VALÈNCIA. Subir a la primera planta de la Fundación Bancaja es como introducirse en un cuadro de Velázquez o Goya. La sala principal, que hace un año reflejaba la luz del pintor valenciano Joaquín Sorolla -con motivo de la celebración del Año Sorolla- ahora parece una cámara oscura, tan solo alterada por una tenue luz que forma un pequeño camino que invita al espectador a empujar las puertas de cristal para resaltar otro nombre: el de Lita Cabellut (Sariñena, 1961).
Entre bastidores, esculturas y algunos restos de pintura que se exponen en vitrinas de cristal, la artista repasa medio siglo de producción en la muestra Lita Cabellut. Vida desgarrando el Arte, en la que propone un paseo coreográfico por la historia de sus “pulsiones vitales” a través de 120 obras, entre las que hay cultura, pintura y “fragmentos” de su taller. Jugando a esconder su relato entre la oscuridad, Cabellut se arma con su pincel para ahondar en capas y capas de pintura que le sirven para hablar de la vida y la muerte, la pasión, el poder y la pobreza, la identidad y la libertad que le guía para crear. Lo hace poniendo el foco en los grandes marginados de la sociedad, centrándose en sus historias y “desgarrando” sus relatos.

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Una lectura que, según el comisario de la muestra, Eloy Martínez de la Pera, se centra en la verdadera esencia del ser humano para “agitar las emociones” del espectador: “Su arte es capaz de leer el reverso de la vida, de entender los claroscuros de la historia y comprender lo que le agita. Cabellut consigue retratar con dignidad a los protagonistas marginados de la historia que miran al mundo con nobleza y esperanza”.
Trazando un recorrido visual a través de sus pasiones, Cabellut viaja a lo largo de cincuenta años de producción artística para abrirse en banda a la ciudad de València, que alberga por primera vez su obra. Un hito que para Rafael Alcón, presidente de la Fundación Bancaja, supone un regalo único para analizar la vida de la artista: “Su compromiso con el arte es ético y estético. Esta exposición inédita hace un análisis que permite comprender la fuerza de sus cuadros mientras explora la esencia del ser humano”.

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Esta esencia se cuenta bajo decenas de capas sobre las que Cabellut va desgarrando su obra. Respecto a su proceso de creación, la artista confiesa que pintar para ella es como subirse a “un ring de boxeo” y que rascar entre las capas que aplica sobre el lienzo le ayuda a descubrir sus historias como si fueran batallas únicas. “Trabajar sobre el negro me sirve para centrarme en el misticismo de sus historias. Pintar es como acto performativo en el que abrazo, rasco y me enfrento a capas y capas de pintura sobre las que aplico fuerza y agresividad mientras aparece la obra que estaba ahí desde el principio. El arte se vuelve más bello cuando lo desgarro”.
Para el comisario de la muestra, su creación, “cruda y emocional”, le permite también revisar lienzos de hace más de veinte años y reinterpretarlos con motivo de esta retrospectiva. Prueba de ello es una enorme vasija Ding de bronce que da la bienvenida al visitante que está repleta de las esquirlas de sus obras. “Estos restos son la invitación a conocer su esencia y a vivir la experiencia de su creación. La vasija recoge parte de sus obras, comprende su agitación y mezcla parte de todos los artistas que le han inspirado a lo largo de su historia. Hay personajes marginados como los de Velázquez, colores como los del Greco y una obra sólida como la de Rembrandt. Hay soledad, poder y una historia de libertad representada por Sancho en vez de por Don Quijote”, algo que en las esquirlas se cuenta en “trozos que se han caído, doblado y pisado” y siguen ahí tras más de cinco décadas.

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Respecto a esta enorme vasija que recoge los “restos” de su producción, Cabellut confiesa que le sirve para explicar “cómo aparece la obra sobre el lienzo” y le ayuda también a comprender cómo evoluciona su obra: “Al revisitar mi estudio para preparar esta muestra vi junto a mi hija lienzos antiguos que siguen contando mi historia y que muestran la belleza de lo incompleto. Cuadros que siguen retratando la historia de los marginados de hace años que siguen siendo los mismos de ahora. Los problemas que trato en mi obra son los mismos que abarcaba Goya hace doscientos años, porque el arte habla de nuestro miedo a la existencia, pero está aquí para curarnos”.
Como si fuera un bálsamo reparador, Cabellut se sirve de las esquirlas de su obra y recompone su esqueleto sobre estas. Lo hace reconciliándose con la pequeña Lita, que visitó con trece años el Museo del Prado y se prometió que crecería para ser artista: “Siempre quise dedicarme a esto, mi sueño era ser artista porque un trozo de tela puede albergar diferentes mundos en los que quiero convivir. Me interesa retratar a los que no tienen voz porque no los veo frágiles, sino fuertes. Quiero que mi arte sea un compromiso compartido”. Uno que, hasta entre muros negros, proyecta un halo de luz sobre esos mundos que Cabellut construye capa tras capa sobre sus “lienzos desgarrados”.

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