VALÈNCIA. Subir la persiana cada mañana es cada vez más caro en València. Al aumento de costes que arrastra el pequeño comercio desde hace años se suma la escalada del precio de los locales comerciales que amenaza la viabilidad de muchos negocios de proximidad. El coste del alquiler se está convirtiendo en el factor que está dando la puntilla al comercio de proximidad en València.
Un sector que ya arrastraba una vulnerabilidad estructural, debilitado por la falta de relevo generacional en los oficios tradicionales y la competencia asimétrica de las grandes plataformas de comercio electrónico, y que ahora choca contra un mercado de arrendamiento completamente desbocado.
Según el último informe de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA), el coste mensual de un local tipo de 80 metros cuadrados en la capital valenciana ya oscila entre los 900 y los 1.800 euros. Una barrera muchas veces inasumible para pequeños autónomos, hasta el punto de que la renta del local representa ya alrededor del 40% de los costes directos de un comercio.
En el caso del centro de la ciudad esta situación se agudiza, el elevado precio de los locales comerciales sumado a la falta de relevo generacional y el auge de las compras online está derivando en el cierre paulatino de comercios tradicionales que todavía resistían.

- Foto: KIKE TABERNER
Unos cierres que dejan paso a franquicias u otros establecimientos que, como apunta desde la Asociación de Comercios del Centro su gerente, Julia Martínez, operan bajo un peligroso efecto suflé. “Alquilan locales pensando que pueden asumir esos precios tan altos y acaban cerrando al poco tiempo ante la imposibilidad de hacer frente a los gastos”, reconoce. Una situación que deriva en una alta rotación en los locales que dificulta tener una red comercial estable.
La competencia de los bajos turísticos
Más allá del centro, los comercios de barrio también sufren la subida del precio de los locales y, además, enfrentan otra creciente amenaza: la competencia de las viviendas turísticas.
Tábata Gonzalo es presidenta de la Asociación de Comerciantes de la Saïdia y además, como autónoma que regenta un negocio de componentes informáticos en el barrio, sufre en primera persona estos problemas. Gonzalo nos recibe en su local, donde el paisaje habitual de cables y pantallas ha dejado paso a una fila de cajas de cartón precintadas; tiene casi todo empaquetado para una inminente mudanza. Este mismo mes de junio se le acaba el contrato de arrendamiento y el propietario ya le ha comunicado que no habrá renovación.
"Tenía el alquiler por 430 euros. Nos llamó el dueño y nos pidió que nos fuésemos. Me he tenido que buscar otro local", relata Gonzalo, quien constata que en el mercado actual "por menos de 700 euros no hay nada; sumado a todos los costes, es inviable".
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"Más que caros, es que no te alquilan"
Su caso no es una anomalía, sino el reflejo de un "efecto contagio" inmobiliario que paraliza calles enteras de la Saïdia. "La realidad es que abren una vivienda turística en un bajo y el bajo de al lado entiende que si él lo ha podido hacer, yo también. En la calle Lérida hay como ocho bajos cerrados. En mayor o menor medida, todos los dueños de locales piensan que van a poder hacerlo turístico y que con ello obtienen más rentabilidad", lamenta la portavoz vecinal que añade que "más que caros, es que muchas veces ni te alquilan".
Esta expectativa no solo infla los precios, sino que retira producto del mercado, bloqueando incluso las necesidades de expansión de los negocios nativos. Gonzalo expone el ejemplo de un asociado florista que pretendía adquirir un bajo colindante como almacén: "No se lo quisieron vender. Al dueño el local le costó 150.000 euros, lo dividió en tres y vendió cada uno por esa misma cantidad".
Como consecuencia, los ejes comerciales tradicionales de los barrios se difuminan. "Se están diseminando los comercios. Por ejemplo, en este barrio ya no hay un eje comercial claro; solo se abren vendings o lavanderías", añade, apuntando otras bajas recientes en su entorno como la de un hostelero que se jubila y traspasa su bar o un joven argentino con un negocio de empanadas que ha tenido que cerrar para emplearse como cocinero en un local de la playa. “Hay un problema de relevo generacional importante; habría que dignificar la profesión del comercio”, sostiene Gonzalo.

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Resistir hasta la jubilación
Unos kilómetros más allá, en pleno corazón de Russafa, Alfredo (nombre ficticio a petición de la persona entrevistada) representa a aquellos autónomos que resisten, pero con la soga al cuello. Alfredo regenta una ferretería en el barrio y se encuentra en proceso de negociación con el propietario del local, que quiere subirle el precio del alquiler en la inminente renovación del contrato. En sus diez años como inquilino, la renta mensual ha pasado de los 700 euros de los primeros cinco años a los 1.200 actuales, una cifra que volverá a subir irremediablemente.
“No me planteo irme a otro sitio porque en ocho años me jubilo y no me merece la pena”, señala Alfredo, quien explica que el coste logístico de hacer la mudanza de una ferretería es significativamente elevado. “Además, no hay locales en condiciones a los que pueda irme. Al lado mío, cruzando la acera, hay algunos por 1.500 euros”, indica este profesional, que asegura que no puede trasladar ese incremento del alquiler al producto final para no perder ventas.
Al hacer balance de su sector, Alfredo asegura que la destrucción de este negocio en la ciudad de València es evidente. “En Monteolivete si no han cerrado cinco ferreterías no ha cerrado ninguna”, afirma. El golpe que sufren numerosos autónomos por la escalada de los alquileres comerciales se extiende a diversos negocios, tal y como cuenta Alfredo. “Una clienta mía va a cerrar su mercería porque le suben de 1.000 a 1.500 euros”, señala este valenciano, que aspira a poder encontrar un punto de encuentro con el propietario del local para que la subida del alquiler sea lo más contenida posible.

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"Las administraciones han de tomar medidas"
Pese a este escenario, Tábata Gonzalo rechaza criminalizar a los propietarios y traslada la pelota al tejado institucional: "Tampoco podemos decir: ¡qué malos son los dueños de los locales!, porque no se puede desplazar la responsabilidad a los particulares; las administraciones han de tomar medidas para proteger al comercio". Entre las propuestas de la asociación destacan la aplicación de topes a los alquileres cuando el destino sea el pequeño comercio o el diseño de incentivos fiscales para aquellos propietarios que alquilen locales a comercio local.
Además, esta comerciante apunta a la necesidad de buscar sinergias con el turismo: "Sería importante también reeducar a los turistas para que consuman comercio local", señala. "Los turistas ya están aquí y sí tenemos que convivir pues vamos a buscar soluciones para aprovechar la coyuntura".
Asimismo, cuestiona el enfoque de las últimas líneas públicas: "La ayuda municipal a comercios, que solía ser para pagar la luz, etc., este año es para inversión. Eso está muy bien, pero hay gente que no puede ni subir la persiana y está pensando en sobrevivir, no en invertir".
Con todo, el efecto de esta presión inmobiliaria se percibe en el paisaje cotidiano de la ciudad. Locales vacíos, negocios que cambian constantemente de manos y comerciantes que renuncian a crecer o simplemente intentan aguantar unos años más. Una transformación silenciosa que está redibujando la vida de muchos barrios de València.