortada y muchos años con problemas. Desde los 40, más o menos, con todas estas cosas”. Amparo prefiere hablar de los nietos. “Mi hijo ha tardado…”.

También está encantada con el kiosco. No falta ni un día. Amparo insiste en que lo que más le gusta es el cajón. “A veces vienen a preguntarme de qué partido político soy, y yo siempre les respondo que soy del cajón. Se quedan muy sorprendidos. Y entonces les explico que el cajón no le hace pagar a Hacienda, me da de comer y también para algún caprichito. Cada uno puede ser del partido que quiera”.

  • - Foto: KIKE TABERNER

Sefa, que sigue escuchando en silencio, añade, quizá para que su madre no parezca tan materialista, que también le encanta hablar con la gente. En verano cierran y les gusta irse a la playa de la Malvarrosa o Las Arenas. “No me meto en el agua, pero me encanta. A mí me gusta salir, pero ahora tengo una birria de piernas y tengo que ir con la gayata. Pero yo voy cogida del brazo de mi hija y voy tirando. Ahora tenemos que ir mucho al hospital porque tengo piedras en el riñón. Y cuando Sefa no puede, me acompaña mi cuñada, Amparo, que es mi lazarillo”.

El barrio ha ido cambiando de negocios y costumbres, apenas tiene unos pocos periódicos donde antes había una pila enorme, ya casi todo el mundo paga con el teléfono, pero allí, en aquella esquina de Maestro Gozalbo con Conde Altea, Amparo sigue sentada en su silla de playa viendo pasar el tiempo dentro del kiosco y al lado de su hija.

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