VALÈNCIA. En agosto de 2026 se han cumplido 90 años del asesinato de Federico García Lorca y en 2027 viviremos el centenario de una de las promociones de intelectuales más grande que ha presenciado España, la Generación del 27. El grupo reunió, en torno a la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, a un núcleo fundamental de escritores y poetas españoles entre los que se cuentan Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. A ellos se sumarían otros como Juan Larrea, José Bergamín, Juan Chabás, José María Hinojosa, Pedro García Cabrera y Mauricio Bacarisse, además de otros autores vinculados a su entorno intelectual y editorial, como Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre, María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León y Carmen Conde.
Los días 16 y 17 de diciembre de 1927 un grupo de jóvenes inquietos, entre los que se encontraba Lorca, se dio cita en Sevilla para hacer algo tan irrelevante como simbólico: rendir homenaje a Luis de Góngora en el tercer centenario de su muerte. El evento estuvo patrocinado por el mítico torero Ignacio Sánchez Mejías y la fotografía del grupo que se tomó entonces se ha interpretado siempre como la imagen fundacional de la Generación. Un torero, un poeta culterano del Barroco y un grupo variopinto de escritores con aspiraciones dieron un hermoso ejemplo de que en España la tradición y la vanguardia podían convivir para hacer de este país un lugar mejor. Muy alejados del pesimismo noventayochista, los poetas del 27 creyeron que España tenía un futuro tan brillante como su pasado. Modernizar España sin renunciar a España; seis palabras fáciles de escribir o soñar y, aparentemente, tan difíciles de realizar.
A un grupo estrictamente literario debe añadirse el amplio círculo artístico y cultural que hizo posible la extraordinaria densidad intelectual de este periodo conocido como la Edad de Plata, integrado por figuras como Luis Buñuel, Salvador Dalí, Maruja Mallo, Benjamín Palencia, Gregorio Prieto o Manuel de Falla. Federico García Lorca ocupó un papel especialmente significativo como como núcleo de convergencia entre poesía, teatro, música y artes plásticas. La nómina, por tanto, no constituye una generación cerrada ni homogénea, sino una constelación de escritores, artistas e intelectuales unidos por redes de amistad, colaboración, revistas, editoriales, tertulias y proyectos comunes, cuya producción transformó decisivamente la cultura española de las décadas de 1920 y 1930.
La vida truncada de un genio
Federico García Lorca nació en Fuente Vaqueros, Granada, el 5 de junio de 1898, en el seno de una familia acomodada de la Vega granadina. Hijo del 98, es imposible imaginar a una persona más distinta de aquellos literatos pesimistas que se arracimaron en torno a esta fecha finisecular. Su formación estuvo marcada desde el principio por una doble vocación artística: la música y la literatura. Estudió Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada y, en aquellos años, entró en contacto con Manuel de Falla, cuya amistad resultó decisiva para su comprensión de la música popular andaluza y para la construcción de una obra poética profundamente atenta al ritmo, la tradición oral y el cante. Su primer libro, Impresiones y paisajes, vio la luz en 1918.
En 1919 Lorca se trasladó a Madrid y se instaló en la Residencia de Estudiantes. Aquel espacio fue mucho más que un lugar de alojamiento, pues se convirtió en uno de los principales centros de renovación intelectual de la España del período de entreguerras. Allí coincidió con Luis Buñuel, Salvador Dalí, Rafael Alberti, Emilio Prados, José Moreno Villa y otros escritores y artistas, y estableció una relación especialmente estrecha con Juan Ramón Jiménez. La Residencia convirtió a Lorca en uno de los protagonistas de una nueva cultura española que buscaba conciliar la tradición literaria con las vanguardias europeas.

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- Foto: Álex Cámara / Europa Press
Su trayectoria adquirió pronto una extraordinaria amplitud. Libro de poemas, Poema del cante jondo, Canciones, Romancero gitano y, posteriormente, Poeta en Nueva York (1940, aunque escrito entre 1929 y 1930) muestran la evolución de un escritor capaz de transformar los materiales de la tradición popular en una poesía de poderosa densidad simbólica. En el teatro alcanzó, asimismo, una posición central con Mariana Pineda, Bodas de sangre, Yerma, Doña Rosita la soltera y La casa de Bernarda Alba. Su lenguaje dramático convirtió el conflicto entre deseo, norma social, libertad y destino en una de las grandes expresiones de la literatura española contemporánea.
Lorca pertenece al núcleo fundamental de la llamada Generación del 27. Pese a que el nombre procede de la reunión celebrada en Sevilla en diciembre de 1927 para homenajear a Luis de Góngora, la realidad intelectual del grupo fue anterior y mucho más compleja que aquel episodio. Junto a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, entre otros, Lorca participó de una renovación poética que no rechazó la tradición, sino que la convirtió en materia de modernidad. Góngora, la poesía popular, la lírica tradicional y la literatura del Siglo de Oro convivieron así con el surrealismo, la experimentación formal y las vanguardias.
Entre 1929 y 1930 Lorca viajó a Estados Unidos y Cuba. La experiencia neoyorquina transformó profundamente su escritura y dio lugar a Poeta en Nueva York, una de las obras capitales de la poesía española del siglo XX. De regreso a España, asumió una dimensión pública nueva como director de La Barraca, proyecto teatral universitario destinado a llevar los clásicos del Siglo de Oro a públicos alejados de los grandes centros culturales.
La Guerra Civil truncó violentamente aquella trayectoria. Tras el levantamiento militar, Lorca buscó refugio en la casa de la familia Rosales en Granada, pero fue detenido el 16 de agosto de 1936 y ejecutado en la madrugada del 17 de agosto, en el entorno de Víznar y Alfacar. Lorca era un intelectual liberal, un hombre homosexual, un joven defensor de una cultura accesible a las clases populares y un escritor públicamente identificado con la modernización cultural de España. Aunque queda mucho por saber, el asesinato de Lorca en 1936 fue, más que la eliminación de un individuo, el intento de cancelar aquello que el poeta representaba.
La importancia de Lorca excede la dimensión trágica de su muerte. Su obra constituye uno de los puntos culminantes de la Edad de Plata y uno de los momentos decisivos de la modernidad española. En él confluyen tradición y vanguardia, cultura popular y alta literatura, poesía y teatro, música y palabra. Su asesinato convirtió al escritor en símbolo histórico, pero fue su obra, extraordinariamente moderna y al mismo tiempo arraigada en la tradición española, la que aseguró su trascendencia. Lorca no es únicamente una figura central de la Generación del 27, es uno de los autores que mejor explican la ambición cultural de aquella España y, con ella, la dimensión europea y universal de la literatura española del siglo XX.

- Cartas de Lorca. -
- Foto: Álex Cámara / Europa Press
Valencia y Federico García Lorca
La relación de Federico García Lorca con Valencia debe situarse en el seno de la intensa red intelectual que articuló la cultura española durante los años veinte y treinta del siglo XX. Artistas valencianos como Josep Renau participaron del mismo clima de renovación estética y cultural que rodeó a Lorca y a los jóvenes escritores del 27. Su actividad al frente de Nueva Cultura y, posteriormente, como director general de Bellas Artes, lo situó en el núcleo de la política cultural de la que se conoce como Edad de Plata y de la constelación de artistas e intelectuales que pretendieron transformar la cultura española mediante la convergencia de literatura, teatro, artes plásticas y educación.
Entre los escritores valencianos vinculados a la Generación del 27 destacó el alicantino Juan Chabás Martí, miembro del núcleo fundacional y participante en los actos del centenario gongorino, aunque también Juan Gil-Albert y Miguel Hernández, algo más jóvenes, tuvieron una sólida imbricación en el grupo. Además, el núcleo de poetas de Castellón, representado por Bernat Artola Tomàs, Francesc Almela i Vives y Lluís Revest i Corzo, participó activamente en la regeneración literaria española del período. El propio Dámaso Alonso obtuvo en 1933 la cátedra de Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Valencia y la conservó hasta 1939, contribuyendo a afianzar la relación de la ciudad con la renovación cultural española.
Entre los valencianos del entorno de Lorca destacó Max Aub, cuya trayectoria permite establecer una relación directa entre la Generación del 27 y la vanguardia cultural valenciana. El autor de El laberinto mágico conoció a Lorca en Madrid en 1926 y quedó impresionado. Más tarde, desde Valencia, siguió con atención su actividad teatral y encontró en La Barraca un modelo para la creación de El Búho, grupo de teatro universitario que dirigió entre 1934 y 1936. La correspondencia y los testimonios conservados muestran que Aub respaldó el proyecto lorquiano y que su propia concepción del teatro universitario valenciano se desarrolló, en parte, en diálogo con aquella experiencia.
Muy distinta, y mucho más estrecha, fue la relación con Margarita Xirgu, actriz catalana que unió a Lorca con Valencia. La actriz fue la gran intérprete de la dramaturgia lorquiana y una de las personas decisivas para convertir sus obras en acontecimientos teatrales. Estrenó Mariana Pineda en Barcelona en 1927 con vestuario de Salvador Dalí, participó en la difusión de La zapatera prodigiosa, protagonizó Bodas de sangre y estrenó Yerma en 1934. En Valencia la actriz actuó en varias ocasiones entre 1926 y 1935 y en el Teatro Principal de Alicante llegó a participar en doscientas representaciones. Lorca se desplazó a Valencia en 1935 para verla representar Yerma en el Teatro Principal, y esta estancia marcó parte de su obra literaria.
Lorca viajó a Valencia en noviembre de 1935 con motivo de las representaciones de Yerma por la compañía de Margarita Xirgu. Allí esperaba la llegada de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y objeto de los afectos del poeta, quien finalmente no acudió a la cita. La frustración afectiva de aquella espera está directamente relacionada con la escritura, en el Hotel Reina Victoria de Valencia, de varios borradores que acabarían dando forma a sus Sonetos del amor oscuro. Uno de ellos es el extraordinario Soneto gongorino en que el poeta manda a su amor una paloma, cuyo primer verso —«Este pichón del Turia que te mando»— posee una referencia valenciana explícita.
Valencia aparece, por lo expuesto, como uno de los nodos periféricos, pero esenciales, de la cultura de la Generación del 27. Aquí convergieron el teatro de Lorca y Aub, la renovación artística de Renau, el magisterio de Dámaso Alonso, la actividad de las compañías profesionales de teatro y el proyecto universitario de El Búho con el de La Barraca. La historia valenciana de Lorca no es, por tanto, un episodio menor de su biografía, sino un capítulo brillante de la circulación territorial de la modernidad cultural española que muestra como la Generación del 27 fue una red intelectual de alcance nacional y que Valencia fue entonces, como otras muchas veces, una tierra con un tejido cultural deslumbrante.