La nave de los locos  / OPINIÓN

Barcelona después de la batalla

La vida sigue su curso en Barcelona después del lío que se montó en otoño. En julio viajé a la ciudad para pulsar el ánimo de mis enemigos del ‘procés’. Miles de banderas independentistas y lazos amarillos me recibieron. El lío va para rato. Más allá de la política, paseé feliz por sus calles como un turista más. De haber hablado catalán, me hubiera quedado a vivir    

30/07/2018 - 

He tenido que esperar cincuenta años a ver a un hombre desnudo corriendo por una vía pública. Fue un viernes por la noche, mientras acababa de cenar en la terraza del bar Pisamorena, en la calle Consolat del Mar de Barcelona. Era un varón corpulento, mulato, de espaldas anchas, que se escondía detrás de los coches para evitar que lo viésemos como su madre lo trajo al mundo. 

Os preguntaréis qué se me había perdido en Barcelona. Como ahora soy rico en tiempo libre, me dije que quizá había llegado el momento de tomarle el pulso a Cataluña y a los catalanes después del lío que se montó en otoño. Había que ir a Barcelona, pensé, y comprobar si aún quedaban rescoldos de aquel incendio o si, por el contrario, las aguas iban volviendo a su cauce.

 Llegué a la estación de Sants en un tren tortuga cuyo nombre comercial es Euromed. El trayecto dura, aproximadamente, de tres horas y media. Cuando el tren avanzaba tan lentamente a la altura de Albuixech, imaginé que cualquier carro tirado por mulas sería más rápido que nosotros. En ese tramo inicial del viaje me adherí, momentáneamente, a los postulados nacionalistas de Compromís. No es de recibo tener una conexión ferroviaria tan chusca entre la segunda y la tercera ciudad de España. 

Como no estoy para derroches, cogí el autobús para llegar al hotel. El billete me costó 2,20 euros. Habéis leído bien: 2,20 euros. El gobierno populista de la alcaldesa Colau aplica unos precios muy poco populares para el transporte público. Por la avenida de Roma comencé a ver lo que sería una constante durante mi estancia en Barcelona: un innumerable número de lazos amarillos y banderas independentistas colgadas de los balcones. También vi algunas españolas, no demasiadas, lo que dice mucho del coraje de quienes las pusieron.  

El independentismo es un negocio muy próspero del que vive cada vez más gente, entre políticos, periodistas, profesores, cantantes, actores y otros gremios mimados con el dinero público. Ha sido la tabla de salvación para muchos que no sabían cómo sobrevivir a esta crisis. Pero, además, el independentismo ha dado lugar a un comercio boyante en una región que aprovecha cualquier pretexto para hacer dinero. En muchas tiendas se venden lazos amarillos de tela y plata como insignias, y puedes comprar ropa, complementos y suvenires relacionados con la causa separatista. Los chinos, con su proverbial perspicacia, son los principales proveedores de banderas independentistas, como en Cuenca lo son de las españolas. 

 

Una rebelión de acomodados del Norte

El hotel en donde me alojé está en L´Eixample, uno de los barrios burgueses de la ciudad. Era muy llamativa la presencia de símbolos separatistas. El procés tiene mucho de rebelión de acomodados del Norte que votan a la CUP porque, según ellos, no quieren seguir subvencionando a los pedigüeños del Sur. Es un argumento que también funciona en Italia. 

El castellano ha desaparecido casi por completo de los espacios públicos. El callejero, la señalización del tráfico, los anuncios oficiales en las marquesinas de las paradas de autobús, prácticamente todo está en catalán. (Lo mismito que hace el iaio Ribó en València). Sólo en el transporte público, por razones de seguridad, el castellano tiene un espacio reservado junto al inglés. Sin embargo, Barcelona, a diferencia de la Cataluña profunda, es bilingüe: hay una paridad lingüística en la calle que no se refleja en el ámbito oficial. No es extraño que quienes tienen el español como lengua materna se sientan discriminados. Para las instituciones es como si no existieran: son pura filfa.

Barcelona es una de las ciudades más hermosas del país. Esta era la quinta vez que la visitaba. Allá donde iba, sus calles estaban atestadas de turistas. Su presencia dispara los precios, y hace que uno se pregunte cómo se puede vivir con un sueldo bajo o mediano en una ciudad tan cara. No obstante, muchos viajeros no escatiman en gastos y son capaces de pagar ¡28,50 euros! por una visita a la casa Batlló.  

 

Hay un peligro que amenaza a quien pone sus pies en suelo barcelonés: son las miles de bicicletas, patinetes eléctricos y monopatines que se han adueñado de la ciudad    

Crucé las Ramblas y recordé el atentado del que se cumplirá pronto un año. Comprobé, con asombro, que otra furgoneta blanca podría colarse por este concurrido bulevar. La fuente de Canaletas me sigue pareciendo ridícula, comparada con la Cibeles. La estatua del genocida Colón está siendo rehabilitada. Cerca de ella, al principio del paseo que lleva el nombre del conquistador, está la casa en la que supuestamente Cervantes vivió en 1610. Una modestísima placa lo recuerda, sin que ningún paseante repare en ella. Lo justificamos porque el escritor nació en Alcalá de Henares. Si se llamase Pere Calders, otro gallo cantaría. En el bajo del edificio hay un supermercado regentado por asiáticos. 

Si fuese el racista Torra o el megalómano Puigdemont me lo pensaría porque el enemigo ya no son los españoles, a quienes, como es sabido, nos acompaña un gen imperfecto y una tendencia a la división. Ni ahora ni después, España españolizará Cataluña. Esta batalla está perdida por la cobardía de los sucesivos presidentes, de Suárez a Rajoy. El procés sigue vivo, nos guste o no. Sólo un choque definitivo de trenes aclararía la confusión actual. Rezo por que se produzca. El peligro real para la Cataluña milenaria, la que va del románico a la butifarra, viene de más lejos: ese peligro se llama China, Pakistán e India. Ciudadanos de estos países se han hecho con gran parte del comercio y la hostelería de los barrios de la Ciudad Condal. 

 

El peligro de ser arrollado por la fiebre ciclista

Además del peligro amarillo para la pureza defendida por los románticos independentistas, hay otro de menor importancia que amenaza a todo aquel que pisa suelo barcelonés. Se trata de los cientos, de miles de bicicletas, patinetes eléctricos, monopatines y bicitaxis que invaden el espacio público y que ponen en peligro la seguridad, cuando no la vida, de los viandantes, que son conscientes de su condición despreciable. Salí vivo de milagro y se lo debo a la agilidad de mi cintura para esquivar a tanto turista y catalán montado sobre ruedas.

Sería una larga tarea enumerar todos los lugares con interés para un viajero en Barcelona. El Parque de la Ciudadela, repleto de escolares una mañana, merece ser visitado. En su interior están el zoo y el Parlament, en el que no ondea ninguna bandera. Aquel día estaba tranquilo después de la trifulca montada la víspera por los del PDeCAT y Esquerra. Mientras esperaban a sus señoritos, los chóferes apuraban sus cigarrillos y hacían chistes en castellano.  

 

La Villa Olímpica es zona de copas y de restaurantes a pie de playa. Muy cerca, La Barceloneta, un barrio popular que ya no es el que fue por la presencia masiva de turistas, da nombre a una playa en la que casi todo el mundo es inmigrante. Es el ocio de quienes pasarán el verano sin salir de la ciudad. A media hora a pie se puede visitar la basílica de Santa María del Mar en el barrio del Born, epicentro del imaginario secesionista. Bellísimo este templo gótico con entrada gratuita. El Paralelo sigue conservando su aire canalla nocturno gracias a sus teatros y salas porno, con el mítico Bagdad entre ellas. Uno espera a ver, en cualquier momento, la sombra de don Alejandro Lerroux. Y el Paseo de Gràcia con los Gucci, Loewe y Bulgari, con todos esos escaparates de de lujo que da reparo mirar por si te cobran.

Un ‘playboy’ ligaba con una rubia como Corinna 

Comimos bien en la taverna del Bisbe, cerca de la catedral, y en el restaurante La Clara, que sirve comida catalana tradicional, donde un playboy muy maduro, que me recordaba al culto y elitista Antonio de Senillosa, flirteaba con una rubia extranjera que no era Corinna. Se pimplaron una botella de cava en un pispás. ¡Cómo viven los ricos de toda la vida!

  Me dio tiempo a acercarme a la Jefatura Superior de Policía, en Vía Laietana, donde trabajó mi padre. Este edificio me recordó la soberbia serie El día de mañana, basada en la novela homónima de Ignacio Martínez de Pisón, en la que Karra Elejalde hace una interpretación extraordinaria del comisario Landa. ¿Para cuándo el Oscar a este portentoso actor?

Por sugerencia de mi amigo Sergio fuimos al número 45 de la calle Tallers, donde está la pensión en la que vivió el escritor chileno Roberto Bolaño. Enfrente sigue abierta la papelería donde compraba los cuadernos para escribir. En esa misma calle tomé mi primer gimlet en la coctelería Boadas. Rodeado de fotografías de Antonio Machín, Kevin Costner y Manuel Vázquez Montalbán, me sentí como Humphrey Bogart en El halcón maltés. 

La última noche, a la luz de la luna de Barcelona, comprobé —incrédulo como soy— que el amor aún es posible en este mundo perdido. Mientras apuraba una copa, sentado en la terraza del bar Betlem y ligeramente borracho, observé a dos mujeres maduras besándose en un paso de cebra de la calle Girona. Ellas no se percataron de la presencia del mirón. A mi lado un joven con barba cuidada, vestido con vaqueros, camisa blanca y chaleco gris, le leía el borrador de un libro escrito en catalán a una mujer de su edad, muy atractiva también. Sentí envidia de ellos, de su grosera juventud y de su belleza perturbadora. Se levantaron e imitaron a las dos mujeres enamoradas: se perdieron en una catarata de largos y fieros besos, ajenos a todo, como si estuvieran en el dormitorio de su casa y no en plena calle. Lo hacían con tanta pasión que él, en un descuido, o quizá no fue tal descuido, le subió el vestido y le vi, ¡oh!, las bragas blancas a la chica. Me ilusioné con verlos despedirse pero llegó un taxi y se subieron juntos. La fiesta continuaría en los asientos traseros.