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Berchtesgaden: paisaje de ensueño, pasado oscuro 

En la frontera con Austria, es un enigmático rincón de Baviera repleto de parajes sacados de cuentos, leyendas y un pasado oscuro

19/10/2019 - 

VALÈNCIA.- Seguramente, el nombre de Berchtesgaden no te diga nada, pero si nombro a Hitler y recuerdo la casa de retiro bautizada como Nido del Águila —es uno de los pocos edificios relacionados con la Alemania nazi que siguen en pie—, ya te suene de algo. En mi caso no fui por eso sino porque posee uno de los paisajes más increíbles de los Alpes Bávaros. Y bueno, porque después de tantas ciudades y castillos me apetecía hacer un poco de senderismo y respirar aire puro. Y sí, este es el lugar.

El punto de partida para adentrarte en el parque nacional de Berchtesgaden, junto a la frontera austríaca, es el embarcadero del Lago del Rey (en alemán, Königssee). Después de un buen rato haciendo cola —y eso que aún no era verano— compré el ticket de ida y vuelta que lleva al muelle de Salet (cuesta diez euros). Hay otras opciones pero me decanté por ese porque quería llegar hasta la cascada de Röthbachfall que, con 470 metros, es la más alta de Alemania. 

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Cuando el barco se aleja un poco del muelle te das cuenta de que el Lago del Rey (de origen glaciar) es una auténtica postal, con sus aguas de color verde esmeralda, los picos de las montañas reflejándose en ellas y el sonido lejano de alguna cascada que desemboca en él. Y a mitad de camino el conductor se detiene, abre una ventana y toca con la trompeta una tradicional melodía bávara para que apreciemos el eco del Königssee —la intención es buena pero con el gentío te pierdes la mitad del show, al menos en mi caso—. 

La primera parada es St. Bartholomä —aquí el barco se vacía— y ya la última es la del muelle de Salet. Bajo en ella para ver el lago Obersee, algo más pequeño que el primero pero que me deja sin palabras. La gente se concentra en el lago así que a medida que te vas alejando te vas quedando a solas y con la única compañía de mirlos, carboneros y vacas que pastan a sus anchas, sobre todo a escasos metros de la cascada. La ruta es muy sencilla— con la única complicación de esquivar los pastelitos que van plantando las rumiantes y no doblarte el pie con alguna piedra— y las vistas son siempre atractivas porque según la luz que penetre en el valle el paisaje es completamente diferente.

* Lea el artículo completo en el número de 60 de la revista Plaza

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