Dos tatuajes llaman poderosamente la atención en el antebrazo de Juan Magraner. Por un lado, el clásico On Air que indica que un locutor está en directo dentro de un estudio. Y por el otro, un micrófono. Así que solo con mirarle el brazo derecho, uno ya se hace una idea de quién es este hombre de 55 años peinado con gomina y que en invierno se cubre la cabeza cada día con una gorra muy característica. Juan es periodista y cada mañana da los buenos días en los matinales de Radio Valencia Cadena Ser. También es un modesto actor de doblaje y un pionero como narrador de audiolibros.
La entrevista se produce en Kilohercios & Decibelios, en la calle Jacinto Benavente, donde están los estudios de grabación para los libros y que hemos convertido en una especie de refugio climático durante una tarde espantosa en plena ola de calor. Benja Figueres, uno de los propietarios de este negocio, fue quien reclutó para la causa al locutor de radio hace más de veinte años. “Los audiolibros eran algo que entonces casi no se conocían aquí”, rememora Juan, que aún recuerda que entró después de superar una prueba con la lectura de un pasaje de ‘Moby-Dick’.
En casa de los Magraner siempre había una radio puesta y el hijo de un contable y una ama de casa se aficionó a este medio. Aquel chaval se despertaba escuchando ‘Los Porretas’, desayunaba con Iñaki Gabilondo, merendaba con Encarna Sánchez y antes de cenar se pasaba por el consultorio de Elena Francis. El sueño, cada noche, llegaba con José María Garcia. Ese niño pasó la adolescencia y un día decidió que quería dedicarse a la radio. No al periodismo, a la radio. Él quería ser Iñaki Gabilondo.

- Foto: KIKE TABERNER
Tres décadas después, la radio suena ahora en su casa, la que tiene con Cruz, su mujer, y donde crecieron sus dos hijos. Uno de ellos, Guillem, el mayor, es baterista de Tenda, un grupo con cuatro discos publicados. Aunque a ellos, quizá, les resulté más familiar el podcast, del que no reniega el periodista de la Ser. “El podcast no deja de ser radio bien hecha a la carta”, aclara. Juan no enciende la radio cuando se despierta porque cada día suena el despertador a las 4:20 horas y, claro, corre el riesgo de que le golpee en la cabeza una zapatilla voladora.
Veintiséis años de madrugones para entrar en la emisora a las cinco y media de la mañana. “Me costó muchísimo acostumbrarme Y te diré que yo creo que nadie se acostumbra a eso Me acuerdo mucho de un médico que me dijo: Juan, mira, la gente no está hecha para despertarse con un despertador: la gente está hecha para despertarse con la luz. Todo lo que sea ir en contra de eso es ir en contra tuya. Vas a tener sueño toda tu vida Y, efectivamente, así es”.
Las malas noticias
Ya hace tiempo que se acostumbró a irse a la cama con todo el mundo en pie, con la terraza del bar de debajo de casa llena de clientes, cuando aún es de día en verano. A las ocho y cuarto, o a las ocho y media como tarde, se encierra en su habitación, lee un rato y se duerme.

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Su vida laboral no empezó delante de un micrófono. Su primer trabajo, con 16 años, fue abrir y cerrar la puerta de la joyería de un tío suyo. La radio llegó en la facultad de Periodismo, en el CEU San Pablo. La universidad privada tenía unos precios muy elevados y eso obligó a Juan a empezar a trabajar como técnico y locutor de la emisora de la facultad en segundo de carrera para no sangrar a su familia. El estudiante, después, pidió hacer las prácticas de verano en la Cope y en Antena 3 Radio. “Y me cogieron en las dos, así que tuve que decir que no a Antena 3. Allí estuve unos años hasta que me llamaron de la Ser”.
Juan entró hace treinta años, en 1996, gracias a una llamada de Bernardo Guzmán, su director hasta hace unos días, para trabajar en Informativos. Aquellos primeros años fueron los del joven que da sus primeros pasos y se deja impresionar por todo: el escudo de las dos grandes emisoras de radio, estudios imponentes, cruzarte un día en el pasillo con José María García o su admirado Iñaki Gabilondo. “Al principio todo te llama la atención, pero lo que a mí siempre me ha causado muchísimo respeto, y me lo sigue causando, es el micrófono. Para mí el micro es hablarle a mucha gente”, puntualiza.
El periodista es incapaz de recordar una buena noticia que le hiciera ilusión contar. Se queda pensativo y renuncia. “No recuerdo ninguna, la verdad. Es que damos tan pocas…”. Pero no olvida las peores: el accidente del Proof Spirit en el Puerto de València, el triple crimen de las niñas de Alcàsser, el accidente de metro y, por supuesto, la Dana. Juan Magraner, ademas, es vecino de Pinedo y tuvo que salir corriendo cuando el pueblo fue desalojado. “Durante toda la tarde ya habíamos visto en la radio que esto se estaba yendo de madre. Llegué a irme a la cama, pero no me dormí. No conseguía conciliar el sueño. Faltaba mucha información, y los que nos dedicamos a esto sabemos que cuando esto ocurre es porque algo se están yendo de madre. A las doce y media, más o menos, llegó la policía y nos pidió que subiéramos a las primeras o segundas plantas. Mi mujer, que es de Castellar, como mi suegro estaba muy malito, bajó a hablar con la policía y le dijeron que lo que venía era muy feo y que corríamos el riesgo de quedarnos aislados, que ya había pueblos así. Nosotros cometimos el error de muchos: sacamos a mi hija de allí y nos fuimos a València. Los dejé a salvo y me fui a la emisora sobre las dos de la mañana. Fue una noche de radio. Yo me fui a la Petxina porque llevaban allí a la gente que habían sacado de los pueblos. Y allí fue donde empecé a darme cuenta de la dimensión de la tragedia porque la gente llegaba desnuda, llena de barro hasta arriba, tapados con mantas… Las historias que contaban eran terribles”.

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El recuerdo triste de las escenas que se encontró los días posteriores parecen empujarle hacia otros sucesos funestos. “Me acuerdo también cuando llegué a la estación de Jesús. Veías a la gente salir y aquello pintaba muy feo. Fue muy duro de contar. Pero lo de la Dana fue otra historia. Recuerdo que un día le pregunté a un militar si el escenario era como el de una zona de guerra. Me contestó que no. Me dijo que en la guerra, la gente se marcha y que aquí les había cogido por sorpresa”.
Los redactores de prensa escrita y los fotógrafos convivían con el horror unas horas, pero luego, protegidos por la distancia, hacían sus trabajo. Los periodistas de radio no tenían ese margen para poner a salvo su alma, a ellos les tocó hablar con el nudo en la garganta. “Yo he llorado en antena”, suelta de golpe. “Y un año después me rompí. Al principio te salva la adrenalina. Es el motor que te mantiene Pero cuando te enfrías y piensas las cosas… A mí todavía se me hace muy difícil recordarlo”.
Actor de doblaje
La Dana le rompió la voz, una voz que un día entendió que debía cuidar y modelar. “Nadie te enseña a trabajar con la voz, y yo me di cuenta de que había cosas que hacía mal. A mí no me encargaban las cuñas de publicidad. Entonces te das cuenta de que no todo se cuenta igual. Empecé a buscarme la vida con cursos y a finales de los 90 encontré uno sobre locución publicitaria. En el cartel ponía en grande: ACTOR DE DOBLAJE. Y en pequeño, locución publicitaria. Ahora soy un actor de doblaje muy secundario. Los papeles que me dan son Señor 2, Camarero 1, Soldado 3 y cosas así. No tengo grandes papeles. Pero me encantó y aprendí una barbaridad sobre la voz”.
Luego vinieron los audiolibros. No todos se graban (o se leen) a la misma velocidad. Depende de si tienen palabras en otros idiomas, de si hay muchos diálogos o no, u otros factores. “Aquí trabajas con un técnico que, a la vez, es quien te dirige un poco y te dice si se entiende bien o no. Si le gusta la entonación o no. Una novela de unas 300 páginas suele durar entre 17 y 20 horas. Y eso en sala es el doble, el triple y a veces incluso algo más”.

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No sabe cuántos ha grabado, solo que han sido “cientos”. También sabe que fue de los primeros en València en dedicarse a este novedoso oficio. A veces le toca poner un tono latino neutro, como en esas películas que se ven en los aviones de los vuelos transoceánicos. Su primer gran título fue ‘Patria’, la obra maestra de Fernando Aramburu. Siempre es su voz y en los diálogos cambia algo el tono, pero no imita acentos ni géneros. “Eso queda fatal”, asegura. “Al principio recuerdo que veníamos aquí a grabar sábados, domingos y fiestas de guardar porque había muchísima cola. Ahora hay más voces y se reparte más”.
Pero si por algo es fácilmente reconocible Juan Magraner es por una frase: “Por fin es viernes”. El comentario que hace cada viernes y que adoran sus oyentes. “Si un día se me olvida, protestan o llaman a la radio para que la diga”. La frase también la lleva tatuada, debajo del micrófono. Una anécdota que le demuestra lo cerca que está la audiencia. Por eso hace años tomó la decisión de tutear a los oyentes. “La radio es un mueble más de las casas. Formas parte del día a día de la gente. ¿Cómo voy a hablarle de usted a esas personas? Para mí no tiene ningún sentido. Hay gente que me lo ha afeado, pero yo lo tengo clarísimo”.

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Juan se mete ahora en una cabina completamente gris para hacer una demostración de cómo graba los audiolibros. Primero entra en una de las tres cabinas insonorizadas que hay al final de una sala, cierra la puerta y se coloca delante de un micrófono con un filtro debajo y la ‘tablet’ en la que lee el texto. Ahí ha leído de principio a fin ‘Patria’, ‘Todo esto te daré’, ‘El silencio de la ciudad blanca’, ‘El lápiz del carpintero’ y muchos más. Cuando empieza a modular la voz, comienza también a gesticular y a mover las muñecas llenas de esas pulseras con los chacras y un reloj deportivo. Su deporte es el gimnasio. También le gusta caminar y eso le ha llevado alguna vez hasta la Catedral de Santiago.
Una vez, él, lector empedernido, vivió una situación que le enseñó la importancia que pueden tener los libros hablados. Aquella historia la vivió con un paciente que había sufrido un accidente cerebral y no podía leer. “Me acerqué a la clínica y aluciné. Ahí vi lo importantes que eran para él los audiolibros”, explica. La conversación, como los buenos libros, también ha llegado a su fin. Toca despedirse, verle salir cargado con una de esas mochilas militares que llevan los aficionados al Hyrox y al CrossFit, y regresar a la crudeza de una tarde de verano. Fin.