Arquitectura y patrimonio

VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

Boira en la estación València: por qué su llamada a la misericordia y progreso son un proyecto para la ciudad

De regreso a la Universitat, el profesor Boira lanza a la sociedad valenciana un reto que está por delante del modelo de ciudad: qué València debemos contarnos

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VALÈNCIA. Hace unos meses se apeó de sus cargo como responsable del Corredor Mediterráneo, tras un tiempo en que logró algo inverosímil: convencer a propios y extraños de que esa voluntad por querer llegar (más lejos, para estar más cerca) no debía encararse desde la frustración de lo que no está hecho, sino desde la posibilidad de lo que puede hacerse. Aunque en apariencia era un trabajo técnico y frío, de mapas e infraestructuras, sus principales impulsores pronto vieron que solo saldría adelante con grandes dosis de persuasión social. Requería una narrativa de lo común. 

Ahora Josep Vicent Boira vuelve a las clases. El catedrático de geografía humana -de la Universitat de València-, que se mueve mentalmente conectando puntos, tiene el foco en uno de ellos. Su estación favorita. València recupera con plena dedicación a uno de sus hombres con mayor capacidad para imaginar esa otra narrativa que la ciudad necesita, no tanto para reivindicarse sino como guía ante un contexto repleto de tentaciones y trampantojos con los que ser demasiadas cosas para terminar no siendo nada. 

No es una preocupación demasiado reciente. Su tesis lleva por nombre La percepción del espacio en una gran ciudad: Valencia y su imagen mental. Era 1991. Unos 35 años después las percepciones son si cabe más relevantes. Y Boira repite, ante quien le escucha, que una de las principales urbes del Mediterráneo, la suya, debe basar su plan en dos de los conceptos que la han traído hasta aquí: misericordia y progreso.  

Merece una explicación. 

Llevamos años sin parar de hablar de relatos, narrativas… Un exceso de uso. ¿Pero por qué para una ciudad es relevante tener un relato propio?

Josep Vicent Boira: La filósofa Victòria Camps dijo que nuestra sociedad tiene “nostalgia de comunidad”. Eso es el relato. Precisamente la ciudad como espacio vivido es donde el relato es más necesario. Un territorio mayor, cargado de relato, tiende a querer imponerlo a sus territorios vecinos e incluso a sus propios habitantes, desnaturalizando sus diferencias internas. Pero esto pasa en las ciudades. No hay ciudades agresivas, ni conquistadoras, ni siquiera homogéneas. Al contrario, en las geografías políticas contemporáneas, las ciudades son espacios de acogida. Hoy el relato urbano puede ayudar a cohesionar a la sociedad, la trae del pasado al presente y la proyecta al futuro. Una ciudad sin relato es como un motor sin energía. El relato resume cientos de años de historia, de objetivos comunes, de energías compartidas. El relato materializa así la identidad cívica, el orgullo urbano. Debería ser el reflejo de su historia y ayudar al reto colectivo de construir una ciudad mejor para todos. Dice el filósofo Byung-Chul Han que la cultura no se forma con caminos que van directamente hacia la meta, sino por digresiones, excesos y desvíos. Hemos de abandonar planes estratégicos, valoraciones cuantitativas de lo urbano, indicadores estadísticos refinados y tablas numéricas de todo tipo para volver al relato como divagación, lucubración y digresión en la aparente ordenada vida de una ciudad. El relato es cultura, es narración, es potencia social y cívica. 

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¿Qué relato desarrolla València sobre sí misma? ¿O cuál está dejando de desarrollar? 

Josep Vicent Boira: Los relatos se construyen y los elementos que lo conforman se buscan cuidadosamente. También se olvidan o se ocultan intencionadamente. Por eso hay relatos que privilegian los episodios de continuidad y otros que llaman la atención sobre la ruptura. En este sentido, en València habría un relato conservador dominante, pero también hay otro relato progresista. Por ejemplo, en 1903, en el contexto de unas reivindicaciones de pescadores del Cabanyal-Canyamelar contra los “amos” de barca de las grandes sociedades de pesca del lugar, se propició que, ante el movimiento patronal de no ceder los bueyes que arrastraban las barcas tierra adentro tras la jornada de pesca, cientos de vecinos tomaran las maromas y con la fuerza sumada de todos ellos, pudieran varar las embarcaciones. En señal de victoria, las fajas que llevaban los pescadores en sus cinturas se colgaron en los mástiles y en las velas de esas mismas barcas. ¿Quién han visto una fotografía de aquel momento? ¿Cuánta gente conoce este episodio? ¿Forma parte del relato? Pues fue publicado en el ABC de aquel año. Yo he visto esas dos fotografías, propias de películas como Novecento, que no forman parte del relato dominante de la ciudad, más centrado, por ejemplo, en la “revolución burguesa” que supuso la Exposición Regional Valenciana de Tomás Trenor, seis años más tarde, de 1909. 

Dicho esto, creo que hoy, más que buscar un relato progresista o conservador de la ciudad, habría que integrar elementos de ambas tradiciones para conformar un relato único que pudiera ser reconocible por la mayor parte de sus vecinos y vecinas. Un relato integrador y no excluyente, porque un relato es una explicación de cómo hemos llegado aquí tras más de dos mil años de historia, qué errores hemos cometido y de qué éxitos colectivos nos podemos enorgullecer. 

Planteas ante eso la misericordia y el progreso como los dos términos que mejor muestran la historia de València y que conducen hacia el futuro. 

Josep Vicent Boira: Mi visión se deriva del conocimiento de la historia de la ciudad, de sus episodios más notables, de la repetición periódica de objetivos y de logros a lo largo de cientos de años de vida. Es como una destilación de lo cotidiano. La misericordia y el progreso son constantes que se repiten, bajo diferentes formatos, no siempre con el mismo rostro, en momentos singulares de la historia urbana de València. 

La misericordia nutre los sentimientos de cohesión social y caridad desde Eiximenis hasta el padre Jofré y la advocación de la Mare de Déu dels Desemparats, pero también lo encontramos en los escritos de Joan Lluis Vives o de Mayans, en los esfuerzos asistenciales de la Beneficencia, incluso en las revueltas obreras en busca de una mejor vida para los más débiles de la ciudad, como en las barricadas delsvelluters. También hay rastros en la visión de Blasco Ibáñez a favor de la educación, la instrucción y la cultura. Misericordia como acción social y misericordia como reacción política ante la miseria y la explotación. Y por cerrar el círculo, quiero recordar la llegada en 2018 del barco Aquarius al puerto de València y la extraordinaria movilización de la sociedad civil para ayudar a quienes venían en él huyendo del drama y en busca de una mejor vida. ¿Fue casualidad que ese barco desembarcara aquí y que la política y la sociedad se movilizaran como lo hicieron? 

Por otra parte, en diferentes momentos de la historia urbana, el progreso (siempre colectivo) se tornaba objetivo de gobernantes y motor de la actuación vecinal. No sé si otras ciudades de España tendrán dedicada una calle al progreso. València sí. En el Cabanyal-Canyamelar y aunque corresponda a la sociedad marinera “El Progreso Pescador”, no debe hacernos olvidar la fuerza del concepto. Progresista viene de progreso y València ha sido una ciudad progresista en muchos momentos de su historia… Gran parte del nomenclátor del barrio de la Gran Vía está dedicado a hombres de nítido perfil progresista e incluso revolucionario. Cristóbal Pascual y Genís fue redactor de la primera proclama de la junta revolucionaria de 1868 en Valencia, José Cristóbal Sorní fue republicano combatiente de las barricadas de Madrid en 1866, comandante del batallón de milicianos del Voluntarios del Congreso y el ministro de la república federal de Pi i Margall (y por cierto firmó la abolición de la esclavitud en Puerto Rico), Félix Pizcueta llegó a ser secretario de la Junta revolucionaria en la Valencia de 1868, director del diario de Madrid “La Nación” y miembro del partido demócrata-progresista, Eduardo Pérez Pujol fue promotor de la creación del Centro Federativo de Sociedades Obreras de Valencia, autor de “La cuestión social en Valencia” en 1872 y miembro de la Institución Libre de la Enseñanza, José María Orense era marqués de Albaida, diputado por Valencia y el primero en proclamar la república federal como forma peculiar del Partido Demócrata Español, José Peris y Valero fue miliciano a los 16 años en el batallón universitario que combatían a los carlistas, alcalde de València, diputado provincial y gobernador civil. Se dice de él que en 1868 arrojó el busto de Isabel II desde el balcón de Gobierno Civil. 

Todos ellos bautizan hoy calles de gran popularidad en Valencia, sin que la mayoría de quienes viven o transiten por ellas sepan de su notable biografía. Esta falta de significante es preocupante. Deberíamos rellenar de nuevo de hechos históricos, sociales e incluso políticos, esos nombres que hoy flotan ingrávidos en la memoria de la ciudad. Eso es relato. 

De todas maneras, el progreso también se entiende desde otro punto de vista, también muy presente en nuestra ciudad. Para mí, en brazos del “progreso”, interpretado de otra manera, se arrojaron desde el marqués de Campo a Rincón de Arellano o Rita Barberá. Los tres fijaron una idea de progreso que también se ha consolidado en el imaginario ciudadano. De aquí su éxito. 

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¿De qué manera esa misericordia y progreso tienen continuidad hoy?

Josep Vicent Boira: Hay que ser conscientes de esta herencia y actualizarla. Si el relato de València se articulara sobre otros principios, el debate sobre el presente y el futuro de la ciudad de València no sería tan apasionante, pero justamente ahora, cuando algunos buscan el progreso sin misericordia, nos hallamos en el punto ideal para plantear nuestro futuro. ¿Protagonizar una revolución tecnológica que margina a los más débiles o a los desheredados?, ¿avanzar económicamente y socialmente sin tener en cuenta a los migrantes?, ¿dibujar el futuro urbanístico de València sobre el principio de los privilegiados? Todo ello sería un error que chocaría con el relato y las raíces de nuestra historia. Por ello, creo que ante las próximas elecciones municipales de mayo de 2027 deberíamos abrir un debate social y ciudadano sobre el relato de la ciudad, que es como decir de dónde venimos y a dónde vamos, qué tipo de ciudad queremos. Para mí es un debate más profundo y humano que sencillamente establecer el modelo de ciudad. El modelo debe provenir del relato. ¿Tiene València un modelo de ciudad? La pregunta es si queremos tener un relato. 

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