Karen es psicóloga y bailarina y tatuadora y activista y pacifista y quién sabe qué más. Karen tiene los ojos muy azules, un flequillo muy rizado y está muy orgullosa de vivir en la acampada de la plaza del Ayuntamiento. A Karen le gusta decir que, dentro de la acampada, habita en el barrio del Clavenyal, una fusión entre el clavel, la flor, y el Cabanyal, uno de los barrios más castizos de esta València con los precios de la vivienda por las nubes. Por eso y por otras razones, el 5 de octubre plantó su tienda frente al consistorio y ahí sigue a pesar de la incomodidad, los insultos de los fascistas que se acercan a provocar y la madre de todas las tormentas.
Karen Àngels Sánchez López no tiene miedo a que esta entrevista quede para siempre en internet y que pueda perjudicarle en un futuro. “Si alguna empresa no me quiere porque soy así, mejor, esa empresa no está hecha para mí”. La frase es rotunda pero esta joven de 25 años habla con mucha calma y mucha paz. Se la ve feliz en esta lucha por el derecho a la vivienda que ha sacado de habitaciones miserables por un dineral a decenas de jóvenes. Ella, cuando vivía en Barcelona, pagaba más de 300 euros por un cuchitril con chinches pero sin luz que casi le arrancaba la dignidad.
La mañana está soleada y tranquila en este poblado de tiendas Quechua. La poca gente que está a mediodía, mientras muchos están en clase o trabajan, se dedica a diferentes funciones, como vigilar los accesos, cocinar, barrer, preparar actividades culturales o trabajar en el archivo, un proyecto con el que intentan que quede constancia de lo que está pasando estos días en el cogollo de la ciudad. Karen se encuentra en una esquina con otros chavales junto a una gran cartulina morada que han dejado en el suelo para dibujar objetos o palabras o frases que les inspire la acampada. Los turistas, mientras, les hacen fotos como si fueran un monumento.

- Foto: KIKE TABERNER
Karen nació en Xirivella, pero ella dice que se siente más identificada con el pueblo de su madre, Piqueras, una aldea de la provincia de Guadalajara con un puñadito de habitantes. Ella se siente más manchega que valenciana. “Yo sé más de gazpachos que de ‘arrós amb fesols i naps’”. Su madre es auxiliar de enfermería, aunque también trabajó en el bar de sus padres, y su padre es bombero, pero, como ella, es muchas más cosas. “De los dos he heredado esa vocación de luchar por tus derechos”. A su madre no le hacía mucha gracia que se fuera a dormir sola en una tienda de campaña y cada vez que ve algo sobre la gente que va a amenazarles, se le encoge el corazón. “Pero ella sabe perfectamente que tengo que estar aquí”, dice, mientras esboza una sonrisa tierna.
El primer día acampada
La plaza tiene sus subidas y sus bajadas. La rutina la va desgastando, pero sentir que está haciendo lo que toca, “es revitalizante”. A veces vienen sus padres de visita. Otro día aparece su hermano y les ayuda con los toldos. “Cuando los veo me da alegría porque ellos son como mi zona de confort”.
Karen llegó el día 5, un lunes, cerca de las ocho y media de la tarde. Le hubiera gustado estar en la manifestación del sábado, pero ese día lo pasó en el pueblo: eran las fiestas de Piqueras y eso no se perdona. “Pero en cuanto vi todo lo que se formó, ya quería estar aquí. El lunes acabé las clases, fui a casa a coger las cosas y me vine. Ninguna de mis amigas quiso venir y me planté aquí un poco sola, pero en seguida me sentí como en casa”.

- Foto: KIKE TABERNER
Llegó al ocaso y le sorprendió que estaba todo organizado. Ese día todavía eran cien o doscientos, pero en unos días ya era más de setecientos. Karen llegó, asistió a la asamblea, donde recalcaron que eran un movimiento pacifista, se unió a los cánticos del grupo, y luego fue a la zona donde cocinan y cenó unas verduras asadas. Después se metió en la tienda y se durmió. A las cinco se despertó porque a una compañera que sí había vivido la lucha encarnizada de la manifestación del sábado le entró un ataque de ansiedad. A la mañana siguiente, se despertó y fue a conocer a sus vecinos.
Ya han pasado más de dos semanas, casi tres, y no se ha arrepentido. “Me da la sensación de que la mayoría de la gente se va por la mañana a hacer sus cosas, pero yo voy por la tarde. Así que por las mañanas estoy en la comisión de cultura (ellos lo llaman Comissió de Kultura). Estamos para quien quiera venir a proponer talleres y cosas así, y les ayudamos a dinamizarlos o a preparar otras actividades. Y si me sobra algún rato, que no me suele sobrar, me voy al Clavenyal, estoy un rato y después, por la tarde, me voy a trabajar”.
El Clavenyal está en el lateral más próximo a la fachada principal del ayuntamiento. Allí han colgado claveles rojos frescos y también han repartido unas macetas pequeñas. En una tienda tienen amarrada la bandera republicana. Y, al lado, hay una farola con otros dos claveles. Pero la conversación transcurre bajo una carpa junto a la zona de cultura. Karen lleva una camiseta azul de Adidas, un pantalón de chándal de la misma marca y unos zapatos que parecen de charol, con una hebilla, y calcetines blancos.
Las partidas de cartas
Cuando Karen vuelve de trabajar, por la noche, cena y después juega a las cartas con los amigos que ha hecho en su barrio. Entre todos se han inventado un juego al que llaman Clavel, pero, en realidad, es uno que ya existe. También les encanta jugar a ‘Yo nunca’ porque es una forma de conocerse más rápido. Otros días se dedican a hacer autodefinidos en grupo. Y así, entre juegos y tertulias, están hasta las dos, la hora tope para irse a dormir, que al día siguiente se levanta a las ocho y media.

- Foto: KIKE TABERNER
Karen estudió Psicología. Salió del instituto y no tenía ni idea de qué hacer. Le dijo a sus padres que quería pasarse un año sabático para encontrar su sitio y ellos le dijeron a su hija que ni hablar. Así que el último día del plazo fue y se matriculó en Psicología. “A ellos les ha costado mucho ganarse la vida y ver a su hija un poco desperdigada, les daba miedo. Al final la carrera ha sido una de las mejores experiencias de mi vida porque encontré un grupo de amigos que me han enseñado a ver la vida de una forma más esperanzadora, y me hicieron sentirme parte de algo”.
Esta joven valenciana de raíces manchegas había dedicado algunos años a la danza, pero se lo dejó para centrarse en la carrera. Cuando la acabó, le daba ansiedad imaginarse en una oficina trabajando ocho horas al día, así que volvió a bailar en serio y le salieron varios trabajos. Karen pasó por un par de academias y después se mudó a Barcelona para aprender de unos bailarines concretos. Antes, en la pandemia, empezó a dibujar y a ver tutoriales de tatuaje. “Total, que acabé aprendiendo y tatuando a mis amigos, así que vivía un poco de eso, de la danza y de un comedor en el que cuidaba a niños. Pero me di cuenta de que lo hacía todo sola y eso nunca me ha gustado. A mí no me define mi trabajo. Yo puedo decirle a alguien que soy bailarina, a otra que soy psicóloga y las dos serían verdad. Por eso a mí lo que me define es la gente con la que me junto y por eso mismo no me quedaba ningún fin de semana en Barcelona”.
La ciudad condal no le gustó. O sí le gustó, pero no cómo la contamina el turismo masivo. Un día quería irse a leer a una plaza bonita o a un rincón bucólico y veía que era imposible hacerlo sin decenas de turistas. “Eso me tiró para atrás. Eso y que vivía en una habitación sin luz, junto a un deslunado que olía fatal, con las paredes sucias y llena de chinches. Pagaba 300 euros y algo. Un abuso. Pero no podía permitirme nada mejor. No aguanté más de un año. Un día, en enero, cogí y me volví a València para hacer el máster de Psicología General Sanitaria”.
Reacción a las provocaciones
Los jóvenes no paran en la acampada. Un chico friega a fondo la fuente de agua. Otra barre y se ayuda de un recogedor. Otros preparan la comida con las manos metidas en unos guantes azules. Otros hacen sudokus sentados en sillas de camping. En una mesa hay un ejemplar, empapado, del libro ‘Alienación y aceleración’, de Hartmut Rosa. Las tiendas, muchas con símbolos políticos o carteles que invitan a participar de la huelga general del 11N, están repartidas por zonas y entre medias hay algo parecido a unas calles a las que van poniendo nombre: carrer de la III República, avinguda A lo hecho, techo, Vila Bolleretes. En los bordes, junto a las vallas, hay palés de madera con flores y un dibujo con un gran buitre negro que está devorando una vivienda. También hay buzones para dejar sugerencias o una tienda con unas plaquitas solares o garrafas vacías donde los fumadores depositan las colillas.

- Foto: KIKE TABERNER
Nada de eso llama ya la atención de una vecina veterana como Karen. Ella se fija más en los altibajos de la gente. Porque también hay días malos y otros que lo son pero se enderezan porque un amigo se acerca y le trae un Danonino, que le encanta. “Aquí hay como muchas emociones, pero si quieres encontrar la calma, la encuentras. Y también sientes que a esta gente, con la que llevas 15 o 20 días, la conoces de toda la vida. También hay días que vienen los nazis a insultarnos, pero tenemos como unos protocolos para mantener la calma y no caer en las provocaciones”.
El sábado día 17 les cayó encima la Dana. Una tormenta tremenda que puso a prueba la determinación de esta gente. Lo fácil hubiera sido irse, pero aguantaron el chaparrón. “Yo lo viví con miedo porque se iluminaba todo el cielo y caía mucha agua. Para tranquilizarnos nos hablábamos de tienda a tienda, y nos asomábamos por las puertas entreabiertas. Nos íbamos dando ánimos y calmándonos. Mi tienda es impermeable y encima tenía un buen toldo, pero en la zona del 15M -las tiendas que hay junto a la gran fuente que hay en mitad de la plaza- lo pasaron mucho peor porque corría como un río y se inundó todo. Pero resistimos y fue como una demostración de fuerza del grupo, de que nos podemos gestionar tanto en los días soleados como en los peores”.
No sabe a quién votar
El último domingo salió de la tienda y se fue casa de sus padres porque tenían comida familiar y además le gusta pasar a cuidar de su madre, que tiene problemas de espalda. “Así que fui a ver a la familia y dormí en casa para volver el lunes a tope”. Karen no sabe hasta cuando estarán allí. Alguien se acerca y comenta que la alcaldesa ha anunciado que tiene intención de plantar el árbol de Navidad más pronto que nunca. Karen dice que María José Catalá no se acerca a hablar con ellos, y que ella, si la tuviera delante, solo le preguntaría que por qué permiten los desahucios.
De repente hay un montón de moscas revoloteando por allí. Sobre una especie de atril alguien ha puesto un libro para que la gente escriba lo que quiera y que quede para siempre en el archivo en el que trabajan. Algunas personas mayores entran para hablar con ellos y darles ánimos. Dicen que se sienten orgullosos de ellos. Otros no son tan simpáticos: también hay quien se asoma y les llama perroflautas y vagos. Karen les escucha y trata de entender qué habrá en su cabeza, por qué piensan así. Ella, polifacética, no comprende que les insulten por defender el derecho a una vivienda digna.

- Foto: KIKE TABERNER
Mientras se acercan las elecciones y Karen asegura que no sabe a quién votar. No parece convencerle nada. Ni la derecha ni una izquierda que parece haberle defraudado. “Espero a que algún partido deje de apelar a la política del miedo, de frenar a la ultraderecha, y ofrezca algo que nos convenza. Así que no sé si voy a votar. La única certeza que tengo es que, pase lo que pase, yo confío en el pueblo. Ver que somos capaces de salir a la calle me da esperanza”.
Karen se toca un par de colgantes mientras habla. Uno se lo hicieron con resina los amigos del pueblo con la imagen de las flores de Piqueras: unos girasoles y lavanda. Todos se despiden y se van a diferentes puntos de España, pero eso les une estén donde estén. El otro es una medalla que se puso en una cadena que se compró el día antes de marcharse de Barcelona. “Para mí tiene un significado y es como que al final siempre te llevas algo de los sitios donde estás”.
Karen se despide llevándonos a su casa. Pasa por la zona de la comida y se le van los ojos detrás de las lentejas, las albóndigas y los macarrones. En la puerta de su tienda, como en los pueblos, hay dos vecinos charlando a la fresca mientras lían un cigarrillo. Luce un sol radiante y todos parecen felices. Se hablan con cariño y da la sensación de que realmente están contentos de vivir en ese barrio, en el Clavenyal.