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feliz no cumpleaños

25 años del Fib, el festival que cambió la música en directo en España

Paradójicamente, el festival de festivales en España celebra su primer cuarto de siglo con un no cumpleaños, en plan Sombrerero Loco. El autor del reportaje, que ha asistido a todas las citas desde su origen, recuerda esa primera edición en la que hubo mucha música y poca postura

16/08/2020 - 

VALÈNCIA. Casi todos sabemos dónde estábamos y qué hacíamos durante la tarde del 11 de septiembre de 2001. También recordaremos a qué dedicábamos nuestro tiempo el 14 de marzo de este año, cuando estábamos a punto de vernos —por primera vez en nuestra vida, lo nunca visto en un siglo— confinados a causa de una pandemia. Pero también hay toda una quinta de valencianos (y españoles), aquellos que ya habían oído hablar de una Generación X en la que fueron encasillados pero nunca imaginaron que luego llegaría una cosa llamada millennials y luego una Generación Z, que guardamos un recuerdo vívido del día y la hora en la que supimos que podríamos disfrutar de un gran festival de música indie a tiro de piedra, a imagen y semejanza de los que se estilaban en esos paraísos soñados que eran las campiñas inglesas de Reading o Glastonbury a principios de los noventa. 

Hoy en día, cuando los grandes festivales son una de las principales industrias del ocio en la Comunitat Valenciana, un reclamo turístico tan de primera magnitud que goza desde hace años del apoyo decidido de la Agència Valenciana de Turisme y una marca autonómica, puede sonar a ciencia ficción (o a pura arqueología) que hace un cuarto de siglo esto fuera un completo erial. Pero así era. Tal cual. Un páramo. Y la ironía del destino ha querido que, justo en un verano tan insólitamente yermo como este, con todas las grandes citas aplazadas a un año vista, el desolador silencio del verano de 2020 coincida con los 25 años de la primera edición del festival que lo cambió todo no solo en nuestra tierra, sino en toda España: el Festival Internacional de Benicàssim. El modelo a seguir por decenas, quizá cientos, de festivales. Pequeños y grandes. 

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«Estaba en la barra del Maravillas [local de conciertos de Malasaña, en Madrid], y Jose Morán se me acercó para decirme que iba a hacer un festival en Benicàssim con casi todos los grupos que yo pinchaba en mi programa», nos cuenta el radiofonista madrileño Julio Ruiz (Madrid, 1952) acerca de aquella epifanía. Una revelación de especial importancia en su vida: desde aquel 4 de agosto de 1995, Julio no ha faltado ni un solo año. Su unidad móvil de Radio 3, situada junto a la entrada al backstage y la zona de prensa, forma parte del paisaje desde entonces.

Dos hermanos y una piscina sin agua

Los hermanos Jose y Miguel Morán, a través de un amigo que tenía relación con un concejal de Benicàssim, habían trasladado —junto a Luis Calvo y Joako Ezpeleta— la programación de su pequeña sala Maravillas al formato grande de un festival en la costa, que entonces se presumía como una versión mini de aquellos Reading o Glastonbury a los que muchos —servidor, por ejemplo-— peregrinábamos cada verano, sacando petróleo de lo que nos permitían nuestros ahorros de un año entero en época de estudiantes universitarios. «Vaya forma de tirarse a la piscina de dos chicos de León», recuerda Julio Ruiz sobre los Morán, quienes acudían por aquel entonces a visitarle en verano a la sierra de Madrid «con una bolsa para que les pasara maquetas de grupos que luego sonaban en Maravillas, que fue el germen del FIB».

Quien haya crecido en el profesionalizadísimo entramado de festivales actuales no se lo creerá: en aquel primer FIB, el público entraba con bocadillos y garrafas de bebida al recinto, no existían las pulseras, solo una entrada de papel a la que recortaban una esquina manualmente; el postureo era algo impensable porque las redes sociales —internet mismo— eran una entelequia. Prácticamente nadie se hacía fotografías porque se carecía además de la conciencia de estar viviendo algo histórico, y la malla metálica que rodeaba el recinto (el velódromo municipal) mostraba un boquete en una de sus esquinas por el que, sigilosamente, se colaron sin pagar decenas de personas a lo largo del fin de semana.

«Yo iba con unos vaqueros cortados y el pelo largo, y acababa los conciertos sudado y sin camiseta; era todo muy playero», corrobora Jorge Martí (València, 1972), líder de La Habitación Roja. Precisamente fue Julio Ruiz uno de los periodistas a quienes entregó, aquel fin de semana que lo cambió todo, la primera maqueta de su grupo. Las llevaba todas en una mochila. Ni se conocían, claro. Se le ocurrió a Jorge, borracho de juventud, decirle a alguien «mira, algún día tocaré en ese escenario». Recuerda que su interlocutor «se partió el culo». Pero cumplió su bravata tres años después. Cuando ese escenario ya estaba en el nuevo recinto, fuera del pueblo, en 1998. La Habitación Roja tocó en el escenario grande del FIB, y no sería la última vez. Quién lo iba a decir en agosto del 95. 

«iba con vaqueros cortados y pelo largo, y acabé sudado y sin camiseta; era todo muy playero», dice jorge martí

Se vendieron 6.800 abonos aquella edición. Aún quedaba lejísimos el récord de 2011, con cincuenta mil espectadores diarios. Todo era muy de andar por casa. Apenas había extranjeros. Sí gente llegada de todos los rincones de España, ya que el FIB ni vislumbraba la competencia. Uno de ellos, que lo hizo además para tocar en directo, fue Antonio Luque (Sevilla, 1970). O sea, Sr. Chinarro. Los reclamos principales eran Ride, The Charlatans, Echobelly, Supergrass o unos The Jesus and Mary Chain que tuvieron que cancelar. Pero Sr. Chinarro formaban parte de la armada indie española que tuvo allí su cuota. «Yo había estado en Reading cuatro años antes y no entendía por qué siempre estábamos con Triana, o con la copla o con Loquillo, por qué no salíamos de ahí: me preguntaba cuándo España se iba a quitar el rollo rockero rancio», recuerda Luque de un fin de semana que era «el principio de un cambio». La situación de su banda era aún extremadamente precaria: «no tenía ni grupo ni dinero, hice una banda de circunstancias, con mi mejor amigo, de San Juan de Aznalfarache». La cosa no salió mal del todo, aunque no tuviera nada que ver con el Chinarro que conocemos en las últimas décadas. Tocaron cuatro canciones, a primera hora del sábado 5 de agosto ante cien personas y bajo un sol asfixiante. Dice Antonio que «estaba nervioso, pero no tanto; sentía que merecía la pena estar ahí, y había algunos fans viéndonos», aunque recuerda que, «luego, en la grada del velódromo», acaparó más atención por «una crítica de nuestro disco que acababa de salir en el Melody Maker que por el concierto en sí». 

Aquel velódromo era el punto de encuentro de un puñado de jóvenes que, por primera vez en su vida, compartían unos gustos musicales e incluso una estética totalmente minoritarios junto a miles de iguales que venían de cualquier rincón del estado. El FIB era su punto de encuentro. Basta echar un vistazo a su cartel: Australian Blonde desde Asturias, Sr. Chinarro desde Sevilla, Iluminados desde Bullas (Murcia), El Regalo de Silvia desde Zaragoza, Pribata Idaho o Silvania desde Madrid y La Buena Vida y Le Mans desde Donosti. Y con ellos, toda una legión de seguidores y afines, en ilusionada romería. «Intercambiabas vivencias con gente que respiraba las mismas inquietudes que tú; era como una especie de seminario indie», dice entre risas Julio Ruiz, quien además aquel año presentó todos y cada uno de los conciertos sobre el escenario, micrófono en mano (eso de las pantallas laterales con información e imágenes tampoco se estilaba), por amistad con la organización. Algo que ya había visto hacer en Glastonbury, aunque aquí no todo el mundo lo entendiera.

«El otro día vi Encuentros en la tercera fase con mis hijas y me recordó a aquello», dice Jorge Martí, quien rememora aquel fin de semana como «una salida del armario descomunal, de una estética y unos sonidos que habían sido totalmente underground, porque no era tan fácil encontrar gente que conociera a Teenage Fanclub, por ejemplo», argumenta.

Punto de encuentro de la pequeña tribu indie

A la periodista castellonense Cristina García Grau (Benicarló, 1971), quien durante años ha cubierto el festival para Mediterráneo de Castellón y actualmente trabaja como asesora en la concejalía de cultura de la capital de La Plana, aún se le pone «la piel de gallina» al recordar el momento en el que entró en el recinto: aquella sensación de estar frente al escenario, empezar el primer concierto —El Regalo de Silvia—, y «ver el nacimiento de algo que empieza, de lo que eres testigo, con todo lo que ha significado personal y profesionalmente el FIB para mí». Por algo estuvo trabajando también en Fiber, el diario que editaba el propio festival, y hace muchos años que reserva sus vacaciones siempre en torno a las fechas de la cita para poder asistir al festival sin cortapisas.

Ella vivía entonces en Barcelona, terminando de cursar sus estudios universitarios, cuando alguien le dijo que en un pueblo cercano al suyo se cocía un festival indie a la inglesa, y casi no lo podía ni creer. Otra persona cegada por la gran revelación. El hecho de ver a «Ride, Charlatans, Echobelly o Los Planetas» tan cerca de su casa le parecía inconcebible. Fue su primera acreditación como periodista, disfrutó —sobre todo— del pop lánguido y elegante de «La Buena Vida, Le Mans y Spring» y «el ruido de Los Planetas», y si algo recuerda por encima de todo es el ansia por no perderse ni un segundo de cada concierto: «Entre que tocaron Ride y los Charlatans, ni me moví del sitio, y eso que estábamos anchos y podíamos entrar y salir sin problemas, pero no quería perderme absolutamente nada», dice. Cabe recordar que entonces ni había apreturas, ni existían los golden rings, ni las zonas exclusivas, ni las terrazas VIP acotadas cerca del escenario ni nada que se le pueda parecer. Era, en palabras de Jorge Martí, «una especie de fiesta mayor en medio del pueblo, pero cool, como si fueran las fiestas de L’Eliana, pero con grupos internacionales que molaban». Algo muy pequeño que fue el principio de algo muy grande. 

«intercambiabas vivencias con gente como tú; era como una especie de seminario indie», apunta entre risas julio ruiz

Después de aquella primera edición, y durante años, el FIB fue el modelo a seguir para cualquier otro festival. Su know how era copiado. «Era otro nivel», dice Jorge Martí. «Parecía una boda, con un catering como nunca se ha visto en un festival», dice Antonio Luque. «Era un cartelazo año tras año», dice Julio Ruiz. Y como todo modelo de éxito, como el Barça de Guardiola, como Rafa Nadal o como Mercadona, generó también envidias y detractores. Gente a la que le hubiera gustado verlo hecho añicos. Ellos plantaron la semilla en 1995, pero ninguno de sus parroquianos de aquel primer verano en el velódromo, por muy ilusionado que estuviera, podía aventurar un crecimiento tan exponencial.

«Lo veías como muy de tu casa, con lo que no podías imaginar que creciera tan rápido, ni mucho menos que vinieran extranjeros y que se convirtiera en el festival favorito de los británicos en España», afirma Cristina García Grau. Y es que la significación histórica del festival quizá solo se pueda comprender desde la perspectiva que dan los años. «Después toqué en un festival en Mallorca en el que estaban los Strokes, o he visto a Metronomy varias veces, y esas cosas seguramente no hubieran ocurrido si los hermanos Morán no se hubieran atrevido en su momento a montar el FIB», evoca Antonio Luque. 

Porque el festival que nació en 1995 como una cita balbuciente, aún tentativa pero ambiciosa, no fue solo un modelo de éxito empresarial: fue la prueba de que en España podía prosperar económicamente un formato que tenía entre ceja y ceja la música y la cultura alternativas, absolutamente alejadas del mainstream y de los cauces más comerciales en un país tradicionalmente tan poco dado a cualquier manifestación cultural al margen de lo convencional. Julio Ruiz, que fue el único periodista de Radio 3 en acudir, recuerda que «mientras compañeros de la radio estaban con la resaca de la resaca de la Movida», él cometía «la osadía de radiar a grupos que cantaban fatal en inglés y se miraban a los pies». Eso le valió, a él y a los grupos, «llevarse muchas hostias». Algo que no había ocurrido en los 80. Porque el indie aquí nunca fue hegemónico. Ni de lejos. Eso de los hípsters, tan del siglo XXI, ni se concebía. «Ni entonces ni ahora esa música ha sido mayoritaria: otra cosa es que los festivales, sean de lo que sean, se hayan puesto de moda», ratifica Antonio Luque. «Todo era muy de ir por casa, el camping de aquella primera edición era un secarral», abunda Cristina García Grau. 

«Aquella música nunca fue masiva, y además no había tanta pose porque la gente estaba buscando su sitio: hay una gran distorsión del pasado a causa del paso del tiempo», refrenda un Jorge Martí que añade un importante matiz local al recuerdo de lo que supuso el primer Benicàssim: «En Valencia, después de unos ochenta muy potentes, luego llegó el solar que fue la degradación del bakalao, con su chabacanería, sus drogas y su desfase, que además no tenía gran coartada intelectual», dice, con lo que el FIB vino «a reconectar con el espíritu de los festivales de música independiente de la Dipu, de salas como Espiral o de las fiestas de La Conjura de las Danzas de Jorge Albi en Barraca». Y en esto Jorge tiene más razón que un santo, porque, aunque rara vez se reconozca, y menos fuera de Valencia, conviene no olvidar el valioso precedente de sus fiestas con bandas internacionales a finales de los ochenta y principios de los noventa. «Si Jorge Albi hubiera estado en el primer FIB, hubiera pensado que ese era su legado: él trajo a Stone Roses por primera vez a España». 

[Dedicado a Ernesto González (1965-2020), líder de Pribata Idaho y jefe de prensa del FIB hasta 2016.]

* Lea el artículo completo en el número de agosto de la revista Plaza

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