Raúl Mestre es un tipo muy alto y algo serio que parece no saber quitarse la cara de póker. Los naipes son su vida. Corazones, diamantes, tréboles y picas. Pero no esperen glamour, partidas épicas y gafas de sol con cristales de espejo. Raúl es un tipo corriente que ha convertido el póker en su profesión y que, lejos de considerarlo un juego de azar, lo aborda casi como una operación matemática. El protagonista llega a la entrevista guiado por ChatGPT y con una camiseta con un as de picas en el pecho.
No presume de glamour, pero un poco sí que le rodea. Raúl viene de jugar un torneo internacional, el PokerStars European Poker Tour, en Montecarlo, en el Sporting, un edificio emblemático donde se celebra el famoso Baile de la Rosa. De allí salió con un premio en el bolsillo de 129.000 euros por su séptima posición. No se da mucha importancia y cuenta que durante una década ha estado alejado de las mesas de los grandes torneos porque centró toda su energía en poner en marcha y rentabilizar una escuela de jugadores de póker. Este año se propuso jugar cuatro grandes torneos. Dos ya han pasado, París y Montecarlo, y le quedan otros dos, Barcelona y Praga.
Ya se había cansado un poco de la adrenalina del póker en vivo, pero ha recuperado la pasión a sus 44 años después de que un patrocinador, PokerStars, le propusiera grabarle durante las partidas. Y eso le convenció. Le gusta poder contar desde dentro cómo es el juego. “Aunque luego nunca sabes si vas a durar mucho o no. Esto no es como el tenis, donde los mejores siempre suelen llegar a las semifinales. Aquí todo es mucho más incierto. El póker tiene ese componente aleatorio, aunque los mejores jugadores, a la larga, siempre son los que acumulan más ganancias. Yo en Montecarlo tuve la suerte de acabar séptimo de mil participantes, que es algo muy complicado, y eso me dio muchos días de grabación junto a jugadores de altísimo nivel”.

- Foto: KIKE TABERNER
Los jugadores, para disputar un torneo como el de Montecarlo, tienen que abonar primero una inscripción de 5.300 euros. “Unos 500 se lo quedan de gastos de gestión y el resto, más o menos, va a una bolsa para premios. Calcula que si son mil jugadores estamos hablando de cinco millones”.
Después de tantos años y de una gran reputación, Raúl Mestre solo ha ganado un torneo, en Londres, hace 13 años, un dato que habla de la dificultad de ser el mejor después de varios días. Sus mayores ganancias llegaron en 2008 con el cuarto puesto que consiguió en Barcelona. Lo mejor de todo es que llegó al póker de rebote. Nunca le había llamado la atención. Raúl empezó a estudiar Química. Nunca le habían gustado las apuestas de ningún tipo, ya fuera con cartas, máquinas tragaperras o el giro hipnótico de una ruleta. “Más bien me provocaba algo de rechazo”, recuerda. Hasta el verano de 2006, cuando la vida le repartió nuevas cartas.
Juegos de estrategia
A Raúl siempre le habían apasionado los juegos de rol y de estrategia. Su perdición era ‘Magic: The Gathering’, un juego con el que llegó a competir en el extranjero. Un amigo intentaba convencerle para que se pasara al póker. “Decía que se me iba a dar bien y que iba a poder ganar mucho dinero. Un día se plantó en mi casa y me instaló el software. Él me empujó muchísimo para que diera el paso. Y hoy se lo agradezco. Aunque yo, al principio, accedí para ver si ganaba algo y así podía competir en más torneos de Magic. Ese era mi enfoque”.

- Foto: RAÚL MESTRE
Ese verano, después de acabar cuarto en la carrera, empezó a jugar. Desde el primer momento se le dio bien. “Siempre he tenido un enfoque muy analítico, muy estratégico”, explica. Después de verano retomó los estudios, pero en Navidad tomó la decisión de dejar la carrera. Raúl miraba la cuenta bancaria y lo veía claro. En un mes había ganado más que su padre en dos años. “Me planteé probar en serio. ¿Qué podía perder? ¿Un cuatrimestre? Si veo que no es viable, siempre puedo volver atrás. Yo había depositado 100 dólares al principio y en cuanto gané 200, aparté esos 100 para recuperar el único gasto que había hecho”.
Ese primer año sabático fue un viaje de no retorno. No volvió a coger una probeta en su vida. A sus padres les dio un síncope. En su cabeza, su hijo había renunciado a un título universitario para ponerse a jugar a las cartas. Raúl tuvo que irse de casa porque sus padres no lo aceptaban. Su padre se había pasado media vida en la redacción del periódico ‘Levante’ como jefe de talleres y corrector ortográfico. No entendía lo que hacía su hijo. Un hijo que, además, siempre había sido el más responsable.
Pero lo que hacía su hijo no era irse con los amigos a perder el tiempo en una mesa llena de humo y vasos de whisky. Raúl, al menos los dos primeros años, trabajaba 14 horas al día de lunes a domingo. “No paraba más de cinco días al año. No exagero. Por las noches soñaba con cartas y con números y con tablas de Excel y con bases de datos. Mi hermano se cambió de carrera y salía de fiesta hasta las tantas. Ese nunca fue mi mundo. Mi madre lo entendió antes, cuando vio que en seis meses no le había vuelto a pedir dinero. Y mi padre creo que sigue sin superarlo y todavía me echa en cara que no terminara la carrera”.
Amigos en paro
A Raúl le cuesta reconocer que tiene unas cualidades innatas para jugar al póker, aunque sí admite que siempre ha tenido una mentalidad “muy analítica”. El póker juega con las probabilidades y eso se le da bien. “Eso ha sido así desde pequeño por cómo funciona mi cerebro”, expone. Al principio se dedicaba a los ‘cash games’, que se juega con dinero real, y los torneos, que se juegan con fichas, los dejaba para romper la rutina y jugar a un ritmo más relajado. “Los primeros 10 o 15 años de mi carrera fueron así, jugando partidas de cash games. Hasta que fui padre y entonces decidí montar una escuela de póker. Yo empecé en 2006 y me fue realmente bien a partir de 2008, que coincidió con la gran crisis del ladrillo. Los amigos de mi edad estaban sin trabajo y muchos me pedían cómo empezar a jugar porque la alternativa era irse de camareros por muy poco dinero y en negro. En medio año tenía ya a 25 alumnos. Me grababa vídeos o escribía artículos porque era imposible juntar a los 25. Hasta que llegó un momento en el que entendí que sería más práctico montar una escuela de póker. Entonces solo había alguna anglosajona que no lo hacían demasiado bien. Como no podía con todo, decidí dejar de jugar porque es muy exigente con tu tiempo y yo quería pasar más rato con mi hijo. Ya llevo casi 20 años y ahora me dedico a trabajar como coach de jugadores profesionales”.

- Foto: KIKE TABERNER
Su negocio es infalible por la simple razón de que el jugador de póker vive en constante aprendizaje. Hay que mejorar cada año, aprender más, estudiar más. “Si tú dejas de mejorar, te adelantan”, resume. “Si te enfrentas al que te ganó hace cuatro años y ese no ha seguido mejorando, le ganas casi seguro”.
Durante diez años fue únicamente empresario con EducaPoker, profesor y padre. Hasta que PokerStars se cruzó en su camino y le ofreció volver a los torneos para grabarle y mostrárselo a su público. “Y eso me seduce. Me gusta que me graben y mostrarle a la gente lo que hago”. Adrián Mateos, el número uno de los jugadores de torneos en España, fue uno de los que pasó por su escuela. Hace unos días ganó 6,3 millones de dólares… Aunque no tributa en España.
A Raúl Mestre le gusta quitarle aura a los torneos de póker. El jugador profesional asegura que el cine es muy poco fiel a la realidad. Solo salva, “de manera tangencial”, una película de 1998, ‘Rounders’, protagonizada por Matt Damon. “Las de James Bond y muchas otras no tienen nada que ver con la realidad”. Ningún director saca en sus largometrajes las horas de estudio de un jugador de póker. Eso no es atractivo. Solo interesan el golpe de suerte, la adrenalina y el drama.

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El tópico del jugador con gafas de sol es eso, un tópico. “Es que no te ayudan en nada. Si no juegas estructuralmente bien, con un fundamento matemático, no tienes nada que hacer. El póker tiene mucho de matemáticas y nada de fantasía. Las gafas las lleva un jugador inseguro, que no esta acostumbrado a jugar en vivo. Y los faroles no son tan habituales. En una partida en vivo, las matemáticas son un 95% del juego”.
Ya hace años que se acostumbró a ser el bicho raro en los grupos. El hombre que no trabaja en una oficina y tiene un jefe al que odia. Por eso entiende que cuando conoce a gente nueva, le hagan siempre las mismas preguntas: ¿Cuánto ganas?, ¿Cuánto depende de las matemáticas y cuánto de la suerte? “Aprovecho para decir que lo de las matemáticas es complejo porque tienes un tiempo para actuar y eso requiere de mucha agilidad mental, de tener todas las probabilidades en la cabeza, entender cómo esas probabilidades interactúan con las decisiones que tú tienes que tomar. Al final es una cuestión sencilla, cuando yo hago una apuesta tengo un riesgo, la cantidad que apuesto. Cuando el oponente se retira, yo gano una cantidad y, por eso, tengo que estimar si mi riesgo compensa las veces que él se vaya a retirar. Y eso es pura matemática. Tienes que ser muy preciso”.
También le preguntan mucho por la fiscalidad. Raúl explica que se han conseguido algunos avances porque antes era una profesión que no estaba considerada y eso tenía un perjuicio, que solo se tenía en cuenta el dinero que ganabas. “Siempre le digo a mi mujer que vivir en España es uno de los mayores lujos que nos podemos dar”.