el muro / OPINIÓN

Campaneros

Nos estamos convirtiendo en una sociedad anti. De taurinos a capitalistas, sistema… y ahora hasta anti campanas. El asunto de San Nicolás tiene su miga. Con la de cosas útiles que esperan y el tiempo extra que gastamos en debates absurdos después de siglos seríamos únicos

19/02/2017 - 

Campanades a morts fue una canción emblemática en la agonía del posfranquismo que Lluís Llach dedicó a los trabajadores y víctimas de la matanza de Vitoria, aquellos que fallecieron en plena huelga general en contra de topes salariales y mejores condiciones profesionales. Corría 1976. La policía irrumpió en una iglesia donde estaba prevista una asamblea de trabajadores. La canción, un auténtico réquiem, fue símbolo de la Transición. Han pasado muchos años, aunque continúe siendo emblema. A veces da la impresión de que nada ha cambiado, salvo las apariencias.

Durante las últimas semanas he seguido estupefacto todo ese lío que se ha montado en torno al tañer de las campanas de la iglesia de San Nicolás de València. Un vecino denunció que le molestaba el ruido de sus tres toques diarios.

Aunque las campanas seguirán sonando, a un ruido reducido, me ha sorprendido que una queja haya sido capaz de movilizar con tanta rapidez a nuestro consistorio, y que la decisión inicial de prohibir su sonido fuera justificado por el alcalde Joan Ribó en que, no siendo éste “un asunto de cuestión laica o religiosa”, se trataba de hacer cumplir la normativa. El alcalde, al que tengo buena consideración y no es la primera vez que lo reconozco, aunque discrepe en algunos asuntos, aludió al “necesario cumplimiento” de la Ordenanza Municipal contra la Contaminación Acústica aprobada en 2008 ya que las únicas excepciones son para edificios declarados Bien de Interés Cultural (BIC). No entiendo bien por qué lo último.

Querido alcalde, no me cuadra. Qué quiere que le diga. Siendo defensor a ultranza de las ordenanzas municipales y cumplimientos normativos, que la denuncia de un ciudadano ejemplar y simpatizante de su partido, haya sido capaz por sí sola de movilizar con tanta rapidez a todo un ayuntamiento, y convertirlo en un hecho ejemplarizante pues...No sé.

Durante más de treinta años viví muy cerca de la iglesia de San Valero, en pleno centro de Ruzafa. Esta misma semana fui testigo de cómo inundaban el ambiente de sonidos sus campanas. Nunca me sentí amenazado ni incomodo por el tañido. El barrio jamás se manifestó en contra. Y eso que fue más que obrero. Todavía no paran de escucharse en plena ruta de modernidad y disloque. Todos continúan encantados, los que estaban, permanecen y quienes llegan.

Las campanas, al margen de cuestiones religiosas, que además no es mi caso, forman parte de nuestra cultura. Servían y sirven para advertir sobre cuestiones civiles, religiosas o simples advertencias de peligro o reunión social. Observe y analice su presencia en Latinoamérica, Asia o en el conocido far west donde se utilizaban para animar a reponer fuerzas al mediodía o alertar de un peligro. Su ruido es muy temporal. Nadie se vuelve loco por su sonido porque representa una advertencia. Al menos lo demuestra que el resto de vecinos próximos a la coqueta y bellísima Iglesia de San Nicolás, con sus esplendidas pinturas magníficamente restauradas, durante décadas, décadas y más décadas jamás hayan manifestado su repulsa, ni esos ni todos aquellos que viven cerca de las más de seiscientas iglesias catalogadas por la diócesis de València con campanas o sin ellas.

La tolerancia tiene un significado. Es global.

Desde hace muchos años la tradición campanera la mantiene viva en València el Gremi de Campaners, ahora con otro nombre. Muchos de ellos no son nada sospechosos de continuar esta tradición por una cuestión religiosa, sino meramente cultural, unida a nuestra propia cultura: religiosa y no. De València también es Llorenç Barber, músico que ha  convertido los conciertos de campanas en un espectáculo que ha viajado por todo el mundo con éxito y se lo disputan no sólo en España por sus magníficas performances sociales y experiencias sonoras y sensoriales. Tampoco es sospechoso de nada.  

Si atendemos a la normativa acústica, me sorprende que la infinidad de denuncias presentadas por vecinos contra el ruido que nosotros mismos como ciudadanos provocamos y generamos no sea atendido de la misma manera ni con la misma urgencia; como todos aquellas que se derivan de bares, terrazas, verbenas, discotecas, pubs, botellones… Incluso las que recibe de los vecinos de Jardines de Viveros que cada verano viven en sus domicilios los conciertos de julio que organiza el propio consistorio, o el que genera las atracciones de feria en el marítimo. Incluso el de las cornetas y tambores de las procesiones religiosas o las bandas de música durante las fallas. Y si nos ponemos aún más finos, el de las verbenas populares de los barrios.

La verdad, está polémica me ha parecido una gran bronca innecesaria frente a los problemas de fondo que esta ciudad mantiene y nunca resuelve, más aún cuando se ha convertido, al final, en un mero asunto de aroma político. La modernidad y el ejercicio de la política entendida de forma particular puede llegar a ser un peligro, hasta un boomerang para algunos concejales/as que han entrado a lo suyo con más ganas de mandar que de hacer comprender o dialogar. Tiene varios/as en su entorno.

Pero si me apura, por el hecho de recordar la singularidad de  Bien de Interés Cultural (BIC) pondré un simple ejemplo. La Ley de Patrimonio Valenciano considera que un BIC o un edificio singular e histórico, como es el propio Ayuntamiento de València, los jardines históricos o los museos simplemente por serlos, tienen más que prohibida la colocación de cualquier elemento publicitario en sus fachadas. Así que sólo hace falta darse una vuelta hoy mismo por la ciudad para comprobar cómo esa ley es sistemáticamente incumplida a lo grande. Y nadie dice nada, aunque por ley sea de manual y cumplimiento inmediato y obligado por los departamentos correspondientes, tanto autonómicos como municipales.  

Hubiera sido mucho más sencillo llegar a un acuerdo discreto y dejar de lado todo este innecesario soroll generado. Pedir atenuación decibélica es algo tan sencillo como proponerlo con razones objetivas y explicaciones razonables. Sin líos colaterales.

Llegados a este punto, si queremos ser exigentes con el cumplimiento de las normativas en bienes de interés cultural o edificios de carácter histórico actuemos urgente y ejemplarmente en todos los casos: desde la modificación de la fachada de Sant Vicent de la Roqueta y no así su vuelta al estado original, hasta los carteles promocionales en sus fachadas de IVAM, MuVIM, Centre del Carme, San Pío V, Rialto, Convento de la Trinidad, plaza de toros, Almodí, Atarazanas, balcón municipal y otros muchos más ejemplos que no vale la pena enumerar porque llenaríamos folios. Sólo me he fijado en ese punto de la normativa vigente y ratificada por Les Corts. Sin excepciones. Porque hay tantos puntos normativos que nadie cumple que necesitaríamos brigadas de inspectores a pie de calle. Es más, acabaríamos todos sancionados. Así que, como alguien se lo tome a rajatabla y le demos resonancia, estamos perdidos.

Hay cosas mucho más importantes que hacer por la ciudad. Ponerse a discutir por unas campanas es hacer perder el tiempo a todo un alcalde con tantas ocupaciones importantes y necesarias que tiene. Incluso debería entenderlo así el Servicio Municipal de Contaminación y su delegación correspondiente, que faena prioritaria deben tener para un buen rato.

Por cierto, mi patio de vecindad no tiene tanta suerte para que el consistorio le haga caso pese a que hace más de un año denunció la peligrosidad y el mal estado de dos enormes chimeneas industriales de amianto inútiles y abandonadas durante décadas -producto cancerígeno, para más inri- en un estado de absoluta y terrorífica peligrosidad. A un paso de caer, inspeccionadas por técnicos municipales en su día por las denuncias correspondientes, allí continúan a la espera de que provoquen alguna grave y seria desgracia. Y sin constancia alguna de respuesta.

Si algún día de viento y humedad, como es más que previsible debido a su inestabilidad y estado de imposible verticalidad, caen sí que sonarán campanades a morts. Pero será otra vez por mártires reales. Y esto no es una boutade.

Por desgracia, no tenemos campanas con la que advertir a las comunidades afectadas para que, llegado el caso, salgan corriendo.  

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