X AVISO DE COOKIES: Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Aceptar Más información
GRUPO PLAZA

tribuna libre / OPINIÓN

Tu diversidad no, la diversidad

Foto: KIKE TABERNER
3/05/2018 - 

El otro día, realizando mis prácticas profesionales en un juzgado, he tenido el gusto de conocer una abogada de origen sefardí, quien –muy orgullosa– lucía como colgante la estrella de David. Esa misma tarde, mientras recorría las laberínticas instalaciones de la antigua RTVV en Burjassot para llegar a la reunión del Consejo de la Ciudadanía de la Corporación Valenciana de los Medios de Comunicación, volvía a plantearme por qué los trabajadores de esta casa de radiotelevisión autonómica tienen vedado lo que la letrada judía tan libremente hacía en la casa de la justicia: exhibir sus símbolos religiosos.

En efecto, el libro de estilo de À Punt es tajante: “la plantilla de la CVMC no podrá difundir sus creencias religiosas; tampoco podrá exhibir símbolos religiosos”.

Una norma a la altura de la crítica –recogida la semana pasada en la prensa americana– que se presenta en el cuarto episodio de la quinta temporada de la serie Silicon Valley, radicando el conflicto en que Didi, un profesional de la tecnología, podía reivindicar libremente su homosexualidad dentro de la empresa pero no debía conocerse que iba a misa los domingos. No por nada, sino por la razón que sentencia otro de la serie: “aquí puedes ser hipster, papichulo, afeminado o de cualquier subcultura gay, puedes decir que eres abiertamente poliamoroso, puedes contar que pones microdosis de la droga LSD en tus cereales, pero la única cosa que no puedes revelar es que eres cristiano”.

El pobre Didi replica a sus jefes con aquello de que creía estar trabajando en y para un espacio “verdaderamente libre y verdaderamente abierto”... Lo mismo, por cierto, que queremos y predicamos de À Punt

Resulta paradójico que Amparo Sánchez, por poner un ejemplo, galardonada este 25 de abril con el premio Guillem Agulló de les Corts Valencianes por la defensa de las personas y los colectivos discriminados, no podría presentar en À Punt un programa contra la islamofobia porque en la cadena se le prohibiría tanto ponerse a sí misma de ejemplo de musulmana como llevar el velo que cubre su cabeza por fe y convicción. En el mismo sentido, Harjit Sajjan no tiene problemas para ser ministro de Defensa de Canadá pero no lo tendría tan fácil en la plantilla de la CVMC: su turbante y su pulsera llamada 'kara', objetos de culto a los que no renuncia, le inhabilitarían. Incluso el tenista alemán Dustin Brown no podría vender su imagen a la ‘tele’ valenciana pues el peinado de los rastafaris es también un símbolo religioso.

Que sean los expertos quienes discutan si la postura adoptada por nuestro ente de derecho público respecto del uso de símbolos religiosos (y la libre expresión) en el ámbito de las relaciones laborales tiene más o menos cabida en nuestro sistema, pero en todo caso parece claramente indeseable –al menos para la comunidad en la que vivimos. Porque se trata de una política que hace flaco favor a la neutralidad religiosa.

Como bien dice el catedrático Javier Martínez-Torrón, en un artículo de 2015 con el título de este resbaladizo concepto, el poder civil no puede tratar la aconfesionalidad como una ‘confesionalidad laica’, ya que eso sería muy poco neutral: lo propio sería respetar el pluralismo realmente existente en la sociedad dejando fluir la espontaneidad de la vida social y, lejos de la indiferencia, actuar allí donde haya desigualdades. Así, habida cuenta de que el pluralismo remite a la idea misma de libertad, la forma de hacer las cosas redunda en eliminar obstáculos; no en crearlos.

A mi juicio, toda esta situación forma parte de un cuadro todavía más amplio. Si bien es cierto que la sociedad occidental ha avanzado mucho en la implementación de la noción de igualdad como el derecho a la diferencia, parece que en nuestros espacios del día a día –semiprivados o semipúblicos– encontramos esas “estaciones de servicio” donde seleccionar la diversidad a la carta, según las preferencias de cada uno. Una imperante práctica de vitorear o vetar realidades sin alcanzar siquiera el plano lógico del discurso, quedándonos en el juicio meramente estético y subjetivo.

¿Seremos capaces de guardar nuestras respectivas ideas de diversidad y salir juntos a buscar la verdadera?

Noticias relacionadas

next

Conecta con nosotros

Valencia Plaza, desde cualquier medio

Suscríbete al boletín VP

Todos los días a primera hora en tu email