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un reino en el espacio

Algo huele a podrido en Asgardia

Cerca de un millar de valencianos —más de 4.000 españoles— se han apuntado para ser los primeros habitantes de Asgardia, el primer país en el cosmos. Detrás de la utopía científica podría esconderse algo más oscuro: el intento de abrir el espacio a la especulación y la explotación comercial sin límites. Las elecciones para elegir a sus primeros representantes acaban el próximo 9 de marzo

22/02/2018 - 

VALÈNCIA.- Ignorados por sus compatriotas, cerca de medio millar de valencianos se ha sumado al contingente de 4.193 españoles que quieren emigrar nada más y nada menos que a Asgardia, el primer país en el espacio. València aporta 302 ciudadanos a esta lista mientras que Alicante pone 133 y Castellón apenas 37. Al total cabe sumar algo más de un par de centenares de vecinos de las tres provincias como Elche (45), Ontinyent (7),  Dénia (9) o  Vinaròs (5). Su destino, Asgardia, es una monarquía espacial creada por el investigador ruso Igor Ashurbeyli en octubre de 2016. Los españoles supondrán aproximadamente el 2,5% de los 170.000 habitantes -un 18% son mujeres— de 201 países del mundo que han decidido dar el salto a esta nueva nación que, si fuera algo más que un satélite del tamaño de una pelota de balomano, sería el 174 en el ranking de población.

El futuro de Asgardia —suponiendo que lo tenga— avanza a pasos agigantados aunque no esté claro hacia dónde. En 2017 se aprobó por votación popular el himno, la bandera y la constitución, y el próximo 9 de marzo concluirá el proceso electoral para elegir a los miembros del parlamento y del Gobierno. Será el cuerpo legislativo que dirija un país para el que Igor Ashurbeyli se ha reservado el cargo de rey. Ahora solo queda un trámite: pedir el reconocimiento de la ONU como país. 

De momento, lo único que hay de una nación que contará con doce idiomas oficiales y que se presenta como una especie de paraíso de la cooperación científica es el satélite Asgardia 1, un cubo de 10x10x20 centímetros y de apenas tres kilos de peso que orbita a unos 400 kilómetros de la Tierra desde el pasado 12 de noviembre. Los futuros asgardianos (el pasaporte estará listo a lo largo de este año) podían enviar fotos y recuerdos para almacenar en ese satélite cuya vida útil será, como máximo, de cinco años. Eso, y una página web que lleva en modo beta desde sus inicios —y cuyo funcionamiento parece un homenaje al Skylab— es todo lo que hay. No es de extrañar que de los cerca de 500.000 aspirantes a asgardianos que llegó a haber, apenas queden activos un 30%. 

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Y es que, aunque la idea parezca tan brillante como el esperanto, no es la primera vez que a alguien se le ocurre colonizar el espacio, pero los antecedentes no son los mejores. En 1949 el americano James Thomas Mangan reclamó en nombre de la Humanidad todo el espacio exterior para evitar que cayera en manos de unas superpotencias enfrascadas entonces en la Guerra Fría. Mangan se declaró rey y repartió títulos nobiliarios entre su familia: nombró a su hija princesa y concedió ducados a sus nietos. Incomprensiblemente, la ONU no le tomó en serio. El desafío al que se enfrenta Ashurbeyli —cuyo plan, cuando se aclare, es más conservador: solo quiere crear un planeta artificial o colonizar la Luna— es, precisamente, lograr el reconocimiento de la ONU.

¿El asgardiano nace o se hace?

Fernando J. Ballesteros es un apasionado del espacio. Experto en gramáticas extraterrestres y jefe de instrumentación del Observatori Astronòmic de la Universitat de València, se enteró de la existencia de Asgardia a través de internet. Era la época en la que Igor Ashurbeyli hizo su primer llamamiento para buscar aspirantes a formar un nuevo país en las estrellas. «La verdad es que me hizo gracia. En cierto modo representaba los valores de Star Trek con los que me crie, una civilización unida por la ciencia, con gente de distintos países y culturas... en un momento en que la exploración espacial se ha convertido en algo casi rutinario, sin la épica de otras épocas, me resultó simpático».

Ballesteros no es, ni pretende ser, un asgardiano ejemplar y se toma muy en serio el tema. «Al principio sí que le hacía más caso. Me he leído la constitución e incluso propuse una bandera cuando se hizo el concurso de ideas... pero pasó sin pena ni gloria. Lo que pasa es que últimamente lo veo un poco burocrático y no le hago tanto caso». «Evidentemente, le veo poco recorrido. No creo que vaya a ser nunca un país pero aun así tiene gracia; puede ser una manera de llamar la atención y que se vuelva a debatir sobre la carrera espacial o que se convierta en una excusa para hablar de ciencia». Tampoco es ajeno a los rumores y espera que al final, como se temen algunos, no se convierta en un paraíso fiscal o algo así. También cree que «a medida que crezca tendrán que tener ingresos. Ahora puedes hacer donaciones pero algún día habrá que pagar algún impuesto». ¿Estaría dispuesto él a pasar por la hacienda asgardiana? «Bueno, si son unos 'eurillos' que sirven para que se hable de ciencia, me lo plantearía y es posible que aportara algo».

Semana electoral... a 100 dólares por cabeza

VALÈNCIA (26/2/18).- Tras una larga carrera electoral, el próximo 9 de marzo concluirán las elecciones para los primeros cargos públicos de Asgardia. La proximidad del día a servido para animar el proceso y se ha notado tanto un aumento en el número de votantes (entre los que hablan castellano se ha superado el 25% del censo) como de candidatos: 85 aspirantes para 16 asientos en el Parlamento, aunque los favoritos siguen siendo los mismos. Lo curioso es que en esa jaula de grillos que es Asgardia, los candidatos han recibido una carta en la que se les invita a 'donar' 100 dólares para poder continuar en la carrera electoral. Este dinero lo pueden pagar ellos o sus seguidores. La cantidad que se va a recaudar es bastante modesta (unos 100.000 dólares si todos pagan) pero ya indica por dónde van los tiros de este proyecto que cada día tiene más visos de timo de dimensiones siderales

Españoles por Asgardia

De los candidatos españoles a ocupar un cargo en el próximo gobierno está el madrileño Andrés López Muñoz, médico reconvertido en terapeuta y maestro de Reiki. Tras aplazar varias veces la entrevista con Plaza manda un WhatsApp  para cancelarla en el que asegura carecer de «autorización para hacer declaraciones» [No precisa si de su majestad el rey de Asgardia o del de Celestia]. «Esta es mi declaración», añade. «Disculpa pero esto no es un concurso y no soy ganador», afirma con la solemnidad que exige el proceso electoral en curso.

López Muñoz, que tiene hasta su número de móvil en la red, añade: «Quiero mantener mi privacidad. Espero que la puedas respetar. Solo te digo que como español, humildemente he mostrado mi corazón e intenciones a los demás. Mis sueños. El deseo de un mundo mejor y llevaré con orgullo el nombre de España y respetando la Monarquía y dirigentes que dirigen nuestra nación», concluye para tranquilidad de la Casa Real española y desespero de los amantes de la puntuación.

Nuestro futuro representante asegura hablar italiano, japonés, portugués, gallego, francés, inglés y catalán, aunque en otros de sus CV que circulan por la red solo incluye los dos últimos. Su elección está casi asegurada ya que con sus 301 sufragios —cuando se escriben estas líneas— dobla a su más inmediato competidor, el gallego Marcos Echevarría (143 votos). La primera mujer, cuyo sillón también está prácticamente asignado, es la sanadora energética (¿?) María Elena Armendia, afincada en Boca Ratón (EEUU), que suma 74 respaldos. En realidad, todos los aspirantes tendrán su poltrona: hay dieciséis sillones reservados a candidatos del distrito cuatro, el que agrupa a los asgardianos de habla hispana, y tan solo hay catorce candidatos, la mitad españoles.

Las cifras reflejan una de las realidades del reino: superada la fase inicial, el interés que provoca es cada día menor. Cabe recordar que los aspirantes a formar parte del nuevo reino llegaron a sumar medio millón y ahora apenas superan los 174.000. Aun así, la implicación de los potenciales asgardianos de lengua hispana son bastante activos: 15,2% del censo había participado a finales de enero, cifra que se reduce al 7,2% entre los angloparlantes y cae al 2,7% entre los chinos.

Muchas dudas

El catedrático de Derecho Internacional de la Universitat de València Valentín Bou Franch es de los que tampoco le auguran mucho futuro al proyecto. Para él, el precedente no es tanto Celestia como el Principado de Sealand, una micronación fundada en 1967 por el locutor británico Paddy Roy Bates. «Para que aparezca un nuevo estado hay que cumplir un requisito elemental: crearlo conforme a derecho, y dudo que sea el caso». Bou Franch añade que «al igual que el mar, el espacio no puede ser apropiable. Además, un estado necesita habitantes y en Sealand tampoco había una población permanente. Y si en una plataforma perdida en aguas internacionales no vive nadie, mucho menos en un satélite un poco más grande que una maceta».

¿Qué puede impulsar a alguien a intentar crear un país en el espacio? «Creo que trincar», bromea este titular de la cátedra Joan Monnet que otorga la Unión Europea. «Hay muchos motivos que llevan a crear una micronación [que se diferencia de un microestado porque no tiene ningún reconocimiento internacional], pero uno puede poner en marcha una especie de paraíso legal con la intención de servir de sede para empresas de dudosa credibilidad. Así pueden decir, por ejemplo, que tributan en el extranjero, pero el plan dura hasta que los responsables de la firma son llamados por la justicia de su país. En general, la vida de una micronación es bastante breve». Bou Franch no descarta que algo así pueda estar detrás de este proyecto.

Otro que no lo acaba de ver claro es Víctor Reglero, director del Laboratorio de Procesamiento de Imágenes de la Universitat y académico de la IAA (International Academy of Astronautics) y que ha trabajado durante años para la Agencia Espacial Europea. Su opinión deja poco margen a la interpretación: «hay más ciencia en los dibujos de Los Supersónicos que en todo esto. Desarrollar la Estación Espacial Internacional necesitó unos 100.000 millones de dólares, y no digamos ya lo que cuesta mantenerla, y sirve para acoger a una docena de personas, a las que hay que llevar agua, alimento...». En cambio, «Ashurbeyli dice que su objetivo es construir toda una ciudad en el espacio, y además autosuficiente. Eso sin contar los daños para la salud de los habitantes, que morirían en un par de años». Eso sí, reconoce que «las figuraciones que suben a internet están muy bien, pero la realidad es que el satélite que han puesto en órbita es igual al que han mandado incluso alumnos de instituto, y que se compra ya ensamblado». Para él, el tema Asgardia «no tiene nada que ver con el programa espacial privado, como lo que hace Elon Musk y Space X, sino con el tocomocho o los que venden parcelas en la Luna y timos así».

El fundador

Para entender qué hay detrás de Asgardia es necesario detenerse en la figura de su peculiar impulsor, el multimillonario azerbaiyano de 54 años que en su día fue el alma mater de Almaz-Antey, uno de los mayores grupos empresariales de armamento (lo que eufemísticamente se llama ‘defensa’) de Rusia, del que fue expulsado en 2011 por motivos que aún no están claros. Su primera reacción, según un artículo de la revista digital Meduza —de la pocas que no se ha limitado a cortar y pegar lo que cuenta Ashubeyli en su página web—, fue dedicarse a financiar la construcción de catedrales ortodoxas por toda Rusia.

Con el tiempo, cambió su objetivo. Si con sus donaciones a la iglesia ortodoxa se había ganado el cielo, ¿por qué no intentarlo ahora con el espacio? Así, en 2013 creó Aerospace International Research Center, cuya única actividad demostrable es la publicación de la revista en pdf Room. The Space Journal, cuya línea editorial parece estar centrada en promocionar su proyecto. La elección de la sede, Austria, no es casual: como señala Víctor Reglero, es el lugar donde se encuentran distintas organizaciones de segundo nivel de la ONU relacionadas con la exploración espacial. Un buen lugar para hacer lobby.

Al azerbaiyano también es el impulsor de la Expert Society on Space Threat Defense (SSTD), a la que en 2015 le fue reconocido el estatus de asesor de la Unesco y cuya función parece limitarse a glosar los éxitos de su fundador. La número dos en su aventura asgardiana es la ingeniera y MBA Lena de Winne, esposa del astronauta belga Frank de Wine, a quien conoció siendo ella alto cargo de la ESA. Ashubeyli también cuenta en su equipo con David Alexander (director de Rice University's Space Institute); Ram Jakhu (director del Institute of Air and Space Law at McGill University), probablemente el más prestigioso en su campo, o Joseph N. Pelton (director del Space and Advanced Communications Research Institute, SACRI) de la George Washington University), una referencia en EEUU. ¿Qué hace este dream team del derecho espacial embarcado en un proyecto tan dudoso? A esto se suma que Ashubeyli es, además, uno de los principales accionistas de Seraphim Capital, una empresa británica de inversión dependiente de SpaceFund.

Otra cosa es la Constitución, elaborada, cómo no, por su equipo jurídico. Los asgardianos solo podían decir «sí» o «no» a un texto que establece, por ejemplo, que el jefe del Estado podrá disolver el Parlamento, y designar y eliminar la Corte de Justicia, al presidente del Consejo Supremo, al fiscal general —el único que puede destituirle—, a los embajadores... Además, y este punto no es baladí, la legislación del país incluye «garantizar la igualdad de oportunidades en el espacio para todos los ciudadanos asgardianos».

El argentino Juan Manuel de Faramiñán es sin duda el mayor experto en derecho del espacio en lengua castellana. Catedrático emérito de Derecho Internacional Público de la Universidad de Jaén y fundador del Centro Europeo de Derecho del Espacio, es desde julio de 2017 director de la Red latina del espacio ultraterrestre. Es, además, uno de los que cree que Asgardia no es ni una broma ni el delirio de un oligarca ruso al que le sobra el dinero, sino un posible caballo de Troya, un reflejo de cómo algunos lobbies presionan para acabar con la práctica de considerar el espacio patrimonio de la Humanidad y abrirlo a la explotación comercial de los pocos países con capacidad para escapar de la gravedad terrestre.

Para empezar, dice, «no veo cómo la estructura de un territorio pueda definirse en el marco de un satélite.  Habría que hacer uso de una gran cautela jurídica con el fin de evitar ensoñaciones peligrosas que oculten figuras engañosas y que contradigan la idea básica sobre la que se han apoyado los cinco tratados del espacio que consideran al espacio ultraterrestre como un ámbito de ‘interés para la Humanidad’ y no de intereses de carácter privado». A continuación recuerda que hay lobbies «que quieren tomar el espacio ultraterrestre como un ámbito económico de explotación cuando ya están dejando al planeta Tierra exhausto y expoliado, cuestión que me plantea problemas de carácter ético y jurídico».

No se trata de un peligro futuro, insiste, sino de una realidad. Señala «la reciente adopción de la conocida como Space Act, en la que EEUU se atribuye la posibilidad de que cualquier persona física o jurídica norteamericana pueda explotar en su beneficio los minerales y riquezas que encuentre en los asteroides, puede que incluso en la Luna», precisa. 

De Faramiñán comprende la «buena voluntad» que desprende el proyecto pero «convendría recordar», matiza, «que para lograr la paz y la fraternidad entre los miembros de la Humanidad no es necesario crear un reino espacial», sino que en el planeta Tierra existen numerosos movimientos y oenegés que están realizando una importante e ingente labor con estos mismos cometidos». 

*Este artículo se publicó originalmente en el número 40 (enero/2018) de la revista Plaza

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