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una ración de nostalgia

Bares, qué lugares

Esos bares de toda la vida, que son una especie en extinción

Por | 06/09/2019 | 3 min, 42 seg

Ya casi no quedan bares, bares como los de antes, me refiero. Suelo ir al Pascualín a hacerme un café o un almuerzo. El Pascualín está a la vuelta de casa, en una esquina de Ruzafa, que es casi una isla, un poblado irreductible que resiste ahora y siempre al invasor. En Pascualín está todo bueno, el huevo frito, los pimientos verdes, la tortilla de patatas, las habas con embutido. En Pascualín hay hombres, sobre todo hombres, sorbiendo carajillos a esa hora precoz en que la noche empieza a removerse con el día, a disolverse con él, como el café con el ron Negrita.

Me gusta Pascualín.

Barra metálica, servilletas que de finas no absorben, pero raspan, ninguneo a la estética, ropa de trabajo y alcohol, mucho alcohol. 

La familia que lo atiende es adusta por fuera y tierna por dentro, como una adivinanza feliz. 

Cuando yo era pequeña, este tipo de bares eran los únicos bares, estaban adheridos a la definición. Invisibles, como casi todo lo que se ha aferrado a nuestra memoria con uñas y dientes, formaban parte de un paisaje que considerábamos eterno, inmutable.

Hoy casi cuesta encontrarlos, al menos en las ciudades, y me temo que pronto serán una especie extinguida, una parada en el recorrido para turistas. 

Olvidamos que el bar es la historia universal de España

Olvidamos que el bar es la historia universal de España, la vibración particular de nuestro tiempo, el cronista humilde de nuestras vidas.

Los bares españoles están llenos de búfalos heridos, resoplando en la barra. De barrejats, de casalletas, de mistelas que golpean el cristal con furia resignada. De bocatas que se comen sin contar las calorías.

De gente sin madre, algún niño, algún viejo, casi nunca un joven. Y si lo hay, lleva el sudor del trabajo ancestral incrustado en los ojos.

Lejos de los cafés europeos, de los salones de té, de las tabernas con encanto, el vino es allí anónimo, el carajillo es anónimo, la vida algo particular que sucede con ese ritmo despacioso que marca la derrota de no poder ser otra cosa que español. 

Pero hay también una reconfortante sensación de hermandad, de verdad intensa, que no se encuentra en las cafeterías de capuchino y machiatto.

Ya sé que no son cónclaves feministas, más bien lugares donde se cuece la masculinidad de otro tiempo. Pero ay, la nostalgia y sus mecanismos. Alguna vez quise que desparecieran y hoy ya los echo de menos. Así podría resumirse también la literatura: el pesar de estar vivo contra el pesar de tener que morirse algún día.

Supongo que en eso consiste la nostalgia: en añorar lo bueno de lo malo y lo malo de lo bueno.

Este verano he releído Mortal y rosa, la maravillosa prosa invencible de Umbral.

Y en ciertos pasajes, me ha abochornado su concepto de las mujeres, ninfas extraterrestres, seres mitológicos y a la vez objetos reciclables, nunca interlocutoras válidas, apoyadas en la misma baranda literaria que él. Aun así, he disfrutado muchísimo el libro.

Eso es nostalgia.

Hoy vemos cómo los bares de toda la vida están siendo sustituidos por cafeterías histéricas de estética, con el don de la ubicuidad y por tanto deslocalizadas. ¿O acaso creías que la gentrificación no llegaría a la comida? 

Claro que existen los gastrobares y el milagro culinario español, pero ahí están también las mafias organizadas, perdón, quería decirlas grandes cadenas de establecimientos y las franquicias, disfrazando de modernidad lo que es maximización de beneficios, es decir, avaricia que rompe el saco. Pide tú mismo en la barra, taburetes para apremiar al comensal, raciones más pequeñas, dos o tres turnos en lugar de uno. 

Septiembre es sin duda el mes de la nostalgia. Gabinete Caligari le cantaban hace años a esos bares, qué lugares, tan gratos para conversar.

La buena noticia es que, tras las vacaciones, el bar Pascualín ha reabierto sus puertas. Y que no hay nada como el calor del amor en un bar.

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