VALÈNCIA. Enrique Ginés pasa muchas horas en una especie de salón donde tiene todo lo que necesita a sus 87 años. Una mesa de escritorio con un ordenador y una silla de oficina. Un sillón orejero frente a una televisión. Estanterías llenas de libros y paredes forradas con títulos, reconocimientos varios y recuerdos de aquellos años en los que fue un referente de la radio valenciana durante décadas. Y en algún cajón debe guardar el transistor con pilas que rescató el día del apagón. Un día que reforzó la importancia de este medio. Su cuerpo, maltrecho desde que sufrió un ataque de poliomielitis con apenas un año y medio de vida que le dejó cojo para siempre, se mueve con mucha dificultad y cada vez sale menos de casa. Pero su cabeza se mantiene ágil y con la memoria de un jovenzuelo. La habitación tiene el aire acondicionado a tope y al hombre se le nota a gusto y locuaz.
El locutor se jubiló a los 73 años. Ya han pasado 13 y asegura que no lo echa de menos, que quedan los recuerdos, numerosos, y que le gusta ordenarlos minuciosamente. Enrique ve el teléfono del periodista frente a él y pronuncia un lamento hacia ese invento que ha fulminado, año tras año, a fotógrafos, técnicos y algún que otro profesional más dedicado a un periodismo que ahora se defiende con un móvil que hace fotos, graba conversaciones y registra imágenes. Qué poco se parece el periodismo de 2026 al de los años 60 y 70, cuando cargaba con un aparato de la marca Grundig que era un pesado armatoste que tenían que mover de un lado a otro en furgoneta. “Todo este progreso no favorece a la radio. Ahora, si quieres saber una noticia, entras en Google en el móvil y la buscas, ya no necesitas esperarte a escuchar el boletín de la radio”.

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- Foto: KIKE TABERNER
Enrique se pone nostálgico y se acuerda de los importantes que fueron los reporteros de radio aquella noche tan larga y tan importante, con los tanques en la calle, del 23F. “Ese día, la radio fue clave”, sentencia.
La radio fue su vida y a él le gusta recordar que València tuvo una gran importancia en sus orígenes. “Siempre se dice que la primera emisora fue la de la Ser, pero antes hubo una emisión que se hizo desde el palacio que había frente a Viveros. “Aquello fue en 1920, cinco años antes de la primera emisora en Barcelona, y se emitieron el Himno Regional y algunos parlamentos. Además de eso, un militar de Segorbe llamado Julio Cervera estuvo colaborando con Marconi en Inglaterra y en su regreso a España fundó la radio”.
Su padre murió fusilado
Enrique Ginés nació en Castellar, una pedanía al sur de València donde vivió con su familia. Su padre había sido impresor y poeta. La simple mención a su progenitor empuja al hombre a rebuscar dentro de un cajón del escritorio hasta que da con una libretita en la que pone la palabra Versos. El hijo del poeta pasa las páginas llenas de versos manuscritos en tinta roja hasta que da con un poema que le dedicó su padre, que fue llevado preso por pertenecer a la CNT cuando Enrique tenía solo siete meses, y fusilado unos meses después, en 1940.
El poeta se dedicó en la prisión a escribir poemas y cartas para que los analfabetos se pudieran comunicar con sus mujeres o novias. Un día cogió la libreta y redactó un poema dedicado al hijo que prácticamente no conocía. Enrique encuentra la hoja que busca, se la coloca a la altura del pecho y pone su voz radiofónica para leer, conteniendo la emoción, aquellos versos de su padre, Antonio Ginés: “A ti también sortijita, mi simpático Enriquín / aunque al padre no conozcas porque eres tan pequeñín / este regalo te hago, con una gran ilusión / esperando que algún día cumplas tu obligación / es de hueso y muy bonita, y así te podrá durar / para que nunca a tu padre, lo tengas ya que olvidar / has nacido en mal tiempo y mala suerte has tenido / no conoces a tu padre, por él estar detenido /cuando crezcas, Enriquín, todo esto leerás / y allá donde te encuentres, al padre defenderás”.

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- Foto: KIKE TABERNER
A su madre, Paca, le tocó sacar adelante a sus cinco hijos en plena posguerra. El mayor de los hermanos, Antonio, tenía 15 años más que Enrique y también ayudó mucho. La madre, sin más recursos, le tocó recurrir a la picaresca para sacarse los cuartos gracias al estraperlo. “Vendía bolsas de arroz de 10 kilos que llevaba a Mallorca o a donde fuera. Mi madre llegó a tirarse de un tren en marcha porque le dieron el soplo de que la fiscalía de tasas estaba en la siguiente estación. También tuvimos la ayuda de la hermana de mi madre, que cuidó mucho de mí cuando me quedé cojo con 18 meses por un ataque de poliomielitis. Era algo muy común en aquella época y en Castellar, en la misma calle que yo, había ocho o diez cojos más, todos de una edad parecida. La vacuna no llegó a España hasta 1945 y no empezó a aplicarse hasta más allá de los 50”.
Enrique tuvo que cambiar el colegio por el hospital San Juan de Dios, lleno de niños como él. Allí se sometió a cinco operaciones en ambas piernas que no evitaron sus deficiencia. Aquel defecto físico le marcó cuando era un niño. “Aunque no tengo un recuerdo de aquello como de algo grave. Los niños se burlaban más de mis orejas, que eran grandes, que de mi cojera. Porque ademas yo fui entrenador de fútbol, de baloncesto, secretario de la unión ciclista…”. A los 13 años, lógico en una familia huérfana de padre en aquellos tiempos tan duros, empezó a trabajar en un austero kiosco que montaron encima de una acequia en Castellar. Allí, en aquel pequeño montaje de madera, pasó una adolescencia llena de felicidad rodeado de revistas, cacau y tramussos.
La radio de la Iglesia
Aquel joven le compraba la cosecha de cacahuetes a un agricultor. A él cada kilo le salía por 4,50 o 5 pesetas y luego le sacaba 20 porque lo vendía a peso en cucuruchos de papel. “Ahí es donde yo gané más dinero”, rememora. Durante aquellos años también se volcó con el deporte y dice que fundó el equipo de fútbol, que entonces no había en el pueblo. También puso en marcha un equipo de baloncesto de chicas.

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- Foto: KIKE TABERNER
Enrique, de repente, se pone a despotricar. No sabemos de qué habla pero parece indignado. “He hecho algo que odio y que tenía prohibido en la radio: decir ‘bueno, pues…’. Eso es una barbaridad lingüística. Se lo dejaba por escrito a mis locutores entre otras normas y eso estaba prohibido”. Pero eso lo descubrió cuando llegó a la radio, después de dejar el kiosco, a los 23 años. Enrique sigue contando la historia mientras apoya las manos en el borde de la mesa donde tiene una cruz dorada, una campanilla y un enorme dado de cristal. En una punta, una lámpara que simula un quinqué, y, al lado, una calendario de mesa y un cuenco con caramelos de limón y eucalipto. Detrás se ve una miniatura de la cúpula del Mercado Central con la veleta de la cotorra. Y a su derecha, una silla de ruedas eléctrica.
Pero estábamos en su llegada a la radio hace 65 años. Enrique se pone a hablar de que llevaba las relaciones públicas de un púgil llamado Manuel Salcedo, del que habla maravillas porque era muy rápido y muy bueno esquivando los puños de su oponente. Por eso, cuando abrieron la emisora parroquial en Castelar, en 1955, le propusieron hacer el programa de deportes. Seis años después el director le explicó que habían tenido que tirar al chico que hacía el programa de música y que quería que lo llevara él también. “Y como tenía que ser un programa de música moderna, decidí llamarlo Discomoder. El primer programa fue el 1 de octubre de 1961 y el último, el 1 de octubre de 2011. Cincuenta años ininterrumpidos. Mi objetivo siempre fue que se llenara de publicidad porque me llevaba un porcentaje y quería ganar dinero”.

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- Foto: KIKE TABERNER
Ahí descubrió la importancia de los fans con unas seguidoras del Dúo Dinámico que se hacían llamar Las Dinámicas. “Sabían más de ellos que los propios cantantes. Así ocurre con el fanático de cualquier actividad. S a mí me preguntas por el Valencia que ganó la primera Copa de España en 1941, yo te hablo de Pío, Álvaro, Juan Ramón, Bertolí, Sierra, Lelé, Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Y te digo que Sierra jugó de titular porque Iturraspe estaba lesionado”.
Ahora asegura que el fútbol actual no le interesa, y, aunque sí ve los partidos de España en el Mundial, prefiere los recuerdos de aquel Valencia campeón y los que vinieron después. Por eso señala hacia la puerta y cuenta que la figura de bronce que hay ahí es una escultura de Puchades. Al lado de otra de Blasco Ibáñez, un águila, un guardia civil, un san Vicente y un san Pancracio
Fundó la 97.7
En uno de los títulos enmarcados está el papel con el que el Ayuntamiento de València informó de que le habían concedido una calle en Castellar. Un reconocimiento a su peso en la radio de la ciudad. Primero como locutor y presentador del mítico programa Discomoder, y después, desde 1992, como fundador de la 97.7. “En la Cope hubo un cambio de directivos y me echaron. Me indemnizaron con 17 millones de pesetas y me marché. Antes de irme les dije que iba seguir en la radio y que pensaba quedarme en la misma escalera. Y así hice. Fundé la nueva emisora con un grupo de amigos inversores, gente como el Dúo Dinámico, Brad Branson, el director de El Águila, el de rosquilletas Velarte… Reuní 100 millones de pesetas y me gasté más de 30 en la licencia. La radio fue un éxito y todavía me acuerdo de Tip, que al verme por la calle Xàtiva, empezó a cantar la sintonía: noventa.y siete punto siete Valencia… Al año ya éramos la emisora de radio más escuchada en València con 172.000 oyentes. Más que la Cope, la Ser y todas”.

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- Foto: KIKE TABERNER
La radio le permitió conocer a gente de todo tipo y con algunos, como con Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, los integrantes del Dúo Dinámico, se convirtieron en grandes amigos. “Ya les entrevisté en Castellar. Vinieron, subieron por la escalerita de la sacristía y entraron en el estudio, que estaba allí. Y desde entonces somos amigos. Eran el no va más. Yo he ido con ellos por Barcelona y a la salida de un instituto, verse rodeados de repente. El semáforo cambió tres veces sin que pudieran avanzar los coches. Las chicas se les tiraban encima”.
Pero a pesar de todo lo que disfrutó en la radio, ahora, a sus 87 años, insiste en que nunca fue más feliz que en el kiosco. Enrique cuenta su vida y apenas habla de su cojera. Por debajo de la mesa asoman dos zapatones ortopédicos con un alza de siete centímetros para salvar el desequilibrio entre las dos piernas. “Estos zapatos me los hicieron los hermanos Mira, en la calle Pelayo, hace 40 años, y mira cómo están… Son buenísimos”. Ninguna discapacidad pudo con él y tuvo una vida de éxito en la radio, con su mujer, que murió por un cáncer hace años, sus dos hijos y sus cuatro nietos. En Castellar es toda una institución y allí tiene hasta un museo con aparatos antiguos y muchas fotografías. La música nunca se ha ido de su vida y por las mañanas, cuando se sienta frente al escritorio, le gusta encender el ordenador y poner una lista con sus músicos favoritos: Julio Iglesias, Nat King Cole, Frank Sinatra…

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- Foto: KIKE TABERNER
Dejamos a Enrique Ginés con la persona que cuida de él. El famoso locutor se queda sonriente, risueño y fresquito. Su memoria es la memoria de la radio en València desde mediados del siglo XX. Y, por suerte, se mantiene intacta a sus 88 años. A la salida, al lado de la puerta, hay un mueble con una gran colección de bastones. Aunque él ya hace tiempo que prefiere moverse con la silla de ruedas eléctrica. La tecnología no es tan mala.