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Adam Smith en Hong Kong

30/09/2018 - 

La historia de Hong Kong (Xianggang en mandarín, cuya evocadora traducción es 'Puerto de los aromas', nombre que da título a una recomendable novela de John Lanchester que se desarrolla en Hong Kong de 1935 a nuestros días) es fascinante: territorio lejano de Pekín que se incorporó al Imperio chino bajo la Dinastía Han; potente puerto comercial internacional desde el siglo VII (punto neurálgico de la ruta de la seda que se desarrolló en esa época entre Asia, África y Oriente Medio); refugio de piratas; colonia británica a partir del siglo XIX (ominoso Tratado de Nankin de 1842) y tercer puerto más activo del Imperio británico ya en 1880; terrible invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial; crecimiento brutal de la población (de 1,6 millones de habitantes en 1950 ha pasado a cerca de 8 millones en 2017);  devolución a China en el año 1997 como resultado de las conversaciones entre Margaret Thatcher y Deng Xiaoping (los británicos al principio estaban convencidos de que podrían extender su presencia, pero la oposición china fue tan tajante como sorprendente para los ingleses), y la más importante manifestación de la sofisticada creación china de un país/dos sistemas. Es decir, un solo país —la República Popular China— y dos sistemas económicos que viven en armonía: por un lado, el presunto socialismo chino y, por el otro, la economía abierta capitalista de Hong Kong.

Hong Kong, además y sobre todo, es una historia de éxito rotundo. Los datos son elocuentes: se trata de una de las economías mundiales más abiertas, competitivas y orientadas a los servicios; es la segunda economía de Asia en lo que se refiere a origen y destino de inversión extranjera; canaliza el 11 % del comercio chino; tiene una renta per cápita que alcanza los 37.000 dólares frente a los 32.000 del Reino Unido; es uno de los lugares menos corruptos del mundo para hacer negocios y el lugar de Asia donde tiene lugar la mayor concentración de fondos de inversión, donde la actividad de capital riesgo es más floreciente en el continente, el segundo centro de sindicación bancaria en Asia, el tercer centro bancario mundial, el mercado más grande de salidas a bolsa (en inglés Initial Public Offerings o IPO) del mundo, con reservas de cuatro billones de dólares, y el séptimo mercado bursátil mundial.

Las razones de este triunfo son diversas, pero en este artículo destacaré tres que expondré a continuación.

Hong Kong es sinónimo de evolución, de cambio, de dinamismo y de adaptabilidad. Después de la Segunda Guerra Mundial, de ser una economía basada en la manufactura ligera y el comercio pasó a ser una economía predominantemente de servicios, en especial de servicios con un alto componente tecnológico y financiero. Por lo tanto, Hong Kong siempre está alerta a los cambios de la actividad económica, a las actividades nuevas, lo que le asegura, a pesar de algunas incertidumbres suscitadas por la China continental, un papel de liderazgo regional (en el sureste asiático junto con Singapur). 

En segundo lugar, otro de los motivos que ha contribuido a su progreso colosal ha sido el sistema educativo y la innovación. De acuerdo con el informe Pisa, en Hong Kong nueve de cada diez estudiantes alcanzan el máximo nivel de excelencia académica en materias como las matemáticas, la lectura y las ciencias. La explicación de estos magníficos resultados es relativamente sencilla: se invierten cantidades muy importantes de dinero en educación (el Gobierno asigna a educación el 17 % de sus presupuestos, lo que supone un gasto cercano a los 84.000 millones de dólares). Se ha hecho un gran esfuerzo por desplegar nuevas técnicas de pedagogía, que contribuyen a un mejor conocimiento por parte de los alumnos del contenido de los programas educativos y a una mayor comprensión de las materias estudiadas. Además, se fomenta en las clases la reflexión crítica. Sin duda, la educación en Hong Kong es tributaria de la aproximación anglosajona y se aleja de la del resto de China. También conviene destacar la cuantía de la inversión en educación por parte de los padres, que puede alcanzar fácilmente los 132.000 dólares (desde el colegio hasta la educación superior de la universidad) frente a los casi 100.000 dólares de Emiratos Árabes Unidos y los 71.000 de Singapur. 

En tercer lugar —y esta referencia da el nombre a este artículo—, se encuentra el sistema económico que instauró a partir de 1961 John Cowperthwaite en su condición de ministro local de Finanzas, cargo que desempeñó hasta 1971. Se trata de la mano invisible que está detrás del triunfo de Hong Kong. En su entretenido libro sobre este personaje (Architec of Prosperity: Sir John Cowperthwaite and the Making of Hong Kong), Neil Monnery analiza cómo un burócrata intachable se convierte en un héroe libertario. John Cowperthwaite, de profundas raíces liberales (basadas sobre todo en el clásico Adam Smith más que en su contemporáneo John Manyard Keynes, partidario de una intervención más activa del Estado), bautizó a su doctrina como “no intervencionismo positivo”, expresión con la que se refería a un nuevo laissez faire como piedra angular de su política económica. Estaba convencido —y esto es algo que algunos de nuestros políticos harían bien en oír— de que el “dinero debería dejarse que fructificase en el bolsillo de los contribuyentes”. Por lo tanto, ligaba la expansión económica a una baja tributación. Sentía aversión por cualquier plan de desarrollo económico que pudiese tener un impacto restrictivo de la actividad económica. Era partidario de la inversión extranjera en Hong Kong, para la que no ponía trabas. Esta concentración de la capacidad económica en manos privadas implicó un rápido crecimiento económico y, a su vez, una mayor redistribución de la renta a través de la prosperidad creada. En el caso de Hong Kong esta receta ha funcionado, aunque también es cierto que quizá las reducidas dimensiones de Hong Kong (como ciudad estado de mil kilómetros cuadrados escasos) han permitido este resultado favorable.

Lo que está claro es que el régimen chino —cada vez más presente en la política de Hong Kong en lo que se refiere a los fundamentos económicos— no ha cambiado nada desde 1997, año en que la ciudad dejó de ser territorio británico de ultramar.

Francisco Martínez Boluda es abogado de Uría Menéndez

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