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EL CUDOLET / OPINIÓN

A los españoles también nos ahoga la estética

Foto: EFE
22/12/2018 - 

La semántica que circula en la política de lo ufano es una inmersión a lo primario, aunque la posición del snorkel vira hacía sustanciales cambios en la renovación lingüística del abecedario fascista de período de entreguerras. Pueblo por patria o comunidades paralelas por guetos aparecen en una moderna narración hueca y zafia del radical right, ante el fracaso político de los burócratas del déficit con sede en Bruselas. La crisis moral y económica sigue presente en nuestras vidas. Europa jamás ha resuelto ningún conflicto de envergadura. La guerra de los Balcanes la tuvieron que dirigir los americanos ante la pasividad europea, y la crisis de la inmigración acabará con el proyecto de la Unión Europea que diseñaron grandes estadistas en el siglo pasado.

El discurso identitario de un nacionalismo potente que no apela al intelecto sino al sentiment, “nuestro pueblo primero”, ha calado entre los electores europeos y está presente en 17 parlamentos nacionales, creciendo paulatinamente ante la inoperancia de intelectuales o políticos enjugazados en el capitalismo. En España, el 1-O es un ejemplo de inmersión primaria con la exaltación del nacionalismo catalán y español. Quienes defienden el simbolismo nacional, de manera encubierta, respaldan la desobediencia identitaria del President Torra, tan solo les separan unos colores y siglas. El núcleo de nuestra identidad es nuestra alma.

A España también le ahoga la estética, perla territorial lanzada por Miguel de Unamuno a los valencianos, extensible al resto de ciudadanos. En España, cualquier conflicto identitario se ha resuelto siempre con las armas o la represión. En apenas 80 años, los españoles hemos sufrido una guerra civil, 1.000 muertos a manos de bandas terroristas (Eta, Terra Lliure, Grapo o Gal) , un golpe de estado ( 23 F), y ahora una desobediencia institucional a la Constitución del 78 por parte de los gerifaltes de la Generalitat Catalana, respaldada sin legitimidad por la mitad de pueblo catalán. Y como decía Steiner, premio Príncipe de Asturias, “no todos los golpes de Estado suponen violencia armada”. 

Foto: EFE

España es un país viejo de constitución. España se construyó por un enlace matrimonial entre Fernando e Isabel. Lo que está ocurriendo en  España es un problema que radica en la naturaleza de la incomprensión  por un nacionalismo artificial y centralista sobre un estado plurinacional. En España se hablan cinco idiomas, castellano, catalán, gallego, valenciano y vasco. Cuando algún amigo o amiga viene de visitar la ciudad de los rascacielos, vibrando por la vida en la gran manzana, le advierto que en las escuelas de New York se hablan 100 idiomas, creando un gran bagaje cultural gracias a los migrantes. Estas lenguas siguen vivas en la vida diaria de los vecinos de la urbe más avanzada del mundo. Lenguaje que no entienden desde la meseta y los moradores de las grandes vías embobados por el cerrilismo lingüístico castellano. España está construida desde Madrid sin apenas participación de las periferias, ahogada por una Constitución obsoleta y una Monarquía desfasada. En España, Juan Carlos I ha abdicado en su hijo, Felipe VI, además de terminar un ciclo político de una generación que ha abrazado el capitalismo gracias a una salida digna por  las puertas giratorias. En España, la Constitución necesita una reforma urgente para que el país no acabe ahogado en su propia estética. Ningún secretario general de los principales partidos votaron por la Constitución del 78, tan solo la estudiaron. La sociedad española debe afrontar una reforma valiente abordando el futuro del modelo territorial y de la monarquía española desde el entendimiento y la concordia. Para muchos ciudadanos residentes en las periferias, la Constitución es un símil de lo que escribió Kafka sobre el coito, “castigo de la dicha de estar juntos”, y no es así. La Constitución española es nuestra bandera, debe ser vista como una carta  magna que tiene que representar la igualdad, la democracia y la justicia, entre ciudadanos y territorios. En ella no debe quedar reflejada la estética de unos colores sino de unos valores.

Ante tanto desorden territorial la desobediencia civil no es el camino a seguir. La sugestión que proclama Torra y sus acólitos ha convertido Cataluña en un terreno de auto adulación. La República tiene un carácter cerrado. La estética identitaria del nacionalismo de símbolos no es futuro para la sociedad española. Los símbolos no pueden ocupar un orden preferencial en nuestras vidas. Los ciudadanos catalanes y españoles debemos responder con la misma contundencia que en 1905 hicieron los jornaleros del pueblo salmantino de Boada a Ramiro de Maeztzu. “El patriotismo consiste en dar de comer a mis hijos”. En este período de fechas tan señaladas, engalanemos nuestros balcones de figuras de Papa Noel o de los Reyes Magos, la mejor estética posible. Y parafraseando a Fernando Aramburu: “Construirse a partir de impulsos grupales una identidad es un asunto a primera vista privado y por supuesto legítimo. Allá cada cual en la olla podrida de sus sentimientos”.  Bon Nadal. 

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