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memorias de anticuario

Zapatero a tus zapatos: en manos de quién ponemos las obras de arte

30/06/2019 - 

VALÈNCIA. Hoy no es el día para hablar de los grandes talleres de restauración de nuestros museos, de nuestro IVACOR, protagonistas de auténticas proezas dedicadas a la recuperación y conservación de nuestro más excelso patrimonio, con esa vertiente, también, mediática-necesaria- puesto que el campo de batalla se desarrolla sobre celebérrimas obras conocidas por todos. La última de estas restauraciones “milagrosas” la ha firmado la restauradora del Museo Del Prado, Almudena Sánchez-qué responsabilidad, piensa uno- en la asombrosa Anunciación de Fra Angelico, cuyo video publicado por el Museo del Prado recomiendo vivamente y, seguidamente, la consiguiente visita a la fabulosa exposición “Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia”, que se prolongará hasta a el día 15 de septiembre, con más de sesenta obras del artista italiano y de otros coetáneos de la Florencia del siglo XV. Nuestro museo de Bellas Artes contribuye a la muestra con una fantástica predela del retablo de Bonifacio Ferrer (1396-97), una de las joyas que conservamos, obra del italiano Gherardo Starnina. Antes fueron otros hitos el monumental Calvario de Van der Weyden propiedad de Patrimonio Nacional, la Mona Lisa Del Prado o en nuestro entorno la que actualmente se lleva a cabo actualmente en el IVACOR sobre la predela del retablo del Centenar de la Ploma, obra del valenciano Marçal de Sax pero propiedad del museo Victoria y Alberto de Londres, y un sinfín de actuaciones hoy consideradas ejemplares en un país que puede sentirse orgulloso de los profesionales en este campo con que cuenta al frente de instituciones públicas y privadas. 

Anunciación de Fra Angelico tras la reciente restauración

Y fuera de los museos…

“Oye, ese cuadro del salón que estaba en la antigua casa de la abuela ganaría mucho si alguien lo limpiara. Qué dejadez, y el caso es que a mí me gusta.. Espera que me han dicho  que hay tutoriales en YouTube donde te explican cómo limpiar un cuadro antiguo”. Gente generosa, desprendida, llegada por las ondas de lejanos lugares que comparte su “sabiduría” con millones de internautas. Tiempos del do it yourself (glup), también llamada economía colaborativa. ¿Recuerdas el video ese que nos pasó un compañero de trabajo de un tipo de Chicago que aplicaba con un pincel un gel “mágico” y se llevaba toda la porquería de un plumazo?. No tenía más ciencia, parecía chupado y de paso nos ahorramos una pasta. “

Llegado el día de autos, nuestro protagonista se dispone a aplicar sus diletantes conocimientos, adquiridos a distancia, sobre la limpieza de lienzos antiguos. “Oye, que gusto da esto; mira que azul aparece el cielo tras la opacante suciedad. Qué emoción. A ver…, voy a probar ahora en este detalle. Uy, me parece que se me ha ido la mano y se me ha barrido la pintura. Creo que la cara del santo se veía mejor antes. Merde, se me ha ido la mano. La he liado parda. Mejor llevaré el cuadro a restaurar antes que me vea mi mujer.”

Cuando empieza a ser demasiado tarde. Caso práctico

 Todo cambia, nada permanece, decía el adagio de Heraclito. Las obras de arte, tan expuestas al ambiente circundante, aparentemente inofensivo, envejecen lenta, muy lentamente y de forma silenciosa aunque también inexorable y tampoco escapan a esa idea sobre la impermanencia de las cosas. Las patologías pueden ser de diversa índole según el lugar y forma en que se haya conservado el cuadro, el mueble o la escultura. Es posible que estructuralmente permanezca durante siglos practicamente inalteradas si las condiciones de conservación son idóneas (no es lo habitual) y no se han visto envueltas en una sucesión de traslados desde hace un par de siglos. Lo habitual es que el lienzo se vaya destensando y dando de sí. El aparentemente inofensivo O2 y la contaminación ambiental siempre van a actuar en mayor o menor medida sobre la capa pictórica. Aquellos barnices que se aplicaron en su día van a envejecer, como todo, precipitando los vivos colores originales a una paleta reducida unificándolos de forma inexorable. A ello se añade la suciedad ambiental que a través de los años se deposita como una veladura no prevista por el artista en la superficie contribuye a alterar los vivos tonos originales. Las carnaciones en el caso de retratos o cuadros con figuras parecen propias de alguien con una enfermedad hepática. Todo ello no significa que la obra esté sufriendo un daño per se, pero sí se está falseando la realidad  en cuanto a su calidad y a las intenciones del pintor.  

Fotomontaje del antes y el después de un retrato del siglo XIX

Cuando esto sucede, si queremos viajar al pasado, a la búsqueda del color original, nos veremos en la necesidad de retirar esos barnices y atacar la suciedad. Esto sucederá en el mejor de los casos. Sin embargo hay otros, por las más variadas razones, que la pintura comienza a sufrir lenta pero inexorablemente un proceso de degradación en su estructura. Es el conocido craquelado (que en algunos casos se provoca artificialmente para falsificar obras que se hacen pasar como antiguas). La pintura empieza a “fracturarse” irregularmente como un campo de secano en plena canícula. Hay craqueladuras controladas por medio de intervenciones anteriores que dan “distinción”, pero si nunca se ha actuado se trata de un proceso ya no se detiene hasta hacer la pintura cada vez más inestable produciéndose los primeros desprendimientos. Cuando las craqueladuras empiezan a, literalmente, despegarse del lienzo, suelen adoptar la forma de lo que en la jerga se denominan “cazoletas” por la curvatura ligeramente cóncava respecto del lienzo. Aquí es cuando hay que activar la alarma y actuar a la mayor brevedad porque la caída de las escamas de óleo se puede producir de un día para otro con cambios de temperatura, movimientos o un pequeño roce en la superficie. Y esto por varias razones: porque irán a más lo que dará lugar a que, en un futuro, cuando decidamos intervenir, se requiera un trabajo mayor de reintegración de la pintura desprendida, lo que elevará el presupuesto de restauración del cuadro, y además, cuanto mayor sea la intervención en la obra, ésta verá depreciado su valor puesto que la parte reintegrada y por tanto “no original” será mayor. Por lo que si un día queremos desprendernos de esa obra a través de un anticuario, una galería o una sala de subastas, los profesionales que procedan a su tasación la valorarán en función de las restauraciones que se hayan practicado en ella. Cuanto más pura, mayor cotización. Y ello porque quien tenga que vender posteriormente la obra, deberá informar con honestidad al cliente sobre la existencia de restauraciones y dónde se encuentran, y en función de ello el precio que podrá pedir será uno u otro.

Me sorprende negativamente, en algunos casos, como en casas con magnificas colecciones privadas-generalmente heredadas-  muchas de sus pinturas, se hallaban en un estado deplorable y necesitadas de una urgente intervención. No hablo de casos en que los propietarios no pueden permitirse acometer económicamente la restauración de las obras. Suelen ser casos, como decía, de obras de arte heredadas puesto que quienes forman una colección adquiriendo las obras suelen tener sus adquisiciones en perfecto estado de revista en cuanto a la conservación.

 Detalle de la talla de San Jorge de Tolosa antes de la restauración, en el estado en que quedó con la desafortunada intervención y finalmente tras una restauración profesional.

Yo confieso

Mi ansiedad, aliñada con una dosis de temeridad, por conocer de primera mano, y a la mayor brevedad lo que escondía esa oscura pintura, me ha conducido a pecar en alguna ocasión, ejerciendo por unos instantes de restaurador-fake de cuadros de mi propiedad. Realmente no he pasado de una ocasional limpieza, aunque es tentador seguir y seguir frotando el hisopo de algodón. He de reconocer que en un par de veces he podido experimentar el sudor frío que emerge por la epidermis cuando uno va más allá de lo admisible, seguido de un inevitable reproche al meterse uno donde no le llaman. El paso entre el “quédate ahí, no sigas” y “la has cagado” es una línea demasiado delgada. Sin uno darse cuenta ha penetrado en un pequeño mundo que no tiene marcha atrás, salvo mandar la obra a la restauradora a que solucione el entuerto. Dicho esto les dejaré con una recomendación y un consejo (casi una orden): les recomiendo, sugiero, les animo que no dejen morir las obras de arte. Protéjanlas antes de que sea demasiado tarde. Y les aconsejo que, salvo quitar el polvo y la suciedad superficial, igual que no es aconsejable automedicarse o comparecer en juicio sin abogado, no se conviertan en “ese hombre/mujer que lo hace todo en España”, como dice la canción, y se metan a restauradores por un día. Déjen la tarea a quienes saben, (pidan información sobre su formación si es preciso), que para eso han estudiado y trabajado duramente. No hay mejor negocio posible desde todos los puntos de vista.

Peligrosas craqueladuras en una obra de Ramón Stolz Viciano  

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