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el muro / OPINIÓN

Volver a las raíces

Durante la pandemia muchas familias han descubierto que tenemos un interior fascinante y han regresado a su pasado

13/09/2020 - 

Aquellos cuya adolescencia transcurrió entre finales de los años sesenta y mediados de los setenta del pasado siglo recordarán lo mucho que socialmente ha cambiado la forma de “veranear” o, simplemente, pasar un día de playa o un domingo de buen tiempo. Por aquel entonces, a la playa se acudía en tranvía o seiscientos, con nevera de hielo y bocadillos incluidos y apenas un par de toallas. Nada de geles o protecciones anti sol 30, 40, 50, 60, 200, ni sombrillas al uso. Eso no existía o era snob o de rico. Resistíamos con un gorro de algodón, muchas ganas de diversión familiar y pasar el día en el agua sin colchonetas ni cisnes.

Se “veraneaba” en los pueblos hasta que llegó el desarrollismo y comenzó a invadir el litoral, sobre todo mediterráneo. Los primeros “desarrollistas” celebraban fiestas invitando a la familia para exhibir sus logros. Existen fotos de nuestro Mediterráneo de finales de los sesenta que nadie imaginaría. El Perelló, Gandía, Alicante, Torrevieja, Moncofar o Cullera y todo el sur de la provincia de Alicante, por apuntar escenarios, eran plena huerta o arrozal, sin carreteras ni variantes norte/sur: auténticos vergeles.

Los domingos se consumían con equipos de camping -mesitas y sillas plegables y ajuares de plástico- bajo los pinos de El Saler o Portaceli, por poner dos ejemplos. Eso de viajar, como mucho, era por nuestro interior o no más allá de Madrid. Se hacía en seiscientos o los primeros modelos de Simca y Citroen. Lo máximo era cruzar los Pirineos y alcanzar alguno de los pintorescos pueblos junto a la frontera pirenaica.

No es nostalgia. Lo que se vive es experiencia. Hasta recuerdo inolvidable. Pero mucho de eso, aunque ajustado a nuestro tiempo tecnológico y moderno, ha sucedido durante estos últimos meses o han puesto en práctica numerosas familias y parejas sin haberlo vivido antes. Por muchas circunstancias: no poder cruzar fronteras con garantías, pero también por falta de liquidez en los bolsillos de muchos de los conciudadanos.  

Este año se han vuelto a ver neveras en las playas, comidas al aire libre hasta en parques municipales y aparcamientos con sombra en zonas de playa y se ha viajado por el interior autonómico o el país sin alejarse demasiado. Para muchos ha sido una sorpresa vivir esa experiencia de dormir hasta en un vehículo en plena naturaleza, en un camping o en plan vivac. Por ese lado, algo hemos ganado en una etapa de tanta competitividad o estrés, pero también necesidades por la pandemia.

Hemos dejado o nos hemos topado de frente con una realidad que fue la que nos asignó Europa para dejarnos formar parte del club: ser tierra de turismo y servicios, junto a algo de agricultura e industria. Justo lo que ahora, hemos perdido, nos critican y exigen para recuperar la confianza o se supone rescatar al país con esta clase política sobredimensionada e insaciable, pero también capaz de crear una ciudad de gastos al margen de la realidad. 

Esa borrachera que nos trajo la etapa de las vacas gordas o el derroche descontrolado hasta que nos topamos con la primera de las crisis económicas que hemos vivido en la última década, supuso que nos comiéramos el litoral de forma descontrolada, y lo desordenáramos urbanísticamente con actitud devastadora, o apostásemos por el turismo de playa sin control y viviéramos un falso progreso que nos ha conducido hasta nuestros días.

Como ciudadano de a pie y ajustado a las circunstancias también fui turista este verano de nuestra realidad, pero aposté por la más próxima y sobre todo de interior. Regresé a mis tiempos de adolescente, por así decirlo. Pero descubrí que una vez abandonada esa autopista que debía de vertébranos, la suerte que hemos tenido es que nuestra clase política cegada por el dinero y el supuesto progreso sólo se haya preocupado de promocionar principalmente la costa y de mirar únicamente al turismo exterior. Nunca ha existido una política de turismo de interior, por mucho que a algunos dirigentes a lo largo de los años se les llenara la boca con planes inexistentes.

Durante mi experiencia he podido comprobar la gran cantidad de parajes fantásticos y paisajes que tenemos y el “progreso”, o la mera especulación, ha descubierto; la forma en que esas sociedades de interior mantienen sus tradiciones, sociología, trama urbana, arquitectura histórica, y forma de vida sin mirar apenas a las capitales de provincia que se creen el ombligo del mundo.

Les recomiendo que si tienen algún tiempo libre vivan la experiencia. No hace falta irse muy lejos para conocer realidades, sociales, culturales y medio ambientales inimaginables. No todo está en el extranjero. Pero por favor que no corra la voz entre nuestra clase política. Son capaces de cargarse lo poco que nos queda: un interior maravilloso y con mucho todavía por descubrir. No se lo pierdan. Menos aún, sus hijos.

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