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La importancia del tratamiento integral en la patología dual

11/08/2018 - 

VALÈNCIA. La coexistencia de un trastorno adictivo con otro trastorno mental es lo que se conoce como patología dual. La presencia de esta dualidad, esta aumentando en los últimos años; existe una mayor sensibilización por parte de los equipos de tratamiento multidisciplinares que a día de hoy se ocupan del tratamiento de este tipo de pacientes. Se podría decir que en torno a un 80-90% de las personas adictas sufren un trastorno mental comórbido (estrés, ansiedad, psicosis, …). “Existe una necesidad de primer orden el identificar precozmente que ambas patologías coexisten en el individuo para que un buen pronóstico y afianzar una recuperación plena y sostenible”, afirma el jefe de las unidades de Desintoxicación Hospitalaria- Ivane Salud (Hospital Vithas Nisa Aguas Vivas) y Salud Mental - Ivane Salud (Hospital Vithas Nisa Valencia al Mar), el Dr. Augusto Zafra.

Durante mucho tiempo se pensaba que el consumo de drogas, otros tóxicos o fármacos podía llevar a la adicción y se atribuía a la sustancia un protagonismo adictógeno único. Conforme han pasado los años, las investigaciones científicas han demostrado que no es así. Hay neuromoduladores cerebrales potencialmente más adictógenos que otros por como estimulan el sistema nervioso y ese tipo de sustancias, que provocan un impacto inmediato y de alta intensidad en los circuitos del placer y la afectividad, las que animan al individuo a la repetición de este comportamiento de una forma compulsiva y descontrolada.

Además, no todos los cerebros reaccionan igual cuando entran en contacto con diferentes sustancias o tóxicos. Existen unos cerebros más vulnerables que otros, “y esto no obedece a la voluntad o fortaleza psicológica de la persona, sino de una ecuación compleja en la que intervienen múltiples factores aunque se simplifica de la siguiente manera: cómo de vulnerable es la persona, cuánto estrés es capaz de soportar su sistema nervioso y que mecanismos de afrontamiento o resiliencia se tienen y se han adquirido. La dificultad añadida es el hecho de la falta de medición en la vulnerabilidad, el estrés y la capacidad de afrontamiento que cada ser humano podemos o somos capaces de soportar antes que se despierte la enfermedad de la adicción”, apunta, que destaca que “a ello se une que, con el paso de los años, nos hemos percatado de que aparte de la adicción, hay personas a las que su estado de salud mental les puede llevar a ser más propensas a adicionarse o personas que cuando ya desarrollan una patología adictiva son más propensas a tener conjuntamente un trastorno mental”.

Las adicciones clásicamente se dividen en dos tipos: las adicciones a sustancias y las comportamentales. En las de sustancias las principales son el alcohol, el cannabis y la cocaína. En los últimos años, estamos asistiendo a un repuntes de incidencia en los casos de los opioides (heroína y analgésicos opioides) y de los fármacos del grupo tranquilizantes/sedantes.

En cuanto al trastorno mental, los más frecuentes son cuadros de estrés crónico, ansiedad persistente y trastornos del ánimo de tipo depresivo. También, con frecuencia, la adicción es más prevalente en personas con trastorno mental mayor como es el caso de personas que padecen trastorno bipolar, trastorno de la personalidad y psicosis.

 

Tratar la adicción y el trastorno mental

Hace años el tratamiento se basaba fundamentalmente a la adicción y frenar el bucle del consumo y no se estaba tan pendiente en la presencia de algún desorden psicológico o trastorno mental que actuaría como un factor precipitante o de mantenimiento. Esto suponía elevadas tasas de recaídas, acortamiento de los periodos intercrisis, así como la presencia de mejoría parciales y limitadas en el tiempo. Actualmente, se asume que cualquier persona con patología adictiva multiplica sus posibilidades de tener un trastorno mental y hay que tratar a la persona en su conjunto para asegurar el mejor pronóstico y la menor discapacidad posible.

“Abordar ambas patologías conjuntamente y por el mismo equipo de profesionales, no solo es necesario, sino fundamental para asegurar el éxito de la recuperación, ya que el tratar la adicción por un lado y el trastorno mental por otro lado existen evidencias de una peor alianza terapéutica y por ende pronósticos más sombríos de cara a la recuperación”, asegura el Dr. Zafra.

El doctor Zafra explica que cuando tratan a un paciente que padece patología dual lo inmediato es asegurar la abstinencia completa de la sustancia y realizar un precoz despistaje del cuadro mental que pueda coexistir para desde el inicio tratar la globalidad de la enfermedad del paciente. De esta forma, y conforme pasen los días de abstinencia, la parte emocional haya cogido la fuerza suficiente para poder activar los mecanismos motivacionales para el cambio. El tratamiento de ambas patologías tiene un efecto multiplicador en la mejoría y el estado de motivación que el paciente necesita para mantenerse abstinente el mayor tiempo posible.

Una persona con una adicción tiene que saber que el consumo de sustancias que realiza escapa a su control. “Reconocer este problema de salud es el inicio de para hacer algo distinto para iniciar el cambio hacia la abstinencia y modificar aquellas parte de su vida de no funcionan y que necesita mejorar”. El tercer paso es la búsqueda de ayuda de profesionales, dejarse asesorar y ayudar. Esto supone un camino de compromiso y confianza cuyo objetivo es alejar la sustancia del cuerpo y, conjuntamente, tratar el desorden emocional que generalmente acompaña al paciente con trastorno adictivo.

“No basta con que tu cuerpo esté limpio de la sustancia. El cerebro no tiene la misma facilidad que el resto del cuerpo para eliminar los efectos. Con las terapias y los tratamientos psicofarmacológicos intentamos acelerar ese proceso cerebral para llegar en el menor tiempo posible al máximo bienestar y que se retroaolimente para mantener la abstinencia y el estado de no-consumo”.

Hay etapas que son críticas: el primer mes, si no existe un primer mes sin tomar sustancias, no se puede considerar que se haya conseguido el primer escalón del tratamiento. La siguiente etapa crítica son los tres meses de abstinencia, luego los seis, el año y los dos años. A pesar que una persona con una enfermedad adictiva debe cuidarse toda la vida, con mayor o menor celo, se asume que cuando una persona es capaz de llevar 24 meses en abstinencia completa, es el momento en el que el paciente, la familia y el profesional pueden empezar a respirar, “pero sin poner las campanas al vuelo, porque si se baja la guardia o sufre una crisis personal es fácil volver o recurrir a otras drogas y se han visto casos pacientes que tras llevar más de dos décadas abstinentes, han recaído tras volver a consumir de forma inocente la sustancia. Esto es debido a que el cerebro tiene memoria de adicción y no olvida, en estos casos de abstinencia prolongada y el proceso de aparición de la conducta adictiva es muy rápido y la sensación de descontrol mucho más intensa”.

Un tratamiento conjunto que además hay que hacerlo como una enfermedad sistémica. Afecta al cerebro pero el cuerpo también sufre las consecuencias. Requiere mucha relación con el médico de atención primaria y el internista. “Porque hablamos de trastorno adictivo, de desorden psicológico pero está la tercera parte, el cuerpo: peor calidad en la salud física general; mayor propensión a enfermedades cardiovasculares, pulmonares y metabólicas; más incidencia de tumores; más frecuencia de de enfermedades infecciosas asociadas, …”.

 

Impacto en la familia

Y además no hay que olvidar nunca el impacto en el entorno más cercano, cómo las adicciones se lleva por delante las relaciones humanas, la familia, el trabajo y los amigos. El entorno de la persona con adicciones es fundamental. “Si una persona no tiene un entorno familiar adecuado indica a priori un mal pronóstico en la recuperación. Muchas veces, tener apoyos familiares consistentes, es más importante que la cantidad, la frecuencia de consumo o los años de adicción. Quien tiene una red de protección familiar tendrá más posibilidades de éxito”, señala el Dr. Zafra.

Cuando una persona se pone en tratamiento de la enfermedad adictiva, el abordaje terapéutico incluye tanto al paciente como a su familia más cercana. La familia debe conocer cual es su papel y servir de factor de protección para poner más fácil a la persona mantener el compromiso de la abstinencia y cambio de vida. “Eso no significa que tengan que estar como policías, porque si el paciente no tiene un compromiso real y dispuesto a cambiar, tarde o temprano recaerá”. El papel familiar desde la vigilancia o desde la asunción de ser una barrera de consumo infranqueable es un desgaste inútil, condenado al fracaso y generador de unas tensiones emocionales que aleja al paciente de la familia y a la familia del paciente. El lugar de la familia es fomentar la motivación y ayudar a que la persona elija hacer todo el esfuerzo posible por cambiar su comportamiento adictivo. El profesional debe saber ponerse como mediador de los conflictos entre la persona, el personaje adictivo y la familia para evitar a toda costa el rol de policía que es un posicionamiento improductivo y que perpetua la dependencia, la no autonomía y la regresión de las responsabilidades de del compromiso del paciente.

El objetivo en el medio y largo plazo no es el tratamiento de la enfermedad, es el cambio de vida que ha provocado el despertar de la conducta adictiva y aprender que la persona tiene que relacionarse consigo misma y con el entorno de manera distinta, afrontar los problemas de manera distinta y tomar mejores decisiones.

El proceso de recuperación de la enfermedad adictiva es largo, de mayor o menor intensidad es para toda la vida, no siempre va a necesitar estar con profesionales pero debe ser consciente que se tiene que cuidar toda la vida. Esta asunción no dista mucho de otros problemas médicos a los que estamos más habituados como los problemas cardíacos, la diabetes mellitus, la colitis ulcerosa u otras enfermedades orgánicas crónicas. “En este sentido, hay que cuidarse, tomar decisiones distintas, tener el conocimiento de lo que sucede y estar alerta. Y sobre todo cambiar la forma de vida y saber que si se abre una rendija al consumo de drogas puede entrar un tsunami”.

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