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tribuna libre / OPINIÓN

Carta a lo que siempre quedará

23/12/2021 - 

Me he marchado a la montaña para meditar conmigo mismo. No ha caído un copo todavía pero ya se avisan con señales las tormentas por venir, en los ríos corre agua porque escuchas su sonido, y los pájaros despiertan por el día con la timidez de los termómetros y el olor a las cenizas de un antiguo fuego extinto. La montaña es el recurso de la idea, la memoria sin placer, son las zarzas, los rastrojos, es el verde y el caoba y el tabaco, es la miel, la piedra y lo esencial, donde se desnudan los recuerdos, donde evocas sin el método del miedo.

Cada año -a pesar de lo que diga el calendario y las galas por la noche el 31- corresponde a un concepto o sentimiento, ese deseo de orden tan humano como rutinario. Si en 2020 buscamos la verdad con un poco más de ahínco que otros años -obligados por un virus y el ruido-, en 2021 me atrevo a confirmar que la hemos encontrado o que, como mínimo, hemos vivido tan conscientes del minuto y del segundo que hasta el más pequeño atisbo de belleza ha quedado transformado en un recuerdo.

Unos y otros hemos conseguido emocionarnos más, mejor y más intenso que otros años, y podremos recordarlo sin vergüenza porque nunca hubo tanto texto en una lágrima ni tanto orgullo al compartir nuestra emoción. Encontrar verdad en la belleza y el dolor, en las miradas, los abrazos y demás cursilerías que este año han sido más verdad que nunca, tanto como los conceptos de familia, de amistad, de placer, tanto como descubrirte a ti mismo de nuevo o quizá por primera vez, tanto como desnudarte ante el espejo o los que te rodean, tanto como reencontrarte con paisajes, edificios, con ciudades, con sus parques, con el verde abrumador de primavera, con las calles, avenidas, con las plazas y sus fuentes apagadas, pasear mirando arriba, donde acaban los tejados, donde asoman las terrazas, donde cuelgan los carteles de comercios o se vende o el grafiti del que odia el lienzo blanco, tanto como usar la bicicleta, escribir tu titular de cada día, disfrutar de cada gota de perfume, cada sorbo de café, cada ola, cada playa, cada vuelo, cada pizca de cariño imperceptible, cada letra, cada imagen, el sabor de un chocolate a media tarde, ver el sol cuando se esconde en Ses Illetes y la sal sobre la piel, las palabras de un amigo, los abrazos del que importa, los arroces para ocho -sin mirar el precio de los vinos-, las heridas, cicatrices, las tiritas y las vendas, pasear por el Retiro y añorar un cremaet, las texturas de los platos cocinados en el campo, en la huerta, tan cercanos a la playa, al vergel del infinito, y subirte cada día a la atracción que más te gusta, enfadarte y alegrarte con miserias, con lo grande, con la brisa cotidiana o lo anodino, con Magritte y Modigliani, reencontrarte a ti -lector- firmando libros, sueños o elegías, y en la firma dejar sangre que no huele, y en los libros que transpire el alma como debe hacerlo la verdad, y que cada día fuera nuevo y compartido en tu elegancia -que es andar sobre el rencor-, y conservar esa emoción del que se asoma por primera vez a una azotea, del que vigila que las olas de les Rotes se sumerjan en la roca, del que se inspira en las gaviotas que aletean por Oporto donde huele tanto a vino y a humedad como lo cierto, del que anda sin pensar en algoritmos, del que besa con la luz del espontáneo, del que pasa de las colas, de las modas, de las luces de neón, del que deja libre los temores, del que asume su estatura cuando observa el Panteón y se queja de la ausencia de piedad de los romanos, de la suficiencia y arrogancia del experto en la belleza, del que tira piedras, tira objetos, tira insultos, tira gritos, tira zarpas, uñas, sangre y odio, tira todo esto al mar, del que siente cada vez más, más limpio y más sincero, y más amante de sí mismo, de la verdad, de la familia y los amigos, que son -igual que el Coliseo, el Panteón o las estatuas de Bernini- para siempre.

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