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una isla en alboraya

Así es 'Zape', el espacio expositivo de las primeras veces

18/12/2021 - 

VALÈNCIA. En Alboraya ha aparecido una puerta misteriosa que, desde hace meses, cobija el proyecto de arte contemporáneo más joven de la escena valenciana. El espacio, sin embargo, prefiere camuflarse entre la fauna urbana. El portón amarillento no cuenta con ningún indicativo que desvele o, al menos, dé una pista sobre lo que allí dentro atesora. En el local contiguo, un horno que despierta el hambre de cualquiera. Frente a él, un centro de formación en odontología. Ambos locales llaman más la atención que ese bajo perdido en la calle Diví Mestre. Y es que aquello de mimetizarse con el entorno, de levantar un proyecto cultural sin confeti ni photocall, no es casualidad. Es un espacio hecho desde el barrio, desde Alboraya. Sin complejos y sin ganas de aparentar lo que no es. Se trata de Zape, la nueva aventura expositiva impulsada por el artista (aunque más tarde hablaremos sobre esta palabra) Guillermo Ros (Vinalesa, 1988), un espacio que inicia su andadura este mismo fin de semana con el objetivo de servir como revulsivo a la escena cultural actual. Pero antes de irnos de inauguración, vamos al origen. 

El espacio, un antiguo almacén comercial, se convirtió durante meses en la segunda casa de Ros, un taller desde el que dio forma a Un ejercicio de violencia, su aplaudida exposición en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Allí levantó los pilares que todavía ocupan la galería 6 del museo y modeló las ratas mutantes que campan a sus anchas por el piso superior de la sala. Pero esa tarea no la llevó a cabo solo, aunque sea su nombre el que corone carteles, catálogos o charlas. Porque, ¿a quién se le ocurre preguntar en una exposición quién ha producido el diente metálico que asoma por la boca de la rata? Por si se lo preguntan, su nombre es David García, es herrero y el material con el que creó la pieza es Acero de Damasco. Él, como tantos otros creadores, fueron una parte clave para levantar el sueño de Ros, un sueño compartido que tiene mucho que ver con cómo entiende el trabajo creativo, un proceso en el que cada pieza es clave, cada obrero. Y obreros allí son todos. 

Con esa idea en mente, Ros empezó a deslizar a unos y otros la idea de reconvertir ese taller en un espacio expositivo que no distinguiera entre ‘clases’ en el mundo del arte, en el que da igual si los más oficialistas dicen que eres artista, creador, artesano o si, sencillamente, ni te nombran. Así nació Zape. “En Zape se pretende crear un contenido conceptual, artístico y contemporáneo, pero que no entre en el sistema clasista y elitista del arte”, explica Ros en conversación con Culturplaza. Esta suerte de galería alternativa, un espacio autogestionado sin ánimo de lucro, funciona como lugar de “experimentación y reflexión práctica en torno al hecho creativo”, un marco que, aunque se sitúa lejos de los grandes centros culturales (pero lo suficientemente cerca como para seguir vigilantes), quiere plantear una reflexión mayor sobre la práctica artística y la propia gestión cultural.

¿El resultado de esta reflexión? Hard Counter Club, una exposición que reúne la obra de nueve creadores, siendo para algunos de ellos la primera vez que forman parte de una muestra, la primera vez que su nombre aparece en el cartel de bienvenida y, quizá, la primera vez que miran el material que manipulan a diario como arte. Pero lo cierto es que en el recorrido no hay diferencia alguna entre la obra de unos y otros creadores, no hay estamentos ni el espectador aprecia ninguna diferencia más allá del propio gusto personal por una obra u otra. La decisión de mezclar las piezas no es azarosa, sino que favorece esa reflexión sobre qué debe ser considerado arte desde un punto de vista oficial y qué no, jugando a confundir con la convivencia de obras de creadores ‘consagrados’ y otros ‘novatos’, de artistas y artesanos. “La idea surgió de esa convivencia del trabajo, del hecho creativo y del respeto. Encuentro muchas más semejanzas con estas personas trabajadoras, ¿por qué no pueden exponer?”, relata Guillermo Ros. 

Foto: ESTRELLA JOVER.

De manera inesperada, las propias obras dan forma a una suerte de vivienda. En la entrada, una ventana al exterior, un perchero y un garaje. En realidad se trata de la obra de Alberto Feijóo, una fotografía que abre una ‘ventana’ a un descampado; los mencionados dientes de rata de David García, que aparecen incrustados en el muro; y una fotografía de un camión intervenida de Juan Ripoll. Conforme vamos avanzando por la sala, entramos en el terreno de la intimidad. Sobre las duras rocas de RV VertiKal, que bien podrían ser una mesa o un cama, se colocan las piezas creadas por las artistas Aina Monzó y Sandra Mar. La primera, deja sobre ella un puñado de piezas de lencería creadas con parafina y resina; la segunda se encarga de la vajilla, con un juego de piezas de cerámica que juegan con la idea de lo cotidiano y de la fantasía, formas que remiten a lo real y a lo imaginado. 

Aunque a priori la obra de Jaime Asins sería la que más se aleja de esa estructura hogareña, lo cierto es que es clave para entender el recorrido, pues la casa en algo físico, sí, pero también emocional y mental. El creador, experto en modelado 3D, trabaja principalmente en el sector del diseño de monumentos falleros, un background que ha llevado a la exposición planteando un diseño de ninot clásico que está siendo poseído por el villano del universo Marvel Venom, una pieza que habla de la “necesidad de hacer ruido”. También hay hueco para un curioso jardín, a propuesta del propio Guillermo Ros, y un final de recorrido que supone la contra de esa ventana al exterior. Es el propio Feijóo quien cierra la muestra con otra fotografía que, en este caso, remite al aspecto más íntimo, la imagen de un sexo femenino. “Esta exposición funciona como una unidad”, relata Ros. 

Pero en el cartel de la muestra, hay un nombre más que no corresponde con ninguna de las obras que allí se pueden ver: Irene Faus. Se trata de la autora del texto de sala, una tarea en muchas ocasiones invisibilizada en museos y galerías y que Zape quiere llevar al mismo plano que el resto de labores. Allí el trabajo es horizontal. Y es que en el fondo de todo este un proyecto, que nace como una reunión de amigos, también subyace una reflexión en torno a la precarización del mercado del arte y su propia estructura empresarial, un sistema que se antoja inalterable y que Zape quiere retorcer. 

El propio Ros lo confiesa en conversación con este diario: no vive del arte. “Somos una generación que ha tenido que crecer en un ambiente muy hostil y eso nos hace personas muy preparadas para la supervivencia”. Él, como tantos otros, tiene un trabajo complementario, una situación que choca con la idea que se puede tener desde fuera del sector. Y poner esto negro sobre blanco es clave para entender el proyecto expositivo que desde Alboraya quieren impulsar, un espacio sin jerarquías y muy consciente de la realidad social y económica que les rodea. Pero no desde la queja (o no del todo), sino desde la búsqueda de alternativas a un sistema que, sencillamente, ya no vale. “La proeza del sistema consiste en la asimilación de esta precariedad angustiosa como una elección propia, y el de esta empresa del mundo del arte en concreto, en haber conseguido que el artista ya no pueda aspirar a prosperar fuera de esta, que se acomode en la domesticación y el servilismo y acontezca en su agente defensor”, relata Irene Faus en el texto que da la bienvenida a Hard Counter Club.

Zape nace como una isla en el circuito del arte, sí, pero forma parte de un archipiélago. El trabajo desarrollado desde otros proyectos expositivos como A10 o Pols ha sido clave para impulsar este nuevo espacio, que quiere hacer fuerte la escena artística alternativa valenciana. Sin la presión de tener que renovar su salas cada cierto tiempo, lo que sí tiene claro Ros es que no es un proyecto a corto plazo y, de hecho, ya dibuja en un futuro más exposiciones con las que generar un foco cultural desde Alboraya, en convivencia con el resto de agentes culturales y, también, con el propio barrio en el que se ubica. 

Antes de irnos, una última recomendación de Guillermo, probar algo del horno de al lado antes de irse. “Mucha gente viene de fuera a comprar aquí”, avisa. 

Foto: ESTRELLA JOVER.

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