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exposición inédita

Chillida y Oteiza se vuelven a abrazar

Fundación Bancaja acoge la primera exposición conjunta de los artistas en una 'reconciliación' histórica a través de su obra

5/11/2021 - 

VALÈNCIA. Chillida y Oteiza. Oteiza y Chillida. En el orden que sea pero, por fin, juntos. Una vez más. Fue en el año 1997 cuando ambos artistas, dos de las grandes figuras de la escultura del siglo XX, enterraban el hacha de guerra tras décadas de enfrentamiento personal y público, con acusaciones de plagio de por medio y una distancia, de la que se hizo participe al pueblo vasco, que parecía insalvable. El conocido como abrazo de Zabalaga acababa con 30 años de conflicto y lanzaba un mensaje de hermandad a un País Vasco dividido. Sin embargo, las tiranteces no se borran de un día para otro, y todavía siguen corriendo ríos de tinta sobre aquel encuentro. "Aquel abrazo tuvo algo de puesta en escena. Habría algunas dosis de sinceridad, pero hubo algo impostado", expresa el historiador del arte Javier González de Durana, quien subraya también cómo se "instrumentalizó" su enemistad para intereses no artísticos. 

"En el País Vasco somos todavía prisioneros, estamos todavía presos de los prejuicios de la historia que hemos vivido de enfrentamientos y confrontación", reflexiona González de Durana sobre un choque que fue mucho más que el conflicto entre dos artistas, una relación más que compleja que, ahora, sin embargo, se suaviza con la distancia que da el tiempo. "Las acusaciones que se pudieron cruzar entre ellos y en ciertos entornos sobre si había una copia o un plagio me parecen menudencias, cuestiones de poco calado. Todos los artistas se interesaban por las mismas cuestiones". No fue hasta ese día de 1997, un frío 15 de diciembre, que llegó el esperado abrazo entre uno y otro. Sin embargo, hoy, casi veinte años después de su muerte, las heridas siguen sin cicatrizar. El pasado sigue estando presente, sí, pero el futuro todavía está por dibujar. 

Foto: Rober Solsona / Europa Press.

La Fundación Bancaja inaugura hoy una exposición que reconcilia a Oteiza y Chillida, la primera juntos, un proyecto que supone todo un hito para el circuito artístico español y que habla de tender puentes, aunque su construcción no sea sencilla. Y casi nunca lo es. El título de la muestra ya es una declaración de intenciones: Diálogo. Que la génesis de las exposición ha sido todo un reto no es ningún secreto, el propio presidente de la fundación, Rafael Alcón, admitió que cuando presentaron la idea se encontró con una buena dosis de “incredulidad y escepticismo” entre sus interlocutores. “Parecía una misión imposible”. Y es que la enemistad entre los artistas ha dejado una alargada sombra que sigue muy presente entre aquellos que hoy se encargan de gestionar su legado, la Fundación-Museo Jorge Oteiza y Chillida Leku, por lo que la idea de unirlos por primera vez en una exposición parecía en un primer momento toda una osadía. “Las fundaciones recibieron la propuesta con reticencias, hubo que desplegar mucha diplomacia […] Las heridas estaban aún abiertas, pero puede que con esta exposición suture”, desveló González de Durana, comisario de la muestra. Fue difícil, sí, pero no imposible. Ahora València se convierte en el escenario de ese nuevo abrazo entre ambas figuras, que se reencuentran en una muestra que supone todo un “acto de conciliación”.

Y es que el proyecto no va de su enfrentamiento, de hecho lo esquiva con maestría. “Esta exposición no va de los años de distanciamiento entre ellos, sino de los años de la amistad”, recalca el comisario. La muestra refleja ese diálogo, personal y profesional, que se dio en la década de los 50 y de los 60 a través de más de un centenar de obras, entre esculturas, dibujos y otros documentos. El punto de partida se fija en 1948, cuando Oteiza regresa a España después de una larga temporada en Latinoamérica, año en el que Chillida se marcha a París por un corto periodo de tiempo, con la voluntad de convertirse en escultor después de haber abandonado los estudios de arquitectura. 

Fue precisamente en València donde se dio uno de sus primeros ‘encuentros’, entre las páginas de la revista Parpalló, en el verano de 1959, una conexión de la que nunca pudieron escapar, a pesar de que su trabajo tiene tantos puntos de conexión como de separación. “Formalmente se distancian mucho, sin embargo las ideas de las que beben son muy parecidas: el espacio interior y exterior, la luz, la sonoridad visual, el vacío, etc. Son ideas muy parecidas pero que las toman y resuelven de una manera muy diferente”, refleja el comisario de la muestra. Y es esa intención –o falta de ella- lo que marca el gran abismo entre uno y otro: mientras Oteiza trataba de demostrar su teoría mediante la escultura, con un acercamiento más “científico”, Chillida se presenta “más romántico, más individualista”, sin un punto de partida o llegada definidos. Siempre cerca y siempre lejos.

Foto: Rober Solsona / Europa Press.

El recorrido ofrece una conversación entre sus pensamientos estéticos y sus realizaciones escultóricas, revelando en “plano de absoluta igualdad” las metáforas paradigmáticas de Oteiza y las metonimias sintagmáticas de Chillida. Así, la exposición juega a mostrar de manera explícita sus similitudes y, al mismo tiempo, sus diferencias, dos caminos que se cruzan tantas veces como se separan a lo largo de dos décadas de producción y que el comisario “entremezcla deliberadamente” para potenciar esa conversación frente al visitante. En este caso, la suma de sus firmas suma y propone una relectura de la obra de ambos que no la diluye, más bien todo lo contrario, la potencia y contextualiza. La selección brinda un "diálogo sin precedentes" entre ambos artistas, un viaje que pasa por la representación de la figura humana o la importancia del material, sea hierro o madera, o la falta de él, esos vacíos que son clave para comprender su trabajo.

La dimensión internacional es tan importante que marca el punto de partida de la muestra, no solo por los viajes a Latinoamérica o París, sino también porque es en el año 1951 cuando Oteiza gana el Diploma de Honor en la IX Trienal de Milán. En la siguiente convocatoria, fue Chillida quien hizo lo propio. También es un hito, años más tarde, la instalación de la primera gran obra pública de Chilida ante el edificio parisino de la Unesco. Su historia está llena de paralelismos, buscados o no, y, entre ellos, uno marca el cierre de la muestra, de ese diálogo cuyo punto final fija la exposición en 1969. Se trata de su encuentro en el Santuario de Arantzazu. Y es que, aunque nunca realizaron una obra conjunta, es allí donde se reúnen algunas de sus mejore obras. Fue en 1951 cuando Oteiza recibe el encargo de la realización de las esculturas del Santuario, un proyecto que no culminó hasta 1969 por interrupciones debidas al veto eclesiástico, mientras que Chillida fue el encargado de realizar las puertas, que por primeras vez se pueden ver en el contexto de una exposición. De nuevo, el encuentro. De nuevo, Chillida y Oteiza. Y, por supuesto, de nuevo el abrazo. 

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