València

EL CALLEJERO

Pedro, el grafitero que pinta aves por todas partes

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VALÈNCIA. El parc de les Barraques, en Catarroja, es un lugar peculiar. Y muy tranquilo. A mitad mañana solo hay un chico sentado en un banco de madera mientras prepara un termo con mate. Al lado hay un bar cerrado con las mesas y las sillas apiladas. La caseta está decorada con un par de aves. En un lateral hay un ‘collverd’, y en otro, una lavandera o ‘cueta blanca’. Estas dos especies no están solo pintadas en dos paredes encaladas. Ambas están presentes en este parque que ha recuperado la vida, gracias al programa Alcem-se de Juan Roig, después de quedar arrasado por la Dana. Pedro Mecinas, el grafitero que ha dibujado esas dos aves y que firma su obra como Dhos, cuenta que algunos árboles enormes los arrancó la barrancada y aparecieron mucho más allá. Ahora el parque está bonito pero conserva una decena de tocones de árboles heridos de muerte.

Al lado hay un pequeño estanque donde nadan en fila los patos. El vecindario salió a defenderlos cuando alguien quiso sacarlos de allí cuando el parque estaba patas arriba. Pero ganó la gente del pueblo y allí siguen su vida. Un símbolo que surca el agua. De fondo se escucha el fino canto de la lavandera. Pedro entra por un extremo del parque con la ropa llena de motas de pintura. Su cabeza parece la de un ave también, con una llamativa franja blanca en mitad de la cabellera negra. Es Pedro Mecinas, que este sábado cumplió 39 años y lo celebró a lo grande porque desde la Dana siente la necesidad de vivir el presente y celebrar la vida, que no es poco.

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“Lo voy a celebrar por todo lo alto”, cuenta. “Antes no lo celebraba pero desde la Dana me gusta juntar a toda la peña. Vamos a dar un paseo en barca con un amigo que es barquero, luego nos vamos a comer y después, a bailar. Tengo muchas ganas”. El torrente de agua, barro y cañas arrasó su planta baja, donde tenía el taller. Él estaba en Almansa ese día y gracias a eso no perdió la furgoneta. No se libró el equipo de fotos, que también usa para otros trabajos.

Pedro vive en Catarroja desde los 20 años. Antes pasó la infancia y la adolescencia en Quart de Poblet, donde nació. Su madre, que se había separado, encontró una casa a muy buen precio y se mudaron allí. “Eso ahora es impensable”. De pequeño se le daba fenomenal el dibujo. “No he hecho otra cosa, aunque también me he dedicado a la fotografía. La imagen fija me interesa desde pequeño”. Sus primeros retratos los hizo con una Praktica, una cámara alemana, de su abuelo.

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Aves en la Albufera

Al Pedro de 2002 le gustaba pintar paredes en València y hacer fotos para documentarlo todo. “Tengo un archivo chulo”. Siempre fue un tipo brillante. También en lo académico. “Yo era de los empollones tanto en el Bachillerato como en la universidad, cuando estudié Bellas Artes e hice el máster de fotografía”, dice como avergonzado.

Ahora asegura que tardó en centrarse y que no ha sabido lo que quería hacer hasta los últimos diez años. Antes afirma haber “vivido la vida”, con trabajo, pero sin ser tan serio. Fueron años de muchos viajes y de pintar de una manera más libre. Ahora es su profesión y muchas veces su oficina está frente a la persiana de un comercio que quiere decorar o rotular su fachada. “De pequeño pintaba más letras y dibujos tipo cómic”. Era la época que se dejaba atrapar por Dragon Ball, Evangelion, Arale… Manga a granel. Ahora, máss diverso, se deja aconsejar por los vendedores de Futurama y lee de todo.

Lo primero que pintó en la calle fue en el instituto La Senda, en Quart de Poblet. Pedro le propuso al director dibujar en las paredes del centro educativo. “Fue una tontería. Hicimos unas letras y unos dibujos tipo Hanna-Barbera”. Luego, tiempo después, llegó el primer trabajo remunerado. Aquello fue en un bar de un amigo de su madre, la bocatería Zamora. “Me pagaron 180 o 200 euros de aquella época, que para un chaval era mucho”. No lo ha olvidado.

Además de la pintura y la fotografía, también le ha fascinado la fauna. Su sueño siempre ha sido vivir en una granja en el campo. “Las aves me han gustado desde siempre y a raíz de la Dana me dio por pintarlas en la Albufera porque tengo algunos colegas que se dedican al arroz en Sueca y les pedí permiso para pintar en las casetas que tienen al lado de los campos. Hice la primera y a la gente le moló. Eso me animó y empecé a documentarme y a entrar en contacto con ornitólogos y biólogos”.

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Después de aquel primer martín pescador “azulito” vinieron muchos más. Su popularidad fue creciendo y sus aves volaron desde la Albufera hasta el Centre del Carme, donde ha decorado el claustro. La Dana le dio cierta notoriedad y, aunque lo dice con la boca pequeña, como si le supiera mal por la gente que lo pasó fatal -él y mucha gente conocida también lo pasaron mal-, las ofertas de trabajo se han multiplicado desde entonces. El Centre del Carme iba buscando a un artista para que hiciera unas pinturas en el claustro. “Yo en ese momento estaba pintando las bandadas de aves con el concepto ‘Alçar el vol’. Porque lo que más me flipa de las aves es ese sentido de unidad que tienen. Es pura magia. La Dana coincidió con ese lema y el museo me contactó. Iba a estar un año, pero me han dicho que no lo van a quitar”.

La Dana le dio un golpe, aunque el trabajo se disparó y le llegaron muchos encargos. “Muchos clientes me pedían trabajos para comprármelos y ayudarme. Pero casi todo mi trabajo lo hago en la calle y por eso no tengo obra, así que me puse a pintar y, como soy muy nervioso, voy bastante rápido. Yo he tenido mucha suerte”. La lavandera que tiene a sus espaldas es una de sus últimas creaciones. Luego, esta semana, se desplazó hasta el Cabanyal para dibujar una gaviota para el dueño de una papelería. No para.

Con el tiempo ha ido aprendiendo de ornitología. Pedro aclara que no es un experto, aunque lee mucho sobre este tema. “Yo no sabía nada, pero ahora ya controlo algo. Mis amigos se burlan de mí”. Pero su mente está bien abierta y no es un elitista. Su trabajo no se limita a los pájaros o a las persianas. Pedro advierte que él trabaja de lo que pidan, que pinta cualquier cosa.

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Ahora, otras especies

Ahora quiere dar un golpe de timón y empezar a pintar el resto de la fauna que habita en la Albufera. “Voy a pintar otras especies y las voy a relacionar con la Dana porque muchas se han visto afectadas por esa carga de residuos que dejó. Me gustaría que tuviera difusión y recaudar dinero para hacer una web o un libro y divulgarlo. Y si no, como soy muy cabezón, lo acabaré haciendo yo solo. La base teórica me la van a dar los biólogos de la Albufera, que ya he hablado con ellos”. De las aves va a pasar a las ranas, las musarañas, los erizos, que mueren atropellados a mansalva en la carretera del Saler, microorganismos, o las tortugas, como el galápago leproso, que se está viendo desplazado por especies invasoras y por la mala calidad del agua.

La pasión por la fotografía la tiene tatuada en el torso. Ahí, de hombro a hombro, tiene los números que determinan la apertura del diafragma de la cámara de fotos: 1.4, 2, 2.8, 4, 5.6… A los lados, dos golondrinas. Los pájaros también revolotean por su cuerpo y van anidando en sus piernas. A los 26, antes de irse a Tailandia, también se tatuó la mano con una mujer y las letras de la palabra amor.

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A veces también le gusta coger un libro, subirse a la bicicleta y marcharse a pasar un rato tranquilo en el puerto de Catarroja. “Es un buen sitio para relajarse y ver volar a los estorninos”. Allí, a veces, se encuentra una pared blanca y se imagina todo que podría pintar. Por eso agradece a la dueña del bar del parque de les Barraques porque le dejó hacer lo que quisiera, y así fue como pudo seguir con la tradición que se ha impuesto de pintar algo el primer día de cada año. El último 1 de enero hizo la lavandera. Antes ya había pintado el pato, que representa a los ejemplares que hay en el estanque. Después de la Dana quisieron llevárselos, pero Pedro y varios vecinos más se opusieron y salieron triunfales. Ahora cuenta feliz que han criado y se están reproduciendo.

Pedro mira el parque con cariño. La terraza del bar se extiende bajo unos naranjos y limoneros. Pasa una pareja que pide perdón porque el perro, que es ciego, se desorienta y ha acabado con el muralista. Pedro nos lleva después hasta el puerto de Catarroja, donde tiene otro mural con una bandada de moritos, el lema ‘Alçar el vol’ y una dedicatoria a Lucía, su chica. “Este lo hice en dos días. Yo es que pinto muy deprisa”. En la parte de abajo todavía se percibe, a un metro de altura, una franja marrón que tizna la pared desde el terrible 29 de octubre de 2024. Alrededor, el pantalán, las barcazas y un algarrobo.

Dhos, el artista, se despide con una súplica. “Hay que apoyar el arte. Al final vamos hacia un mundo de pantallas y de IA, y las humanidades son importantes. Relacionarnos, hablar con un vecino. El arte ayuda a relacionarse. Yo estoy muy cansado con los egos en general”. De momento gana el pulso. Pedro es un tipo humilde y por momentos cariñoso. Eso debe ser porque desde que pinta a las aves, le han crecido unas alas que le permiten volar por la vida libre y feliz.

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