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tribuna libre / OPINIÓN

A la valenciana

26/05/2016 - 

'Me siento tan español como España me deja sentirme valenciano'

Vicente González Lizondo


En Los condenados de la tierra, el argelino por convicción Franz Fanon escribía algo así como que el colonialismo empujaba al pueblo dominado a interrogarse permanentemente sobre el “quién soy yo”. Aunque hoy pocos sostengan el carácter colonial del País Valenciano, esta interrogación ha sido históricamente amarga para los valencianos –“ni carn ni peix” diría don Fuster–. Algunos interpretaban esto en términos del famoso “meninfotisme”, según el cual habría una ausencia preocupante de planteamientos colectivos. La interpretación de Marqués nos parece mucho más útil: lo que realmente había era un exceso de respuestas disponibles, algunas de ellas con manifiesta mala fe (creadoras de confusión: la llamada “mala conciencia”).

Para ilustrar esta hipótesis baste notar la enfermiza abundancia de candidatos a denominar la totalidad: desde Levante a Països Catalans, pasando por Regne, Región, Comunitat y País. Posiblemente este disenso nominal era otra más de las particularidades del laberinto valenciano; al fin y al cabo, la Galicia de Fraga y  la de Beiras llevan el mismo nombre.

Durante décadas, el PP ha sido el único capaz de ofrecer cierto cierre a la cuestión. Un tipo de sutura que, como construcción hegemónica,  reposaba en el reclamo del todo por una parte. Los “valencianos de postal” del PP aparecían como los auténticos, los propios, los leales y por tanto, los únicos. Los otros, como traidores, renegados y vendidos (al catalanismo). Enemigo exterior (catalanismo) conectado a una exclusión interior (catalanistas); maniobra vieja que no por eso perdió su capacidad de noquear esas izquierdas tan llenas de racionalidades y verdades como vacías de alternativas.

Ser valenciano era ser un triunfador. Eran Zaplana y Rus. La Comunitat Valenciana era la patria del “enriqueceos”, las mujeres guapas y los Ferraris casi-oficiales. Ser valencianos era ante todo ser españoles, pero no unos cualquiera: los mejores. Este tipo de narcicismo heredero del viejo “Levante Feliz” era capaz de generar una autopercepción eufórica. Así lo sancionaba hace poco más de un año Felipe VI “el regeneracionista”, cuando afirmaba que los valencianos eran “un ejemplo y un estímulo para el conjunto de España en su camino de progreso y de futuro”.  

En parte era cierto. Durante la turbo-expansión, la Comunitat registraba un paro inferior y un crecimiento superior al español. Poco importaba que por primera vez en siglo y medio la balanza comercial registrase números rojos, que la productividad relativa no parase de caer, que la innovación registrada estuviese en niveles de Polonia, la desigualdad en términos de Estonia y que la renta per cápita relativa batiese año tras año records negativos. Al menos era lo suficientemente cierto para envolver de verosimilitud el discurso de “los valencianos somos los mejores” del PP.

Desconocemos si alguna vez leyeron a Laclau y su hipótesis de que la objetividad política se fragua en los discursos. Lo que parece seguro es que, en todo caso, se olvidaron la segunda parte: lo discursivo debe rehuir de lo utópico, en el sentido de evitar ignorar los “límites estructurales” establecidos por otras lógicas –entre ellas la economía–. Así, esta identificación del PPCV como la encarnación de la Comunitat chocó contra la crisis, seguramente en un movimiento en dos partes.

Primero como negatividad: València pasó de ser paradigma de éxito a ser nombre de corrupción y despilfarro. Del auge a la depresión en apenas un segundo: el aeropuerto sin aviones y los trajes de Camps. Ser valenciano (que era, recuerden, ser un pepero) había pasado de ser un triunfador a ser una vergüenza. Ya se encargaba Wyoming de recordárnoslo todas las noches (daba igual que los aeropuertos sin aviones fuesen algo existente más allá de Castelló: Lleida, Murcia, Albacete, Burgos, etc.). Esto derivó en un tipo de altercentrismo, por el cual los valencianos pasamos a percibirnos como los peores (aún sin estar claro quién sería el Otro que actuaría como referente de lo positivo), que se añadía a un suelo ya mojado: la incómoda autopercepción que tenían los valencianos no-peperos. En 2011 el PPCV de Camps revalidó su mayoría con más de un 50% de los votos. No había nada que hacer.

A estas alturas del partido, la élite sociata ya había tirado la toalla y hacía tiempo que había optado por rehuir de lo valenciano. Para ellos esto continuaba entrañando un tremendo lío mental que les obligaba a hablar de cosas –nombres, colores- con las que seguro perderían las elecciones. Que se lo pregunten a Alarte y su fallido cambio de nombre hecho a modo de plegaria, en pro de conseguir algún tipo de certificado de autenticidad –“valencianía”– del PP. La solución era un discurso a la manchega: a-identitario. Lo que no entendían era que, en política, la gallina de los huevos de oro es la identidad. Y que si algo habíamos aprendido del PP era que no se podía conquistar el País Valenciano sin aparecer como los valencianos genuinos. Ah, esto poco tenía que ver con los antiguos reclamos de la vieja Batalla de València, que era lo único que les venía a la cabeza.

La segunda de las partes de este movimiento de desposesión hegemónica del PP es la afirmación. Ahora ya no solo somos muchos –durante el ciclo de protestas, la Ciutat de València llegó a ser la urbe con más movilizaciones de Europa–, sino que somos mayoría. Con el vuelco electoral ha emergido la posibilidad de alterar la imagen que veíamos al mirarnos al espejo. El primer experimento exitoso ha sido el “Gobierno a la valenciana”, que ha monopolizado el último gran debate de esta corta legislatura. Por primera vez lo valenciano ha irrumpido como denominación de un referente positivo (de buen gobierno, en este caso).

 “A la valenciana” condensa bien una de las narrativas posibles: lo valenciano no se definiría tanto en términos del “somos porque fuimos” como del “somos porque seremos”. La idea de instituir una identidad entendida como punto de llegada (el presente como historia) ha tenido la dificultad de no saber integrar la heterogeneidad de este país. Aun existiendo un cuento que va de Jaume I al movimiento cultural de la Transición pasando por los Maulets, éste solo se instaló con éxito en una parte del país demasiado reducida como para pelear por la representatividad del todo. La otra ruta es entender el presente sobretodo como punto de partida y que la proyección temporal sea hacia adelante (y no desde atrás): somos valencianos los que cada día madrugamos para hacer funcionar este país frente a los que antes nos robaban el dinero mientras gritaban que ellos eran los auténticos valencianos.

Somos valencianos porque aspiramos a una sociedad en las que todos tengan derecho a todo; democracia, derechos sociales y autogobierno aquí son tres formas de decir lo mismo: valencianos. Lo heterogéneo (dos lenguas, dos nombres, múltiples pertinencias, etc.) es un punto de partida no traumático; no entraña ningún fracaso histórico sino que posibilita una articulación flexible de lo diverso, proyectado hacia un futuro común. Y si a caso, lo más parecido a los Maulets serían los estudiantes de la Primavera Valenciana.

Así pues, “A la valenciana” sugiere una consigna tan poderosa como mediterránea para describirnos (“música a la valenciana”) y proyectarnos (“sanidad a la valenciana: cero listas de espera”). Propone una forma de mirarnos al espejo que no necesita ni observar tanto el retrovisor (los que vinieron antes) ni mirar tanto a los lados (frente a quiénes nos afirmamos, España-Cataluña). Pero en cambio, que no es localista sino exportadora hacia lo estatal (ya no de ofrendas, sino de elementos positivos).  

“A la valenciana” sirve quizás para afirmarnos sin ocuparse de negar demasiado; una suerte de herejía identitaria lejos de normativismos que siempre nos han servido poco. Quizás todo se reduce a aquella intuición de Miguel Hernández: “valencianos de alegría”. Atrás quedaron, pues, las discusiones sobre cuántos catalanes y cuántos aragoneses vinieron a poblar esta geografía. Ahora vamos con todos.

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Pau Belda es economista, miembro del Consejo Ciudadano de Podemos en la Comunitat Valenciana  

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