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¿QUÉ PASA CON LAS BARRAS?

Barras nuevas/viejas barras (III)

Se ha confirmado lo que decía Josep Pla y nosotros citábamos hace años: es un hecho constatable, incontrovertible: la barra de bar actúa en la actualidad únicamente como momentáneo entretenimiento para lo que ha de llegar, pero nunca alcanza su fin social, que era precisamente ser un fin en si misma

Por | 24/02/2017 | 2 min, 32 seg

Los parroquianos se acodan en la barra a la espera de la mesa que los convierta en más sedentarios todavía de lo que por múltiples circunstancias están condenados a ser.

La barra se ha convertido en un apoyo –mueble o inmóvil-, coyuntural en todo caso, donde comer para alimentarse, pero ha dejado de ser el elemento lúdico de convivencia que fue en los últimos siglos. Se veía venir, las gentes habían perdido el respeto por las barras y las formas que eran propias para su uso. No ya solo en la postura –o apostura- ante el mármol o el zinc, o la madera, o el estaño, también iba desapareciendo el juego que se desarrollaba en su entorno. Como en las comidas campestres la educación se echaba de ver en la barra: todos los contertulios y consumidores alrededor del plato que contenía la mínima sustancia consistente, todos pendientes de quien no cumplía con el sagrado precepto del paso adelante-paso atrás, después de haber ensartado la alícuota ración.

Hoy en nuestro entorno se vuelve a llevar alguna suerte de picoteo: eso sí, sentados. Las comidas que entendíamos formales, aquellas de dos platos y postre, no se conciben en los espacios modernos, donde desde hace años se estila compartir unas entradas y quizás también volver a compartir los platos principales. El incremento del número de ingredientes diferentes y diferenciados en cualquier plato contemporáneo, y su disposición autónoma e independiente, contraria a los tradicionales guisos que todo lo mezclan y acumulan, propenden a compartir el contenido, para no dejar pasar por alto cualquiera de los sofisticados –válidos o no- sabores que se nos presentan. A la gente le alcanza, en cualquier comida o cena de las que señalamos, una micra de sofisticada ensalada japonesa, una cucharadita de hummus u otra de cus cus o, en el mejor de los casos, una lasca de jabugo de algún centímetro cuadrado de superficie. El menú se hace tan largo y estrecho como deseen los partícipes, y la infinita variedad de los sabores que componen una comida compartida van pasando por la lengua y atravesando la pituitaria de los comensales, dejando simplemente un efímero pensamiento y un imposible recuerdo.

De esta forma se ha rizado el rizo, hemos vuelto a donde solíamos, a los orígenes de la tapa por el camino menos accesible, rompiendo el plato clásico en mil esquirlas, quizás de subyugante sabor aunque siempre de fácil degustación.

Pero eso sí, consumida lejos de las barras.

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