Antonio Vicente sale de la facultad de Filología con los libros metidos en una mochila y el pelo azul. Blasco Ibáñez es un hormiguero a esta hora de la tarde, con las niñas que salen de Guadalaviar y otros colegios de los alrededores, las paradas de autobús llenas a rebosar esperando los autobuses que nunca llegan y los jóvenes que parecen jugar a ser Pogacar por el carril bici. Los más tranquilos esperan en la terraza de la cafetería tomando algo. Ellos no tienen tanta prisa y la vida universitaria también es un poco eso, una tarde con los compañeros y unos quintos de Mahou. Antonio va por libre y a sus 76 años y los pelos de colores es un bicho raro que se ha adaptado bien a este mundo. Él está encantado de asistir cada tarde a las clases como un universitario más. Sin distinción.
Antonio tiene un plan y este pasa por llenar de ocupaciones y retos su jubilación. Este antiguo médico no quiere pasársela delante de la televisión ni en viajes de autobús. Aún tiene muchas cosas por hacer y no tiene prisa por morirse, aunque ya ha dejado dicho que el día que pase quiere que esparzan sus cenizas a puñaditos por el barrio del Carmen, donde se crio y donde pasó los días en los Escolapios de la calle Carniceros. De sus recuerdos del barrio hay uno especialmente poderoso, el Cine Museo, que tenía una sala con más de 900 butacas y que cerró en 1984. “Allí disfruté muchísimo en sesiones de tres películas, que te quedabas ciego”.

- Foto: KIKE TABERNER
Siempre le gustaron los barrios, donde hacía amistad con los dueños de los pequeños comercios, cuando todavía dominaban el Carmen, refugio de viejos oficios que han ido perdiéndose. De pequeño también le gustaban deportes como el balonmano o el tenis. Su vida dio un vuelco el día que su padre falleció, con 57 años, por una muerte súbita una sábado por la noche mientras veía ‘Informe Semanal’. “Eso me marcó mucho. Yo en aquel momento estaba con la medicina y no me percaté de una cosa muy importante, que los dolores en la zona del estómago se confunden con dolencias del corazón. Yo fumaba muy poquito, pero lo dejé y empecé a correr con 20 años. Me apunté a Correcaminos y me puse a correr carreras, desde 10 kilómetros al maratón”.
De Cádiz a Itálica
El asfalto empezó a machacarle las articulaciones y entonces, años después, en 2016, decidió pasarse a las carreras de obstáculos, que combinan retos físicos con tramos de correr. Desafíos como la Spartan Race que superó con éxito y que le enfocaron por otro camino. Nunca dejó el deporte. Ahora trabaja la fuerza en el gimnasio y por las mañanas se carga una mochila con ocho o nueve kilos y se lanza a caminar porque tiene otro propósito para sus 70 y pico años: recorrer España vestido como un antiguo legionario romano. El Imperio Romano es una de sus obsesiones desde hace años. “La fuerza, a determinadas edades, es fundamental. Ahora, incluso, se le recomienda a pacientes de determinadas patologías como la insuficiencia renal o incluso algún cáncer. En mi época de corredor no te preparabas para correr, pero esto ha cambiado”.

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Su sueño es recorrer la Via Augusta como si fuera un centurión del siglo XXI. Un recorrido desde Cádiz hasta los Pirineos. Y cuando llegue la primavera, hará un primer tramo, desde la bahía gaditana hasta Sevilla. O hasta Itálica, donde nació su emperador predilecto, Trajano. Más de 120 kilómetros de caminata con el libro ‘La Via Augusta en bicicleta’, de José Ignacio Idígoras Santos, como brújula. Antonio retomará el camino, esa es su idea, en otoño, para ir de Sevilla hasta otro punto. Paso a paso, cargado con la indumentaria de los legionarios romanos, con casco, capa y sandalias, las ‘caligae’, el calzado militar que llevaban los soldados y los centuriones.
La primera etapa la hará con los amigos de Ulpia Aelia, una asociación de recreación histórica fundada en 2014. Este grupo de aficionados a la historia tratan de asemejarse lo máximo posible a la Legio XXX Ulpia Victrix creada por Trajano en el año 105. “Mi ilusión es ir vestido de legionario del siglo I e ir tomando notas de los sitios que vaya visitando. Yo tengo amistad con la escritora Isabel Barceló y si los dioses, ahora que soy romano, me acompañan, mi idea sería escribir un libro sobre esta experiencia. Aunque lo hago fundamentalmente porque me hace feliz”.
Del cine a Posteguillo
Esa ansia de superación viene espoleada, en parte, por el dolor que le causó la muerte de su padre, que no llegó a verle convertido en médico. Otra herida se la dejó su amigo Tatay, que murió hace tres o cuatro meses, la persona que le contagió la curiosidad por el Imperio Romano y que iba a ser su compañero de viaje. “Yo quiero morirme haciendo algo que me gusta”.

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Antonio suelta la frase y se queda tan pancho. Este septuagenario sorprende todo el rato. Desde que llegó con el pelo azul -antes lo llevaba verde- hasta que empiezas a examinarle y descubres que lleva en las orejas el rayo de David Bowie, o que tiene la muñeca llena de pulseras. A veces parece meditabundo y otras, alguien más jovial. Aunque se le nota, y luego lo verbaliza, que hay algo que le atormenta. Por eso busca distracciones como el entrenamiento para recorrer la Via Augusta o sus estudios de Filología Clásica. Aunque su gran sueño sería, algún día, quién sabe cuándo, alcanzar Roma a pie, vestido como un legionario en el mes de abril para coincidir con el Natale di Roma, que conmemora el aniversario de la fundación de la ciudad.
Su fascinación por la antigua Roma viene de lejos, desde las películas que veía de niño en el Cine Museo hasta los libros de Santiago Posteguillo en la actualidad. Ahí descubrió a Julio César y a Publio Cornelio Escipión. “Para mí fue el mejor general. Pero también me llamó la atención cómo se creo el imperio”, recuerda. La vestimenta le cautivó con ‘Gladiator’. Y así, poco a poco, como pequeñas teselas de un gran mosaico, como el Memento mori (encontrado en la impresionante Pompeya y que se estima que es del siglo I antes de Cristo) que lleva estampado en la camiseta negra que lleva puesta, construyó su afición por la antigua Roma, una afición que le ha costado el matrimonio. Antonio ahora tiene planeado recluirse en Bocairent, el lugar ideal, para él, para dedicarse a entrenar y meditar antes de acometer este proyecto ambicioso para un hombre de 76 años. “Yo no hago daño a nadie, me gusta ayudar a la gente y colaboro con varias oenegés”.
Sus tatuajes romanos
Esta es ahora su ocupación, años después de dejar la medicina, la investigación en el campo cardiovascular, profundizando en la diabetes, la obesidad, la dislipemia… Los últimos años de profesión, antes de cumplir los 62, se liberó, se puso los pendientes y empezó a tintarse el pelo. Luego vinieron los tatuajes. El primero se lo hizo en el gemelo izquierdo las iniciales SPQR (Senatus Populusque Romanus), un guiño al senado de Roma. Luego puso la otra pierna para glorificar la consecución de la Spartan Race. Después, el estandarte de la legión, la Ulpia Victrix, y el hoplita espartano. El último, la figura de Artemisa a la que piensa añadirle el ciervo junto a la cazadora. “Estoy como una puta cabra. Tengo muchas ganas de vivir. Ahora quiero hacerme algo relacionado con Athenea y Homero”.

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De aquí a primavera quiere ir incrementando los entrenamientos, siempre con el lastre a la espalda, para acostumbrarse a la vestimenta, bajar de peso, trabajar la fuerza… Tiene miedo al reto físico, no al ridículo. No le importa ir vestido de legionario por el camino. “Tengo ya muchos años y sé que me puedo morir en cualquier momento. Lo tengo muy presente. Y no estoy dispuesto a que la gente de alrededor me condicione y me genere ansiedad. Quiero desprenderme de todo lo que me moleste y me perjudique. Yo solo pido que me dejen hacer lo que me da la gana”. Su cabeza no para y ya le da vueltas, para después, a hacer un viaje con una arqueóloga a Grecia, Herculano y Roma. Mientras tanto, entrenar y estudiar. Antonio cuenta que ha congeniado con los jóvenes y que le hace feliz ir a clase cada día. También quiere aprender a escribir. Aunque ya lleva camino recorrido después de leer a Ovidio, Homero, Virgilio… Los poetas que comparten estantería con los tebeos de ‘Mortadelo y Filemón’ o ‘El hombre enmascarado’, que no solo de Roma vive el hombre.
Aunque antes que nada, tras la sacudida por la pérdida de su padre, vino la medicina. “Mi esencia siempre ha sido aprender, convertirme en un buen médico, empatizar y ayudar”. Ahora, a los 76, solo pide que le dejen hacer lo que él quiere. Antonio quiere vestirse de romano, empuñar la espada y lanzarse a caminar por la Via Augusta.
-Antonio, ¿un legionario como usted no teme a la muerte?
-Hombre, algo de miedo sí que tengo, pero si me tiene que pasar, que me pase…